Más de 500 años antes de que se levantara la Gran Pirámide de Guiza, algunos de los primeros gobernantes de un Egipto recién unificado fueron enterrados en Abidos rodeados por algo difícil de explicar. Junto a sus complejos funerarios aparecieron decenas (y en algunos casos cientos) de pequeñas tumbas ocupadas por funcionarios, artesanos y miembros de la corte.
El arqueólogo británico Flinders Petrie sospechó hace aproximadamente un siglo que aquello podía esconder sacrificios de acompañantes: personas asesinadas tras la muerte de un gobernante para continuar sirviéndolo en el más allá. Había un problema. No encontraba las heridas que demostraran una muerte violenta.
Ahora resulta que algunas podían haber estado delante de sus ojos todo el tiempo. Un estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology por la bioarqueóloga Roselyn Campbell, de la Universidad Purdue, vuelve sobre aquellos restos utilizando conocimientos forenses modernos. De los 46 cráneos conservados de enterramientos asociados a Djer, Djet y Merneith, 18 presentan traumatismos perimortem potencialmente mortales. Es aproximadamente el 39% de la muestra.
Petrie vio las grietas. Lo que no sabía era qué significaban

La mayoría son fracturas lineales que atraviesan el cráneo, aunque Campbell también encontró lesiones producidas por objetos cortantes, incluida una herida penetrante en un lateral de la cabeza y otra en la zona del ojo. Este tipo de fracturas puede provocar hemorragias intracraneales, pérdida rápida de conciencia y, sin intervención médica, la muerte.
Lo fascinante es que Petrie probablemente sí detectó algunas de esas grietas. En varios cráneos aplicó parafina precisamente alrededor de las zonas fracturadas para estabilizarlas. Campbell plantea que el arqueólogo simplemente las interpretó como daños producidos después del entierro. A comienzos del siglo XX todavía no existían las herramientas de la bioarqueología moderna para distinguir con precisión cómo se comporta un hueso fresco frente a uno que lleva tiempo seco.
Hoy se sabe que un hueso que todavía conserva humedad y colágeno puede doblarse y fracturarse de una manera distinta. Al secarse pierde elasticidad y sus roturas adquieren otras características. Esas diferencias permiten estimar si una lesión ocurrió alrededor del momento de la muerte. Y eso cambia bastante la escena de Abidos.
Alguien pudo golpearlos, pero todavía no sabemos con qué

Las fracturas tampoco encajan especialmente bien con una imagen muy conocida del antiguo Egipto: el faraón levantando una maza para aplastar a sus enemigos, como aparece ya en la famosa Paleta de Narmer.
Las mazas suelen producir lesiones más localizadas o hundimientos. Las fracturas lineales observadas en Abidos son más compatibles con impactos contra superficies grandes y relativamente planas. También podrían producirse por una caída, pero Campbell señala que resultaría extraño encontrar el mismo tipo de accidente repetido tantas veces dentro de una muestra tan pequeña.
El contexto añade otra pieza. Muchas tumbas subsidiarias parecen haber sido ocupadas y cerradas en el mismo episodio, algo que ya llevó a Petrie a preguntarse cómo podían haber muerto simultáneamente tantas personas vinculadas a la corte. Estos enterramientos aumentaron después del reinado de Aha y desaparecieron rápidamente al comenzar la Segunda Dinastía. Eso no permite reconstruir exactamente qué ocurrió. Pero hace que la hipótesis del sacrificio resulte bastante más difícil de descartar.
El 39% no significa que el 39% de la corte fuera asesinada
Aquí aparece la precaución importante. Los 46 cráneos representan únicamente entre el 5% y el 15% de las personas enterradas en cada complejo estudiado. Gran parte de los esqueletos fueron enterrados nuevamente por Petrie, se mezclaron o se perdieron, por lo que la muestra disponible no puede extrapolarse al conjunto.
Además, “perimortem” no significa necesariamente “el golpe que lo mató”. El hueso puede conservar características de tejido fresco durante horas e incluso semanas después de morir. Una fractura de este tipo podría haberse producido inmediatamente antes, durante o después del fallecimiento. Por eso Campbell no presenta los 18 cráneos como 18 asesinatos demostrados. Lo que muestra es algo más interesante: existe evidencia de violencia que hace un siglo fue confundida con simples daños del enterramiento.
Los primeros faraones levantaban un Estado prácticamente desde cero. Sus tumbas muestran hasta dónde comenzaba a extenderse su autoridad. Ahora, algunos de los huesos enterrados alrededor de ellas sugieren que ese poder quizá no terminaba cuando moría el rey. Para parte de quienes lo servían, puede que fuera precisamente entonces cuando llegaba su última orden.