Si pudiéramos retirar de golpe varios kilómetros de hielo de la Antártida Oriental, debajo aparecería algo inesperado: un enorme lago de agua líquida completamente oculto a la superficie. Es el lago Vostok, uno de los entornos más extraños y difíciles de alcanzar de la Tierra.
Está situado bajo la estación rusa que lleva el mismo nombre y cubierto por aproximadamente 3,7 a 4,1 kilómetros de hielo. Tiene alrededor de 250 kilómetros de largo y unos 50 de ancho, dimensiones comparables a las de grandes lagos de superficie. Algunas mediciones indican incluso que determinadas zonas de su cuenca pueden superar el kilómetro de profundidad.
Y Vostok ya no parece una rareza aislada. Los científicos han identificado aproximadamente 675 lagos bajo la capa de hielo antártica, según datos recopilados por la National Science Foundation. Un inventario global publicado en Nature Reviews Earth & Environment elevaba a 773 el número conocido bajo glaciares y capas de hielo de todo el planeta.
Hay agua líquida donde aparentemente no debería haberla

En la superficie de esta parte de la Antártida las condiciones son brutales. La estación Vostok es famosa por haber registrado temperaturas próximas a los -90 ºC. Sin embargo, kilómetros más abajo, el panorama cambia.
La enorme masa de hielo funciona como aislante, mientras que el calor procedente del interior terrestre aporta energía desde el fondo. A esto se suma la presión del propio hielo, que modifica el punto de congelación. El resultado es una masa de agua que puede permanecer líquida a temperaturas cercanas a -3 ºC, sometida a cientos de atmósferas de presión y en oscuridad permanente. Durante mucho tiempo se habló de Vostok como un ecosistema que habría permanecido completamente sellado durante 15 millones de años o incluso más. Esa idea necesita un matiz importante.
La capa de hielo de la Antártida Oriental sí lleva millones de años separando estos ambientes de la atmósfera, pero eso no significa que exactamente la misma agua haya permanecido inmóvil durante todo ese tiempo. Estudios sobre el intercambio entre el lago y el hielo estimaron tiempos de renovación del agua de miles o decenas de miles de años. El hielo se derrite en determinadas zonas, el agua circula y vuelve a congelarse en otras. En otras palabras: es un entorno antiquísimo y extraordinariamente aislado de la superficie, pero también un sistema dinámico bajo el hielo.
En 2012 perforamos hasta él. Y apareció el gran problema: tocarlo sin contaminarlo

El misterio de Vostok llevó a científicos rusos a perforar durante décadas el hielo situado sobre el lago. El 5 de febrero de 2012, después de atravesar más de 3.700 metros, el equipo anunció que había alcanzado finalmente su superficie.
La presión hizo que agua del lago ascendiera por el pozo y posteriormente se congelase. Era precisamente el escenario que los investigadores temían: cualquier intento de estudiar directamente un ecosistema tan aislado plantea el riesgo de introducir microorganismos o sustancias procedentes del exterior.
Los análisis anteriores del llamado hielo de acreción (agua del lago que se congela contra la base de la capa de hielo) ya habían encontrado pequeñas cantidades de microorganismos. Sin embargo, varios de ellos se parecen a organismos modernos de superficie y la posibilidad de contaminación obliga a interpretar los resultados con extrema prudencia.
La gran pregunta sigue siendo si hay algo vivo ahí abajo
Eso es precisamente lo que convierte Vostok en algo más que una curiosidad geológica. Cualquier organismo que viviera en sus aguas profundas tendría que sobrevivir sin luz solar, con muy pocos nutrientes, temperaturas extremas y una presión enorme.
Esas condiciones recuerdan inevitablemente a Europa, la luna helada de Júpiter, o Encélado, el satélite de Saturno bajo cuya corteza también se esconden océanos. Por eso los lagos subglaciales antárticos se han convertido en laboratorios naturales para la astrobiología. Pero Vostok guarda otra recompensa potencial. Sus sedimentos podrían conservar información sobre la evolución geológica y climática de la Antártida durante millones de años.
Tenemos, en definitiva, un gigantesco archivo de agua y sedimentos escondido bajo cuatro kilómetros de hielo. Sabemos dónde está, sabemos cómo funciona aproximadamente y ya hemos conseguido rozarlo. Lo difícil ahora es descubrir qué contiene sin destruir precisamente aquello que lo hace único.