Durante la campaña antártica de 2008, un equipo del programa ANSMET encontró una roca oscura sobre el hielo de la cordillera Dominion, junto al manto helado de la Antártida oriental. Nadie la había visto caer y, desde fuera, no parecía especialmente diferente de otros meteoritos recogidos en la región.
La muestra pesaba 667 gramos. Recibió el nombre de DOM 08006, fue enviada para su clasificación y pasó a formar parte de las colecciones de meteoritos antárticos. Su verdadero valor estaba escondido en partículas miles de veces más pequeñas que la propia roca.
Dieciocho años después, científicos del MIT, Purdue, Cambridge, Caltech y otras instituciones han descubierto que algunos de esos granos podrían conservar la señal magnética más antigua jamás recuperada del Sistema Solar: una grabación mineral realizada mientras el Sol todavía estaba creciendo.
El meteorito atravesó 4.567 millones de años sin perder completamente su memoria

La mayoría de los meteoritos ha tenido una existencia violenta. Sus minerales fueron modificados por agua, calentamientos, impactos y transformaciones químicas dentro de asteroides. Cada uno de esos procesos puede alterar o borrar el magnetismo adquirido anteriormente.
DOM 08006 escapó casi por completo de ese destino. Es una condrita carbonácea extremadamente primitiva que apenas se calentó dentro de su cuerpo progenitor. Estudios anteriores ya habían encontrado en ella una concentración extraordinaria de polvo presolar y minerales poco alterados.
Entre esos materiales se encuentran las inclusiones ricas en calcio y aluminio, conocidas como CAI. Son los sólidos más antiguos que se conservan del Sistema Solar: se condensaron a temperaturas superiores a los 1.000 grados cerca del protosol durante sus primeros 200.000 años.
Al enfriarse, los diminutos fragmentos de hierro y níquel de su interior pudieron alinearse con el campo magnético circundante. Una vez fijada, aquella orientación quedó preservada como la información de una cinta magnética, pero durante miles de millones de años.
Para escuchar la señal necesitaron dos microscopios cuánticos

El equipo localizó 25 inclusiones en dos secciones del meteorito y escogió cinco que contenían minerales capaces de retener magnetismo. Medían entre 100 y 300 micrómetros: algunas apenas superaban el grosor de un cabello humano.
Su señal era demasiado débil para los magnetómetros convencionales. Los investigadores recurrieron a un microscopio SQUID, basado en dispositivos superconductores de interferencia cuántica, y a un microscopio cuántico de diamante, capaz de cartografiar campos magnéticos diminutos utilizando defectos atómicos del cristal como sensores.
Después fueron borrando progresivamente las señales más recientes. Tres inclusiones conservaron un componente magnético especialmente resistente y apuntaban en direcciones diferentes. Ese desorden resultó decisivo: si el asteroide completo hubiese sido calentado posteriormente, todas habrían terminado orientadas de una forma parecida. Las partículas, por tanto, probablemente ya estaban magnetizadas antes de quedar unidas en la misma roca.
El estudio publicado en PNAS estima que el campo tenía entre 150 y 600 microteslas, aproximadamente entre tres y doce veces la intensidad del campo terrestre actual.
La gravedad hizo caer la nube, pero el magnetismo pudo alimentar al Sol
Hace 4.567 millones de años, el Sistema Solar era una nube de gas y polvo que comenzó a colapsar. La gravedad la contrajo y la convirtió en un disco giratorio, con una protoestrella creciendo en el centro.
Sin embargo, la materia que gira no puede precipitarse directamente hacia la estrella: antes necesita perder parte de su momento angular. Los campos magnéticos pudieron conectar regiones diferentes del disco, generar turbulencias y transportar ese movimiento hacia el exterior. Al perderlo, el gas podía desplazarse hacia dentro y alimentar al Sol.
La intensidad registrada en DOM 08006 coincide con los modelos en los que el magnetismo desempeña precisamente esa función y calienta el interior del disco hasta unos 1.000 kelvin.
Todavía existe una segunda posibilidad. Las inclusiones pudieron calentarse y magnetizarse unos 2,2 millones de años después. Si ocurrió así, la señal seguiría demostrando que existían campos intensos durante la formación planetaria, pero perdería el récord de antigüedad.
Los indicios químicos favorecen el primer escenario, aunque no lo confirman por completo. Si los investigadores están en lo cierto, aquella roca recogida sin grandes ceremonias sobre el hielo no guardaba únicamente material anterior a los planetas. Conservaba algo mucho más excepcional: una pequeña grabación del campo invisible que ayudó al Sol a reunir la materia con la que terminaría construyendo todo nuestro mundo.