Al principio apareció un círculo en el barro. Después otro. Y otro más. Mientras el rompehielos científico Polarstern avanzaba por el mar de Weddell, su sistema de cámaras remolcadas transmitía imágenes desde el fondo, situado entre 420 y 535 metros de profundidad. Los círculos continuaron apareciendo hasta cubrir prácticamente todo lo que mostraban los monitores.
No eran marcas geológicas. Cada depresión era un nido construido por un pez de hielo de la especie Neopagetopsis ionah.
La expedición, realizada en febrero de 2021 cerca de la plataforma de hielo Filchner, acababa de encontrar la mayor zona de reproducción de peces conocida. El estudio publicado en Current Biology estima que la colonia contenía alrededor de 60 millones de nidos y más de 60.000 toneladas de peces.
Las cámaras encontraron un nido cada pocos metros

El descubrimiento fue posible gracias a OFOBS, un sistema equipado con cámaras, sensores y sonar que el Polarstern remolcaba varios metros por encima del fondo marino.
Durante el recorrido, los investigadores fotografiaron y grabaron 45.600 metros cuadrados. En esa superficie contaron directamente 16.160 nidos. También utilizaron un sonar lateral de mayor alcance y menor resolución, que detectó más de 100.000 estructuras.
La densidad media era de 0,26 nidos por metro cuadrado, aproximadamente uno cada cuatro metros cuadrados. El área continua de reproducción ocupaba al menos 240 kilómetros cuadrados, una superficie similar a la de la isla de Malta.
Al extrapolar la densidad observada sobre esa extensión, el equipo obtuvo la cifra de 60 millones. No es un recuento individual, sino una estimación basada en las imágenes directas, el sonar y el tamaño cartografiado de la colonia.
Cada nido consistía en una depresión circular de unos 75 centímetros de diámetro y 15 centímetros de profundidad, con pequeñas piedras acumuladas en el centro. En tres de cada cuatro nidos activos aparecía un pez adulto vigilando entre 1.500 y 2.500 huevos.
Los peces habían encontrado un oasis térmico

La ubicación de aquella gigantesca guardería no era casual. Los nidos coincidían con la entrada de una corriente de agua profunda modificada que ascendía hacia la plataforma continental.
Según los datos oceanográficos, el agua del fondo podía ser hasta 2 °C más cálida que la de las zonas profundas próximas. En uno de los ambientes más fríos y hostiles del planeta, esa pequeña diferencia podía proporcionar mejores condiciones para incubar los huevos y favorecer el desarrollo de las crías.
La colonia también parecía seguir con precisión el recorrido de la corriente. Cuando el agua más cálida desaparecía, los nidos se volvían menos frecuentes. El calor funcionaba como una frontera invisible que marcaba dónde comenzaba y terminaba la zona de reproducción.
Los investigadores calculan que cada pez protegía una media aproximada de 1.735 huevos. Multiplicada por decenas de millones de nidos, la cifra permite imaginar la cantidad de vida que podía incorporarse periódicamente al ecosistema.
Millones de nidos alimentan toda una red de depredadores
Una concentración de más de 60.000 toneladas de peces no podía pasar inadvertida para los animales del mar de Weddell. Los datos obtenidos mediante transmisores colocados en focas mostraron que muchas de sus inmersiones profundas se concentraban sobre la colonia. Los peces adultos, sus huevos y las futuras crías representaban un recurso extraordinario para estos grandes depredadores.
Incluso los ejemplares muertos seguían alimentando el ecosistema. Las cámaras encontraron cadáveres alrededor de los nidos que podían ser consumidos por carroñeros del fondo. Al excavar las depresiones, los propios peces removían los sedimentos y modificaban los procesos químicos y biológicos locales.
La magnitud del hallazgo llevó al Instituto Alfred Wegener a reforzar su petición de crear un área marina protegida en el mar de Weddell. Estos peces se reproducen lentamente y dependen de condiciones oceanográficas muy específicas.
Las imágenes del Polarstern no mostraron simplemente una acumulación de nidos. Revelaron una estructura capaz de sostener buena parte de la cadena alimentaria antártica: una guardería de 240 kilómetros cuadrados que había permanecido oculta bajo uno de los mares más inaccesibles del planeta.