Cuando la misión OSIRIS-REx de la NASA llegó al asteroide Bennu en 2018, los científicos se encontraron con un escenario muy diferente del que habían imaginado. En lugar de una superficie relativamente lisa, cubierta de pequeñas partículas, descubrieron un terreno accidentado repleto de enormes rocas. Lo desconcertante era que las observaciones realizadas años antes indicaban que Bennu debía comportarse térmicamente como una superficie arenosa.
Durante años, esta contradicción representó un desafío para los investigadores. Sin embargo, un estudio publicado en la revista científica Nature Communications logró identificar una explicación gracias al análisis de las muestras que OSIRIS-REx trajo a la Tierra en septiembre de 2023. La respuesta estaba escondida en el interior de las propias rocas.

¿Por qué las temperaturas de Bennu desconcertaron a los científicos?
En 2007, el telescopio espacial Spitzer había registrado una característica particular de Bennu: su superficie absorbía rápidamente el calor del Sol y lo perdía con la misma facilidad al quedar en la oscuridad.
Este comportamiento se conoce como baja inercia térmica y suele asociarse con materiales poco compactos, como la arena. En cambio, las rocas grandes y sólidas normalmente conservan el calor durante más tiempo.
Por eso, cuando OSIRIS-REx fotografió un paisaje dominado por bloques rocosos, surgió una pregunta inevitable: ¿cómo podía un asteroide cubierto de enormes piedras presentar propiedades térmicas similares a las de una playa?
La aparente contradicción también complicó la planificación de la recolección de muestras, ya que encontrar un lugar seguro para aproximarse a la superficie resultó mucho más difícil de lo previsto.

Las grietas ocultas que permitieron resolver el misterio
La clave apareció cuando un equipo liderado por investigadores de la Universidad de Arizona examinó pequeños fragmentos recuperados de Bennu.
Los primeros análisis confirmaron que las rocas eran considerablemente porosas, una característica que limita la transmisión del calor. Sin embargo, la porosidad por sí sola no explicaba completamente las mediciones realizadas desde el espacio.
Los científicos identificaron entonces extensas redes de grietas internas que dificultaban todavía más la propagación del calor a través del material.
Para estudiar este fenómeno utilizaron una técnica conocida como termografía lock-in, que permite calentar una pequeña región de una muestra mediante un láser y observar cómo se distribuye la energía.
Curiosamente, las mediciones de laboratorio mostraron valores de inercia térmica superiores a los registrados por la nave. Esto indicaba que el tamaño de las rocas y la distribución de sus fracturas eran factores fundamentales para comprender el fenómeno.

Un descubrimiento que cambia nuestra manera de estudiar los asteroides
Los investigadores recurrieron a tomografías computarizadas de rayos X para reconstruir el interior de los fragmentos sin dañarlos. Posteriormente, utilizaron simulaciones informáticas para estudiar cómo se transmitiría el calor en bloques de mayor tamaño.
Los resultados permitieron reproducir la baja inercia térmica observada en Bennu y confirmaron que las redes de fracturas internas, combinadas con la porosidad, explican el comportamiento térmico que había desconcertado a los astrónomos.
El hallazgo tiene implicaciones que van más allá de este asteroide. Hasta ahora, los científicos utilizaban las mediciones térmicas para estimar el tamaño y las características de las partículas presentes en superficies extraterrestres.
Bennu demuestra que esa interpretación puede resultar incompleta: una roca enorme y atravesada por grietas puede comportarse térmicamente como un material mucho más fino.
El descubrimiento también podría ayudar a interpretar las observaciones de otros cuerpos, como el asteroide Ryugu, explorado por la misión japonesa Hayabusa2.
Así, las muestras de Bennu no solo permitieron resolver un misterio que llevaba años abierto, sino que también demostraron la importancia de estudiar directamente los materiales extraterrestres para comprender mejor lo que observamos desde millones de kilómetros de distancia.