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Ciencia

En la Grecia de la Edad del Bronce hasta uno de cada diez habitantes había crecido en otro lugar. Lo inesperado es que hombres y mujeres se marchaban casi por igual

Un análisis isotópico de 199 personas enterradas en la antigua Grecia revela una movilidad sorprendentemente equilibrada entre hombres y mujeres. Los jóvenes, y no las familias completas, eran quienes más se desplazaban.
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Durante mucho tiempo, una de las explicaciones habituales para la movilidad en las sociedades prehistóricas europeas ha sido relativamente sencilla: las mujeres abandonaban su comunidad al casarse y pasaban a vivir junto a la familia del marido. En algunas poblaciones de la Edad del Bronce, los análisis químicos y genéticos encajan bastante bien con ese patrón.

En Grecia, sin embargo, algo no cuadra.

Un equipo internacional ha estudiado los restos de 199 personas procedentes de yacimientos del centro y sur de la actual Grecia y ha descubierto que entre el 5% y el 10% de los individuos analizados en distintos momentos de la Edad del Bronce no habían crecido donde terminaron enterrados. En total, identificaron 17 personas consideradas no locales. Y entre ellas había cantidades comparables de hombres y mujeres.

El trabajo, publicado en PLOS One, dibuja así una sociedad donde desplazarse no parece haber sido exclusivamente una consecuencia del matrimonio femenino. Los motivos probablemente fueron mucho más variados.

Sus dientes conservaban la dirección de su infancia

En la Grecia de la Edad del Bronce hasta uno de cada diez habitantes había crecido en otro lugar. Lo inesperado es que hombres y mujeres se marchaban casi por igual
© V. Georgiadis.

Evidentemente, nadie dejó escrito dónde había nacido. La pista estaba dentro de sus restos. Los investigadores analizaron la proporción de dos isótopos del estroncio, ⁸⁷Sr y ⁸⁶Sr, presentes en dientes y huesos. Este elemento pasa de las rocas al suelo, después al agua y los alimentos y finalmente al organismo. Como la geología cambia entre regiones, diferentes lugares pueden dejar firmas químicas distintas.

El esmalte dental es especialmente útil porque se forma durante la infancia y después prácticamente no cambia. Comparar su firma isotópica con la del entorno de la tumba permite detectar a alguien que probablemente creció en una región distinta de aquella donde fue enterrado.

Los restos procedían de lugares como Kirrha, Ayios Vasileios y Voudeni, además de otros yacimientos. El resultado general fue una tasa de individuos no locales de alrededor del 8,5%, aunque las cifras oscilaron aproximadamente entre el 5% y el 10% según el período analizado.

Eso tampoco significa que el restante 91,5% jamás viajara. Dos lugares diferentes pueden compartir una composición geológica parecida y resultar invisibles para esta técnica. Los propios autores advierten, por ello, que sus cifras representan probablemente un mínimo de movilidad real.

El patrón esperado de mujeres migrantes simplemente no apareció

Aquí llega una de las sorpresas. Los individuos no locales incluían ambos sexos y el estudio no detectó un sesgo consistente que indicara que fueran principalmente mujeres. De hecho, en el conjunto completo había un porcentaje ligeramente mayor de hombres foráneos, aunque las diferencias entre yacimientos impiden convertirlo en una regla general.

Para Serena Sabatini, arqueóloga de la Universidad de Gotemburgo y coautora del trabajo, esto indica que varios factores diferentes debieron impulsar los desplazamientos. Comercio, trabajo especializado, alianzas políticas, matrimonio o redes familiares son posibilidades plausibles, pero los isótopos no pueden determinar qué motivo llevó a cada persona a marcharse.

La riqueza tampoco proporciona una respuesta sencilla. Los investigadores encontraron individuos no locales tanto en entierros modestos como en tumbas especialmente ricas, incluidas algunas asociadas a personas de alto estatus.

Y casi todos parecen haberse marchado después de crecer

En la Grecia de la Edad del Bronce hasta uno de cada diez habitantes había crecido en otro lugar. Lo inesperado es que hombres y mujeres se marchaban casi por igual
© Raphael Orgeolet. École française d’Athènes.

La edad ofreció otra pista. Entre los menores analizados no apareció ningún individuo clasificado como no local. En cambio, el porcentaje más alto se concentró entre los adultos jóvenes, aproximadamente entre los 18 y los 30 años.

Si las comunidades hubieran estado trasladándose principalmente como familias completas, sería razonable encontrar también niños con señales isotópicas de otros lugares. El patrón encontrado encaja mejor con jóvenes que abandonaban individualmente su comunidad después de haber pasado allí la infancia.

Los autores son cautos: solo se analizó una muestra por individuo y no es posible reconstruir todos sus movimientos a lo largo de la vida. Aun así, los datos sugieren algo que las tumbas por sí solas difícilmente podían revelar.

Hace más de 3.000 años, mientras mercancías e ideas circulaban por un Mediterráneo cada vez más conectado, también había jóvenes que dejaban atrás el lugar donde habían crecido y empezaban una nueva vida en otra comunidad. Y ser hombre o mujer, al parecer, no marcaba tanto la diferencia como se pensaba.

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