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Las paredes de estas cuevas guardaron un secreto durante miles de años y la ciencia acaba de descubrirlo

Un descubrimiento en cuevas de España y Portugal está cambiando la forma de investigar nuestro pasado. Lo que parecía roca inerte podría conservar pistas inesperadas sobre quienes vivieron allí.
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Durante miles de años, las paredes de las cuevas prehistóricas han permanecido en silencio. Algunas conservan pinturas, figuras de animales y siluetas de manos; otras parecen no tener nada que contar. Sin embargo, incluso las superficies aparentemente vacías podrían guardar rastros de quienes se refugiaron en ellas, las recorrieron o participaron en antiguos rituales.

Un equipo internacional de investigadores ha conseguido recuperar ADN humano antiguo directamente de las paredes de varias cuevas de la península ibérica. El hallazgo abre una posibilidad que hasta hace poco parecía difícil de imaginar: reconstruir aspectos de la presencia humana en la prehistoria sin depender exclusivamente de huesos, dientes u otros restos físicos.

La investigación, desarrollada en el marco del proyecto First Art junto con el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, plantea nuevas preguntas sobre la vida de nuestros antepasados y sobre la información que todavía permanece escondida en los lugares que habitaron.

Una nueva forma de buscar huellas humanas en la prehistoria

Hasta ahora, buena parte de los estudios genéticos sobre poblaciones antiguas dependía de la recuperación de restos óseos y dentales. Estos materiales pueden conservar información biológica durante miles de años, aunque no siempre se encuentran en los yacimientos o en condiciones adecuadas para su análisis.

Los investigadores decidieron explorar otra posibilidad. Si las personas del Paleolítico tocaban las paredes, se apoyaban sobre ellas o participaban en actividades relacionadas con la pintura rupestre, podrían haber dejado células de la piel, sudor o saliva sobre la roca. Si parte de ese material sobrevivía, las superficies de las cuevas podrían convertirse en una fuente alternativa de información genética.

Para poner a prueba esta hipótesis, el equipo recogió 120 muestras de 11 cuevas entre 2022 y 2025. Entre los lugares estudiados se encontraba la cueva de Maltravieso, en Cáceres, un enclave con una larga historia de ocupación humana y utilización durante diferentes periodos.

El trabajo no estuvo exento de dificultades. El ADN se degrada con el paso del tiempo y puede contaminarse con material genético de visitantes modernos, investigadores o animales. Por eso, distinguir una señal antigua auténtica de una contaminación reciente resulta fundamental.

De las 120 muestras analizadas, solo cinco proporcionaron ADN humano antiguo auténtico. Aunque la proporción de resultados positivos fue reducida, bastó para demostrar que las paredes pueden conservar información genética durante periodos extraordinariamente largos.

«Podríamos haber descubierto una nueva forma de estudiar la presencia humana prehistórica», explicó Alba Bossoms Mesa, investigadora doctoral del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y coautora del estudio.

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©Marco F. – Pexels

Las paredes sin pinturas también pueden contar historias

Uno de los resultados más llamativos apareció en la cueva de Escoural, en Portugal. Allí, los científicos recuperaron material genético humano de una costra de calcita mezclada con pigmento rojo. Los análisis confirmaron que el ADN tenía al menos 2.000 años de antigüedad, aunque los investigadores consideran posible que el depósito se remonte a periodos mucho más antiguos.

La hipótesis resulta especialmente interesante porque el arte rupestre de la región tiene una historia que se extiende miles de años hacia el pasado. Determinar con precisión cuándo llegó ese material genético a la superficie será esencial para relacionarlo con las distintas etapas de ocupación de la cueva.

Pero el descubrimiento más revelador se produjo en la cueva del Covarón, en Asturias. Allí aparecieron rastros genéticos humanos en paredes que no presentaban pinturas ni otras manifestaciones artísticas visibles.

Esto significa que una cueva no necesita conservar dibujos para ofrecer información sobre sus antiguos habitantes. El simple contacto entre una persona y la roca pudo dejar huellas que, bajo determinadas condiciones, permanecieron protegidas durante milenios.

Los seres humanos prehistóricos utilizaban estos espacios como refugios, lugares de encuentro y posibles escenarios de prácticas simbólicas. Cada contacto con las paredes pudo contribuir a construir un registro invisible de esas actividades.

El arqueólogo Hipólito Collado, coautor del trabajo publicado en Nature Communications, destacó que esta técnica permite investigar no solo el arte rupestre, sino también cómo las personas utilizaban las cuevas y dónde dejaron sus rastros.

Los investigadores advierten, no obstante, que todavía no pueden relacionar directamente el ADN recuperado con la creación de las pinturas. La evidencia demuestra que el material genético puede conservarse en las paredes, pero no identifica necesariamente a los artistas.

El ADN revela una presencia femenina inesperada

Además de demostrar la viabilidad de esta técnica, los resultados ofrecen pistas sobre la identidad biológica de algunos de los individuos que dejaron material genético en las cuevas.

De las muestras que pudieron secuenciarse con éxito, tres presentaban perfiles genéticos predominantemente femeninos y una mostraba un perfil masculino. Estos datos son limitados y no permiten establecer conclusiones generales sobre quiénes utilizaban los espacios ni sobre quiénes realizaban las pinturas.

Sin embargo, el hallazgo resulta relevante para una disciplina que durante mucho tiempo representó la vida prehistórica mediante imágenes centradas en los hombres como cazadores y principales protagonistas de las actividades simbólicas.

La presencia de ADN femenino recuerda que las mujeres también formaban parte de las comunidades que habitaban estos lugares. Pudieron recorrer las cuevas, utilizarlas como refugio y participar en sus actividades cotidianas o rituales. No obstante, su presencia genética no demuestra por sí sola que fueran responsables de las representaciones artísticas.

Un archivo genético que apenas empieza a explorarse

Para los investigadores, este trabajo constituye un primer paso. Matthias Meyer, paleogenetista del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, señaló que las paredes de las cuevas pueden funcionar como archivos de la presencia humana en el pasado.

El siguiente desafío será ampliar los análisis a más yacimientos, comparar distintos estilos artísticos y estudiar superficies con características que favorezcan la conservación molecular. Las siluetas de manos y las representaciones figurativas podrían convertirse en objetivos especialmente interesantes, siempre que sea posible tomar muestras sin dañar el patrimonio.

La técnica también exigirá controles rigurosos para evitar contaminaciones y distinguir el ADN de quienes habitaron una cueva hace miles de años del material depositado posteriormente.

Si las futuras investigaciones confirman su utilidad en otros lugares, los arqueólogos podrían estudiar espacios que hasta ahora ofrecían pocas evidencias materiales de ocupación humana. Una pared sin dibujos, una superficie aparentemente vacía o una fina capa mineral podrían aportar información que los métodos tradicionales no consiguen recuperar.

El descubrimiento no sustituye el análisis de huesos, herramientas o pinturas, pero amplía las posibilidades de investigación. Y plantea una idea fascinante: las personas que vivieron hace miles de años pudieron dejar mucho más que imágenes sobre la roca. Parte de su historia biológica quizá siga allí, esperando a que la ciencia encuentre la manera de leerla.

 

[Fuente: National Geographic]

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