Convertir el subsuelo en una enorme batería
La expansión de la energía solar y eólica plantea un problema conocido: no siempre producen electricidad cuando más se necesita. Cuando hay exceso de generación, una parte de esa energía puede desaprovecharse si no existe suficiente capacidad de almacenamiento. Una investigación de la Universidade NOVA de Lisboa y del Instituto Dom Luiz propone utilizar las propias formaciones geológicas como una especie de batería subterránea.
El sistema emplearía la electricidad sobrante de fuentes renovables para alimentar compresores de aire. Ese aire sería enviado mediante pozos hasta capas de roca porosa situadas a cientos o incluso miles de metros de profundidad, donde ocuparía los pequeños espacios existentes entre los granos de la roca y desplazaría el agua salada presente de manera natural. Allí permanecería almacenado bajo presión hasta que la red necesitara recuperar la energía.
Cuando aumentara la demanda eléctrica, el aire comprimido volvería a subir por el pozo y se expandiría para accionar turbinas en superficie, produciendo nuevamente electricidad. A diferencia de otros sistemas basados en hidrógeno o gases combustibles, aquí el elemento almacenado es simplemente aire comprimido, lo que reduce determinados riesgos asociados a sustancias inflamables.

Un reservorio podría almacenar hasta 1 TWh
El estudio analizó diferentes profundidades, condiciones geológicas y configuraciones termodinámicas para estimar cuánta energía podría almacenarse realmente. Según los investigadores, el escenario más favorable corresponde a un sistema adiabático-isobárico, que podría alcanzar una densidad energética de hasta 156 kWh por metro cúbico y una capacidad total de alrededor de 1 TWh cuando el reservorio se encuentra a profundidades próximas a los 3.000 metros.
Los propios autores aclaran que se trata de un escenario máximo, en el que coinciden las condiciones más favorables, por lo que no todos los emplazamientos alcanzarían esas cifras. Aun así, el resultado sirve para mostrar la escala potencial de la tecnología: un único reservorio podría aproximarse al consumo eléctrico de algunas ciudades portuguesas de tamaño medio.
A diferencia de las baterías de ion-litio, especialmente útiles para compensar variaciones de corta duración, este tipo de almacenamiento estaría orientado a períodos más prolongados y podría aprovechar formaciones geológicas disponibles a gran escala.
También podría ayudar a recuperar la red después de un apagón
Otra de las ventajas señaladas por los investigadores es la posibilidad de utilizar estos sistemas para un “black start”, es decir, arrancar instalaciones eléctricas sin depender previamente de una red ya operativa. El aire almacenado puede liberarse rápidamente y utilizarse para generar electricidad, lo que permitiría aportar potencia en momentos críticos y ayudar a estabilizar el sistema.
Esto no significa que una instalación de aire comprimido pueda evitar por sí sola un gran apagón, pero sí podría aportar una herramienta adicional para recuperar y equilibrar la red. En un sistema eléctrico con cantidades crecientes de energía solar y eólica, disponer de reservas capaces de responder con rapidez puede resultar especialmente importante.
La profundidad también juega un papel clave: según el estudio, cuanto más profundo se encuentre el reservorio, mayor puede ser la cantidad de energía liberada. Los investigadores consideran que zonas próximas a Lisboa y Almada podrían resultar especialmente interesantes por combinar potencial geológico, elevada demanda eléctrica e importantes concentraciones industriales.
El gran obstáculo ya no es técnico: es regulatorio
En Portugal, esta tecnología todavía no ha pasado de la fase de estudio. Los investigadores calculan que un proyecto comercial podría necesitar entre cinco y diez años, ya que antes sería necesario analizar detalladamente la geología, perforar pozos, construir instalaciones piloto y comprobar su funcionamiento a escala real.
Uno de los territorios que concentra mayor interés es la cuenca lusitánica, una extensa franja geológica que se prolonga aproximadamente desde Lisboa hasta Aveiro. Además de contar con formaciones potencialmente adecuadas para almacenar aire comprimido, coincide con una de las regiones más industrializadas del país y dispone de abundante generación eólica, solar e hidráulica.
Sin embargo, el principal obstáculo señalado por los investigadores es la falta de legislación específica. El subsuelo pertenece al Estado y actualmente no existe en Portugal un marco regulatorio que permita desarrollar con claridad este tipo de instalaciones. Incluso una empresa dispuesta a invertir tendría dificultades para avanzar desde los estudios preliminares hasta un proyecto piloto.
Si esa barrera se resuelve y las pruebas confirman las estimaciones actuales, el subsuelo podría convertirse en una pieza más del sistema energético: una batería natural capaz de almacenar el excedente renovable durante horas o días y devolverlo cuando la red más lo necesita.