Los objetos interestelares parecen mensajeros llegados desde sistemas planetarios remotos. ‘Oumuamua apareció en 2017, Borisov lo hizo dos años después y 3I/ATLAS se convirtió en 2025 en el tercer visitante confirmado procedente del espacio interestelar. Los tres seguían trayectorias hiperbólicas y se desplazaban demasiado rápido como para permanecer ligados a la gravedad solar. Sin embargo, no todo aquello que llega desde el espacio situado entre las estrellas tiene por qué haber nacido alrededor de otra estrella.
Un equipo de las universidades de Canterbury y Oxford ha estudiado una posibilidad sorprendente: que algunos cuerpos expulsados por nuestro propio sistema solar hayan orbitado independientemente por la Vía Láctea durante millones de años y estén comenzando a cruzarse nuevamente con el Sol. Los autores los denominan objetos cuasi-interestelares, o quasi-ISOs.
La idea aparece en un preprint enviado a The Astrophysical Journal que todavía no ha completado la revisión por pares. Sus simulaciones no demuestran que ya hayamos observado uno de estos viajeros, pero muestran que el viaje de ida y vuelta es dinámicamente posible.
Los cometas expulsados al principio no son los que regresarían
El titular más espectacular habla de unos 10.000 billones de objetos expulsados por el sistema solar. Esa cifra procede de una estimación muy incierta basada en la densidad deducida tras el descubrimiento de ‘Oumuamua: si el Sol fuera una estrella típica, podría haber aportado del orden de 10¹⁶ cuerpos de tamaño similar o superior a la población interestelar de la galaxia.
Los modelos de formación planetaria consideran que aproximadamente el 95% de los planetesimales originales fueron expulsados por las interacciones gravitatorias con los planetas gigantes. Solo una pequeña parte habría quedado almacenada en la nube de Oort. Bajo una de las normalizaciones utilizadas por el estudio, esa nube podría haber comenzado con unos 5 × 10¹⁴ objetos de al menos cien metros, equivalentes a unos 500 billones.
Pero aquí aparece el gran matiz: los autores concluyen que aquella enorme población expulsada durante la juventud del sistema solar está hoy demasiado dispersa por la Vía Láctea para contribuir de manera apreciable a los posibles regresos.
Después de miles de millones de años, los objetos se habrían extendido formando una corriente gigantesca, perturbada por estrellas, nubes moleculares y la propia estructura gravitatoria de la galaxia. La probabilidad de que uno vuelva a encontrar exactamente el sistema que lo expulsó se vuelve prácticamente insignificante.
La nube de Oort continúa perdiendo objetos
Los candidatos más razonables no habrían escapado durante la formación de los planetas, sino mucho más recientemente. La nube de Oort es una enorme reserva de cuerpos helados situada en los límites gravitatorios del sistema solar. Sus integrantes permanecen débilmente ligados al Sol y pueden ser perturbados por la marea galáctica o por el paso relativamente cercano de otras estrellas.
Algunas de esas perturbaciones envían cometas hacia el sistema solar interior. Otras les proporcionan suficiente energía para escapar por completo y comenzar a orbitar la galaxia independientemente.
Las simulaciones indican que los objetos con mayores posibilidades de regresar habrían abandonado la zona exterior de la nube de Oort entre hace unos 10 y 300 millones de años. En el modelo considerado más realista, el periodo que más contribuye a la población actual se sitúa alrededor de 60 millones de años atrás. Los objetos expulsados hace más de 1.000 millones de años ya estarían demasiado dispersos.
Escapan del Sol, pero continúan viajando cerca de él

Un objeto cuasi-interestelar no daría simplemente media vuelta atraído desde una distancia enorme. Una vez expulsado más allá del dominio gravitatorio solar, pasaría a recorrer su propia órbita alrededor del centro de la Vía Láctea.
La clave es que conservaría una velocidad galáctica muy parecida a la del Sol. Los objetos arrancados suavemente de la nube de Oort salen con un impulso pequeño y forman una corriente extendida alrededor de la trayectoria de su sistema de origen. Algunas órbitas dentro de esa corriente pueden volver a cruzarse con la región ocupada por el Sol.
Es una situación parecida a la de dos corredores que abandonan momentáneamente el mismo grupo, recorren caminos ligeramente distintos y vuelven a encontrarse más adelante. El objeto ya no pertenece gravitatoriamente al sistema solar, pero tampoco se aleja de él con la rapidez de un visitante nacido alrededor de otra estrella.
La probabilidad individual sigue siendo extraordinariamente pequeña. El estudio calcula que un cuerpo expulsado en uno de estos episodios tendría, como máximo, una probabilidad anual cercana a tres entre cien billones de reencontrarse con el Sol. Solo el número colosal de objetos involucrados hace que el fenómeno sea posible.
Llegarían mucho más despacio que 3I/ATLAS
La velocidad sería la pista más clara para reconocerlos. Los tres objetos interestelares confirmados llegaron con velocidades hiperbólicas de decenas de kilómetros por segundo. 3I/ATLAS, por ejemplo, seguía una trayectoria tan rápida y abierta que no podía haber sido originada dentro del sistema solar.
Los cuasi-interestelares regresarían con un exceso de velocidad de aproximadamente 0,1 o 0,2 kilómetros por segundo, y casi siempre por debajo de uno. Sus órbitas serían hiperbólicas por un margen diminuto, con una excentricidad apenas superior a uno.
Eso impediría confundirlos fácilmente con ‘Oumuamua, Borisov o 3I/ATLAS. Sin embargo, generaría otro problema: se parecerían demasiado a los cometas casi parabólicos procedentes de la propia nube de Oort.
Las emisiones de gas pueden modificar ligeramente la trayectoria de un cometa y dificultar la reconstrucción de su órbita original. Por esa razón, el catálogo actual contiene varios cuerpos con órbitas nominalmente hiperbólicas, pero ninguno puede identificarse de forma inequívoca como un antiguo exiliado que haya regresado.
Incluso el observatorio Rubin podría no encontrar ninguno
Los modelos más generosos predicen alrededor de dos cuasi-interestelares del tamaño de ‘Oumuamua o mayores pasando a menos de cinco unidades astronómicas del Sol por década. Otros escenarios ofrecen tasas muy inferiores.
El Observatorio Vera C. Rubin será especialmente valioso porque rastreará repetidamente enormes regiones del cielo y detectará millones de cuerpos pequeños. Sus alertas científicas comenzaron en 2026 como paso previo al estudio LSST de diez años, concebido para registrar cambios en el cielo del hemisferio sur.
Aun así, el propio estudio considera improbable identificar positivamente un cuasi-interestelar incluso con Rubin. Encontrar uno requeriría medir su trayectoria con enorme precisión y demostrar que primero escapó del sistema solar, orbitó libremente por la galaxia y después regresó.
Un descubrimiento así serviría para algo más que añadir una categoría al catálogo de cometas. Podría revelar que la nube de Oort ha perdido muchos más objetos de lo esperado o que una estrella pasó cerca del Sol y la erosionó violentamente hace entre 10 y 300 millones de años.
El sistema solar expulsó una cantidad inimaginable de pequeños mundos, pero los posibles retornados no serían los supervivientes directos de aquella gran diáspora primordial. Serían exiliados mucho más recientes, cometas que abandonaron la frontera solar, acompañaron al Sol por la Vía Láctea y, por pura geometría galáctica, encontraron lentamente el camino de regreso.