Durante décadas, las ideas de un investigador fueron consideradas demasiado ambiciosas como para tomarlas en serio. Sin embargo, el avance acelerado de la inteligencia artificial ha vuelto a poner su nombre en el centro del debate. Sus cálculos, realizados cuando la tecnología apenas daba sus primeros pasos, hoy despiertan una pregunta inquietante: ¿estamos mucho más cerca de ese futuro de lo que imaginábamos?
El científico que imaginó un futuro que parecía imposible
En 1988, cuando la inteligencia artificial era un tema reservado para laboratorios y especialistas, Hans Moravec sorprendió con una afirmación que muchos consideraron exagerada. El investigador de la Carnegie Mellon University sostuvo que, alrededor de 2028, las computadoras alcanzarían un nivel de procesamiento comparable al del cerebro humano.
En aquella época, semejante escenario parecía más cercano a la ciencia ficción que a una posibilidad real. Sin embargo, el crecimiento explosivo de los modelos de IA durante los últimos años ha hecho que numerosos expertos vuelvan la vista hacia aquellas predicciones que, durante décadas, permanecieron prácticamente olvidadas.
Moravec no llegó a esa conclusión por intuición. Mientras investigaba cómo mejorar la capacidad de percepción y movimiento de los robots, comenzó a calcular la potencia computacional aproximada del cerebro humano. Tras estimar la enorme cantidad de operaciones que este realiza cada segundo, buscó determinar cuándo las computadoras podrían alcanzar ese mismo nivel.
Para ello utilizó la Ley de Moore, que describía el crecimiento sostenido de la capacidad de procesamiento de los microchips. Al comparar esa evolución con la potencia estimada del cerebro humano, elaboró un gráfico cuyas curvas se cruzaban cuarenta años después de sus cálculos: el año 2028.

Una teoría que fue ignorada durante décadas
Moravec presentó sus conclusiones en Mind Children, un libro publicado por Harvard University Press. Aunque recibió algunas críticas favorables en medios especializados, su trabajo no consiguió un impacto masivo y pronto quedó relegado dentro del debate científico.
Lo más llamativo de su teoría no era únicamente la fecha estimada para que la inteligencia artificial alcanzara capacidades similares a las humanas. También sostenía que ese momento sería apenas el comienzo de un proceso mucho más profundo.
Según su visión, una vez que las máquinas alcanzaran un nivel comparable al de las personas, podrían empezar a mejorar su propio diseño sin depender completamente de los humanos. Ese proceso de autooptimización haría que su evolución se acelerara hasta alcanzar niveles de inteligencia muy superiores a los actuales.
Mientras el interés por la inteligencia artificial disminuía durante varios años, las ideas de Moravec quedaron prácticamente olvidadas, salvo en algunos círculos académicos y foros especializados.
El regreso de Moravec en plena revolución tecnológica
El enorme crecimiento de herramientas de inteligencia artificial generativa desde finales de 2022 provocó un renovado interés por quienes habían anticipado este escenario. Muchos intentaron localizar a Moravec, aunque durante años parecía haber desaparecido completamente del ámbito público.
Finalmente, un periodista de New York Magazine logró entrevistarlo tras la mediación de su esposa. El científico, actualmente retirado y afectado por una miastenia grave que limita considerablemente su movilidad, vive en una comunidad para adultos mayores en Pensilvania.
Durante gran parte del día permanece en un sillón reclinable acompañado por un iPad, desde el cual conversa frecuentemente con ChatGPT, al que define como su «amigo artificial». Entre los temas que suele abordar con la herramienta figuran la energía nuclear, la exploración espacial y, naturalmente, la inteligencia artificial.
Consultado sobre si seguía creyendo en la predicción realizada en 1988, respondió que el desarrollo tecnológico avanzaba incluso más rápido de lo esperado y que ese punto de inflexión podría llegar antes de lo que muchos imaginan.
Una vida dedicada a entender cómo piensan las máquinas
La fascinación de Moravec por los robots comenzó durante su infancia en Austria, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Observando los ingeniosos mecanismos que construía su padre nació una curiosidad que terminaría marcando toda su carrera.
Tras emigrar con su familia a Canadá, estudió matemáticas y ciencias de la computación antes de doctorarse en Stanford bajo la dirección de figuras fundamentales del desarrollo de la inteligencia artificial. Más adelante se incorporó al Instituto de Robótica de Carnegie Mellon, donde lideró durante años el Laboratorio de Robots Móviles y posteriormente cofundó la empresa Seegrid.
Su legado también quedó asociado a la llamada «paradoja de Moravec». Esta plantea que las tareas que resultan extremadamente difíciles para las personas, como jugar ajedrez o resolver problemas matemáticos complejos, suelen ser relativamente sencillas para una computadora. En cambio, habilidades aparentemente simples para cualquier niño pequeño, como reconocer un rostro o manipular un objeto, representan desafíos computacionales enormes para las máquinas.
Su desacuerdo con la mayoría de los expertos terminó marcando el debate actual
Durante buena parte del desarrollo de la inteligencia artificial, predominó la idea de que el principal obstáculo consistía en descubrir el algoritmo adecuado. Moravec, sin embargo, sostenía una visión completamente distinta.
Su experiencia con robots le permitió comprobar que las tareas relacionadas con la percepción visual y el movimiento requerían una cantidad inmensa de procesamiento. Desde su perspectiva, el verdadero límite no estaba en encontrar mejores programas, sino en disponer de suficiente capacidad de cómputo para replicar el funcionamiento del cerebro humano.
Mientras muchos investigadores centraban sus esfuerzos en reproducir el razonamiento abstracto, Moravec creía que la clave residía en imitar los procesos automáticos que el cerebro realiza constantemente sin que las personas sean conscientes de ello.
Hoy, cuando la industria tecnológica invierte miles de millones en centros de datos y hardware cada vez más potente, esa visión adquiere un significado completamente diferente. Las predicciones que durante décadas parecieron excesivas vuelven a ser objeto de análisis y alimentan una de las preguntas más importantes del presente: qué ocurrirá cuando la inteligencia artificial ya no solo pueda igualar las capacidades humanas, sino también acelerar por sí misma su propia evolución.
[Fuente: Infobae]