Cada botella, bolsa o pequeño fragmento de plástico que termina en el océano puede permanecer allí durante décadas, pero eso no significa que pase todo ese tiempo simplemente flotando. La vida empieza rápidamente a ocuparlo, creando comunidades de microorganismos que utilizan estas superficies artificiales como un nuevo lugar donde crecer, alimentarse e interactuar.
Este fenómeno recibió en 2013 el nombre de plastisfera, un término propuesto por los investigadores Erik Zettler, Tracy Mincer y Linda Amaral-Zettler después de estudiar mediante secuenciación genética y microscopía electrónica fragmentos recogidos en aguas del Atlántico Norte. Lo que encontraron cambió la manera de interpretar la contaminación marina: el plástico no funcionaba únicamente como residuo, sino también como un nuevo hábitat disponible para organismos acuáticos.
Una botella puede terminar convertida en un pequeño ecosistema
El proceso comienza cuando bacterias y otros microorganismos se adhieren a la superficie del plástico. Allí producen sustancias que facilitan la formación de una biopelícula o biofilm, sobre la que progresivamente pueden instalarse otras especies. Con el tiempo aparecen bacterias heterótrofas, cianobacterias, microalgas y diferentes organismos eucariotas, formando comunidades mucho más complejas de lo que podría sugerir un simple trozo de basura.

Dentro de estas biopelículas pueden establecerse relaciones de competencia, depredación y simbiosis. Los residuos dejan así de ser superficies biológicamente inertes para convertirse en pequeños ecosistemas donde ocurren procesos similares a los que encontramos sobre rocas, plantas u otros materiales naturales.
La diferencia es que el plástico puede permanecer en el ambiente durante muchísimo tiempo y viajar enormes distancias.
El plástico también puede transportar vida por el océano
Impulsado por corrientes y viento, un fragmento puede desplazarse cientos o miles de kilómetros mientras transporta consigo los organismos que lo colonizaron. Por eso los científicos investigan si la plastisfera puede facilitar la expansión de determinadas especies hacia lugares donde normalmente tendrían mayores dificultades para llegar.
También preocupa la posible presencia de microorganismos potencialmente patógenos y genes relacionados con la resistencia a antibióticos. El plástico podría funcionar como una plataforma móvil donde diferentes microorganismos permanecen en contacto y establecen nuevas interacciones.
La escala del problema es enorme. Se estima que millones de toneladas de residuos plásticos llegan cada año a los océanos, proporcionando una cantidad creciente de superficies artificiales disponibles para la colonización.
No es un continente nuevo, pero sí un ambiente creado por nosotros
El nombre plastisfera puede hacer pensar en una comunidad biológica completamente distinta de todo lo conocido, pero los estudios más recientes muestran una situación más compleja. Muchos de los microorganismos encontrados sobre plástico también forman biofilms en superficies naturales.
Lo realmente novedoso es que los seres humanos hemos introducido cantidades gigantescas de un material artificial, persistente y móvil en ecosistemas donde antes no existía. De esta manera, hemos creado accidentalmente nuevos lugares donde la vida puede asentarse y desplazarse.
Además, estas comunidades son metabólicamente activas y pueden participar en procesos vinculados con los ciclos del carbono, nitrógeno y azufre. Algunos microorganismos incluso interactúan químicamente con determinados componentes del plástico, algo que ha despertado interés por sus posibles aplicaciones futuras en biodegradación y biorremediación.
Plastisfera, el bestial continente de plástico que amenaza la vida marina. http://t.co/75haWJqocQ @EcoInventos pic.twitter.com/jFnIa0RVym
— aggregatte (@aggregatte) May 25, 2015
La plastisfera no solucionará el problema del plástico
Que algunos microorganismos puedan modificar o degradar ciertos compuestos no significa que la naturaleza esté resolviendo por sí sola la contaminación marina. La plastisfera es, ante todo, otra consecuencia ecológica de haber llenado los océanos de materiales que pueden permanecer allí durante décadas.
Estudiarla permitirá entender mejor qué organismos viajan sobre estos residuos, cómo modifican los ecosistemas y qué riesgos pueden representar. También podría ayudar a identificar procesos biológicos aprovechables para reducir determinados contaminantes.
La conclusión es tan fascinante como incómoda: la vida tiene una capacidad extraordinaria para colonizar prácticamente cualquier superficie. Incluso nuestra basura. Y al llenar los océanos de plástico, no solo hemos introducido contaminación: también hemos creado accidentalmente nuevos espacios donde la vida puede reorganizarse.