Bajo las construcciones de adobe de un antiguo centro ceremonial peruano, un grupo de arqueólogos encontró diez rostros que llevaban siglos enterrados. No eran retratos convencionales: tenían rasgos humanos mezclados con características felinas, conservaban fragmentos de pintura amarilla, roja y negra y presentaban perforaciones cuya función todavía está siendo investigada. Su aparición plantea una pregunta fascinante sobre una de las civilizaciones más enigmáticas de América precolombina: ¿a quiénes representaban realmente?
El descubrimiento tuvo lugar en la huaca Santa Ana, en el valle de Chicama, región La Libertad, Perú, donde investigadores del Programa Arqueológico Muchik – BGL identificaron vestigios asociados a las primeras fases de la cultura Mochica o Moche. Pero los rostros son apenas una parte de la historia. Entre los materiales recuperados también aparecen evidencias sobre alimentación, posibles ceremonias religiosas y transformaciones arquitectónicas que podrían ayudar a reconstruir el origen de esta sociedad.
Diez rostros con rasgos felinos y un misterio sobre los primeros dioses mochicas
Los objetos fueron encontrados en rellenos arqueológicos tempranos de la huaca Santa Ana, situada en el centro poblado Chaparral, distrito de Casa Grande, provincia de Ascope. Se trata de representaciones tridimensionales modeladas en arcilla, una característica que las distingue de otros relieves conocidos en yacimientos de la región.
La arqueóloga Belkys Gutiérrez León, directora del proyecto, explicó a la Agencia Andina, que documentó el hallazgo, que los rostros podrían representar divinidades veneradas por las antiguas poblaciones. Sus perforaciones permiten plantear que estuvieron sostenidos mediante elementos de madera y posiblemente instalados en hornacinas. Sin embargo, estas interpretaciones todavía necesitan nuevos análisis.
La importancia del descubrimiento radica también en su contexto. Santa Ana conserva evidencias de algunas de las ocupaciones mochicas más antiguas identificadas en el valle de Chicama. Comprender cómo fueron utilizados estos objetos podría ofrecer nuevas pistas sobre las creencias que acompañaron la formación de esta cultura.
Los investigadores encontraron además evidencias de superposición entre distintos tipos de adobe, relacionados con tradiciones arquitectónicas anteriores y con el desarrollo mochica. Esa continuidad material refuerza la hipótesis de que esta civilización surgió mediante transformaciones culturales graduales, en lugar de aparecer repentinamente.
Una vasija con cuyes asados y semillas vinculadas a sacrificios humanos
No todos los descubrimientos están relacionados con figuras religiosas. Una vasija recuperada durante las excavaciones presenta una escena particularmente llamativa: cuyes atravesados por varillas y colocados sobre un fogón. Los arqueólogos interpretan la imagen como una posible representación de una técnica de preparación alimentaria semejante a las brochetas.
Si esa interpretación se confirma, la pieza aportaría información poco conocida sobre las costumbres culinarias de los antiguos habitantes del norte peruano, hace aproximadamente 1.500 años.
El equipo también recuperó semillas identificadas preliminarmente como ulluchu, una planta que aparece representada en la iconografía ritual mochica. Algunas hipótesis científicas relacionan sus compuestos con prácticas que incluían la extracción de sangre durante ceremonias de sacrificio.
Una investigación publicada en Journal of Ethnobiology and Ethnomedicine propuso que el ulluchu podría corresponder a especies del género Guarea, cuyos compuestos habrían tenido aplicaciones rituales. No obstante, su identificación botánica y sus posibles efectos anticoagulantes siguen requiriendo investigaciones específicas.
Las semillas encontradas en Santa Ana serán sometidas a estudios fisicoquímicos por especialistas franceses, con los permisos correspondientes del Ministerio de Cultura de Perú.
Un antiguo centro ceremonial podría revelar cómo nació la cultura Mochica
La historia de esta investigación comenzó mucho antes del descubrimiento de los diez rostros. Los trabajos arqueológicos en el valle de Chicama se remontan a 1995 y han permitido estudiar distintos momentos de ocupación en huaca Licapa II, Santa Ana y Garrapón.
Durante la temporada de 2026, los especialistas identificaron evidencias de ocupaciones mochicas tempranas en Santa Ana y Garrapón, mientras que Licapa II presenta materiales correspondientes a fases posteriores, posiblemente Moche IV o V. El objetivo es reconstruir cómo evolucionaron estos centros y qué relación mantuvieron con las sociedades anteriores.
Otro detalle llamó la atención de los investigadores: algunas estructuras presentan señales de deterioro por lluvias intensas. Gutiérrez León plantea que un episodio importante del fenómeno El Niño pudo haber influido en el abandono del lugar, aunque todavía no existen pruebas suficientes para establecer esa relación como definitiva.
El desafío ahora consiste en conectar los objetos, las construcciones y las distintas etapas de ocupación para comprender cómo se desarrolló la civilización mochica en esta parte de Perú.
Los diez rostros todavía no han revelado todos sus secretos. Pero podrían convertirse en una de las pistas más valiosas para entender cómo una sociedad antigua construyó sus creencias, transformó sus centros ceremoniales y dejó una huella que continúa apareciendo bajo la tierra siglos después.