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Ciencia

La galaxia M61 escondía un secreto colosal a simple vista. Y ahora una corriente estelar del tamaño de la Vía Láctea emerge gracias a la sensibilidad extrema del telescopio Rubin

Los astrónomos revisaban una imagen de prueba del Observatorio Vera Rubin cuando algo imposible apareció en pantalla: una corriente estelar tan fina como descomunal, de 163.000 años luz, oculta junto a la galaxia M61. Una estructura tan vasta como la propia Vía Láctea que había pasado inadvertida durante décadas.
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A veces los grandes descubrimientos no surgen de una búsqueda, sino de una revisión rutinaria. Eso ocurrió cuando el equipo del Observatorio Vera Rubin examinó una de sus primeras imágenes de calibración, tomadas meses antes de que comenzaran los experimentos científicos. En pleno cúmulo de Virgo, junto a la conocida galaxia espiral M61, apareció un trazo casi invisible, un hilo de luz tan tenue que ningún telescopio anterior había logrado distinguir. Lo que parecía un artefacto de imagen resultó ser una estructura cósmica gigantesca.

Una corriente estelar tan grande como la Vía Láctea

Una estructura tan larga como la Vía Láctea estaba oculta junto a una galaxia cercana. Y el telescopio Vera Rubin la ha revelado en una imagen que nadie vio venir
© NSF–DOE Vera C. Rubin Observatory.

La estela recién descubierta mide unos 50 kiloparsecs: alrededor de 163.000 años luz, prácticamente el diámetro completo de nuestra galaxia. Es, en términos astronómicos, un monstruo. Un filamento estelar que serpentea junto a M61 y que hasta ahora había permanecido oculto a pesar de que M61 es una galaxia Messier observada infinidad de veces.

La explicación de este “milagro visual” está en la sensibilidad del Rubin. Su cámara de 3.200 millones de píxeles está diseñada para captar luz extremadamente débil, mucho más allá del alcance de los instrumentos anteriores. Esa capacidad permitió ver lo que siempre estuvo ahí: los restos de una galaxia enana que M61 habría devorado hace unos 10 millones de años.

Según el equipo, el impacto habría desencadenado un starburst, una explosión de nacimientos estelares dentro de M61 al comprimirse el gas de la galaxia absorbida. La víctima dejó un hilo de estrellas desgarradas por la gravedad, un rastro fósil de canibalismo galáctico que ahora se revela con detalles sin precedentes.

No es un fenómeno aislado: nuestra propia Vía Láctea tiene su Corriente de Sagitario, resultado de un proceso similar. Pero la magnitud de la estela de M61 la coloca entre las mayores jamás registradas en una galaxia cercana.

El telescopio Rubin, la máquina que cambiará la cartografía del cielo

Una estructura tan larga como la Vía Láctea estaba oculta junto a una galaxia cercana. Y el telescopio Vera Rubin la ha revelado en una imagen que nadie vio venir
© Romanowsky et al. 2025, RNAAS.

Lo más impresionante del hallazgo no es la estructura en sí, sino el hecho de que haya sido detectada… por accidente. Las imágenes analizadas eran simples pruebas del sistema LSST (Legacy Survey of Space and Time), el programa que convertirá al Rubin en el escáner celeste más potente de la historia.

Con base en Cerro Pachón, en el desierto de Atacama, el Rubin puede fotografiar el cielo austral completo cada tres noches, capturando 40.000 millones de objetos por turno con exposiciones de solo 30 segundos. Su sensibilidad es tal que puede detectar satélites de 10 centímetros orbitando la Tierra, lo que incluso obligó a firmar un acuerdo con el Pentágono para retrasar y censurar ciertos datos.

A diferencia del telescopio James Webb, que observa regiones concretas con profundidad quirúrgica, el Rubin es un cartógrafo del cosmos: su trabajo es registrar todo, hasta lo que no sabemos que existe. Y esta corriente estelar es una prueba temprana de lo que vendrá.

Los astrónomos esperan que los próximos años revelen un auténtico tesoro de subestructuras: filamentos, colas de marea, restos de galaxias enanas y cicatrices gravitatorias que confirmen con detalles nunca vistos cómo las galaxias masivas crecen devorando a las pequeñas.

La inmensa corriente estelar de M61 es solo el primer susurro de lo que el Rubin es capaz de mostrar. Durante décadas estuvo oculta a plena vista, esperando una cámara lo bastante sensible para captarla. Ahora sabemos que el universo guarda muchas más cicatrices. Y estamos, por fin, a punto de verlas todas.

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