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Ciencia

El mundo cambió más rápido de lo que podía hacerlo nuestro cerebro. Una nueva hipótesis intenta explicar por qué estar conectados, informados y rodeados de gente puede hacernos sentir cada vez peor

Los mecanismos que ayudaron a nuestros antepasados a detectar amenazas, buscar aceptación y compararse dentro de grupos pequeños siguen funcionando. El problema es que ahora se activan frente a desconocidos, algoritmos y crisis que nunca parecen terminar.
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Una notificación anuncia que alguien ha conseguido un nuevo empleo. Otra muestra las vacaciones de una persona a la que apenas conocemos. Después aparece una noticia sobre inteligencia artificial, una guerra, el precio de la vivienda o la próxima crisis climática. Nada de aquello representa una amenaza inmediata, pero el cerebro recibe una sucesión interminable de señales que parecen exigir atención.

Una revisión conceptual publicada en Behavioral Sciences propone que parte del estrés, la soledad y la comparación constante de la vida moderna podría explicarse mediante un desajuste evolutivo: el mundo social y tecnológico está cambiando mucho más deprisa que los mecanismos psicológicos con los que intentamos navegarlo.

El trabajo fue firmado por Jose C. Yong, Amy J. Lim, Edison Tan y Sarah H. M. Chan, investigadores vinculados a varias instituciones de Singapur. No se trata de un experimento con participantes ni de una demostración definitiva, sino de una revisión que reúne investigaciones anteriores y propone una hipótesis que deberá comprobarse con nuevos estudios en entornos reales.

Nuestro cerebro aprendió a vigilar un mundo mucho más pequeño

El mundo cambió más rápido de lo que podía hacerlo nuestro cerebro. Una nueva hipótesis intenta explicar por qué estar conectados, informados y rodeados de gente puede hacernos sentir cada vez peor
© Unsplash / Resource Database.

El desajuste evolutivo aparece cuando una característica que resultaba útil en un entorno continúa funcionando dentro de otro radicalmente distinto. La preferencia por alimentos energéticos, por ejemplo, podía ser valiosa cuando conseguir calorías era difícil; en un mundo repleto de productos baratos y ultraprocesados, ese mismo impulso puede favorecer problemas completamente diferentes.

Los autores plantean que algo parecido ocurre con nuestra vida social. Los seres humanos evolucionaron durante la mayor parte de su historia en comunidades relativamente pequeñas, donde las caras eran familiares y las señales sobre confianza, peligro, cooperación o prestigio procedían de personas con las que se mantenía una relación directa.

Hoy, esos mecanismos deben operar en ciudades enormes, lugares de trabajo cambiantes y plataformas capaces de mostrar en pocos minutos a cientos de desconocidos. El cerebro continúa prestando atención al estatus y a la aceptación porque, en grupos pequeños, perder apoyo podía tener consecuencias reales. Sin embargo, ahora puede reaccionar ante señales producidas por personas que viven a miles de kilómetros y que nunca volveremos a ver.

La hipótesis no sostiene que el cerebro se haya quedado detenido en la prehistoria ni que todas las personas estén condenadas a sentirse desbordadas. Plantea algo más concreto: determinadas respuestas evolucionadas pueden activarse con una frecuencia, una intensidad y una escala muy superiores a aquellas para las que surgieron.

Las redes sociales convirtieron el estatus en un marcador que nunca se apaga

El mundo cambió más rápido de lo que podía hacerlo nuestro cerebro. Una nueva hipótesis intenta explicar por qué estar conectados, informados y rodeados de gente puede hacernos sentir cada vez peor
© Unsplash / julien Tromeur.

La comparación social tampoco es una invención de internet. Saber quién tenía experiencia, recursos o influencia ayudaba a orientarse dentro de una comunidad. Lo nuevo es la cantidad de personas disponibles para compararse y la forma en que las plataformas convierten esa información en números visibles.

Seguidores, visualizaciones, “me gusta”, ingresos, títulos profesionales y estilos de vida cuidadosamente seleccionados producen una especie de clasificación permanente. El usuario no se compara con una muestra representativa, sino con una corriente de logros, cuerpos, viajes y relaciones filtrados precisamente para llamar su atención.

En el centro de la revisión aparece lo que sus autores llaman hipótesis del desajuste evolutivo social y la competencia. Según esta propuesta, la combinación de grupos humanos gigantescos, comunidades fragmentadas, desigualdad y exposición constante a señales infladas de estatus puede aumentar tanto la competencia real como la sensación de estar compitiendo.

“Los demás avanzan y yo me estoy quedando atrás” deja entonces de ser una comparación ocasional. Puede convertirse en el fondo permanente de la vida cotidiana, incluso cuando no existe una competición directa. Yong resume la idea señalando que competir no es algo nuevo, pero que el entorno moderno puede hacer que parezca constante.

A todo ello se suma la denominada policrisis: un escenario en el que la incertidumbre económica, el cambio climático, las pandemias, los conflictos y la transformación tecnológica se superponen. Nuestros sistemas de alerta, preparados para amenazas limitadas y cercanas, reciben ahora información sobre problemas globales que no podemos resolver individualmente ni abandonar físicamente.

La solución no consiste en volver al pasado, sino en rediseñar el presente

El planteamiento tiene una limitación importante. Una revisión conceptual no demuestra que las redes sociales, las ciudades o la competencia sean la causa directa de la ansiedad y la depresión. Tampoco reemplaza las explicaciones económicas, culturales, psicológicas o clínicas. Los propios autores presentan el desajuste evolutivo como una perspectiva complementaria que todavía necesita ser probada.

Esto evita una conclusión demasiado cómoda: afirmar que el sufrimiento moderno es inevitable porque “nuestro cerebro es antiguo”. También impide trasladar toda la responsabilidad al individuo y decirle que debe aprender a soportar mejor un entorno diseñado para captar su atención, medir su rendimiento y recordarle constantemente lo que le falta.

Las posibles soluciones pasarían por crear comunidades más estables, reducir los sistemas digitales basados exclusivamente en comparación y diseñar ciudades donde resulte más sencillo establecer vínculos. Chan señala que el problema no es necesariamente la densidad urbana, sino que los espacios se perciban como impersonales, amenazantes o difíciles de recorrer. Las zonas verdes, los lugares de encuentro y las relaciones vecinales pueden reducir esa sensación sin obligarnos a abandonar las ciudades.

La revisión no propone volver a las cavernas ni idealiza una vida ancestral que también estaba llena de peligros. Su pregunta es otra: cuánto malestar atribuimos a una supuesta incapacidad personal cuando, en realidad, puede estar provocado por el diseño del entorno.

Quizá el cerebro humano no esté defectuoso ni haya dejado de servir. Puede que simplemente lleve demasiado tiempo intentando comportarse como si hubiese evolucionado para un mundo de notificaciones, rankings y amenazas globales que caben enteras dentro de una pantalla.

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