Saltar al contenido
Ciencia

Países Bajos arrancó 300 metros cuadrados de marisma y los llevó a un laboratorio para destruirlos con olas gigantes. El resultado sorprendió incluso a los científicos

Científicos neerlandeses trasladaron una marisma entera a un gigantesco canal de olas para simular tormentas extremas. Descubrieron que estos ecosistemas resisten mucho más de lo esperado y podrían proteger nuestras costas.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

Hay una pregunta que preocupa cada vez más a los ingenieros costeros: ¿podría un ecosistema natural proteger una ciudad de las tormentas con la misma eficacia que una enorme barrera de hormigón? En Países Bajos decidieron buscar una respuesta mediante un experimento tan ambicioso como insólito: arrancaron una parte de una marisma, la transportaron en camiones hasta un laboratorio y la sometieron a un temporal artificial.

No utilizaron plantas de plástico ni una maqueta a pequeña escala. Los investigadores reconstruyeron más de 300 metros cuadrados de marisma auténtica, conservando su vegetación, sus raíces y buena parte de su suelo original. Después activaron uno de los generadores de olas más potentes del mundo.

Los resultados, publicados el 21 de octubre de 2026 en la revista Nature, revelaron algo inesperado. Aunque la vegetación sufrió daños importantes, el suelo apenas se erosionó. Y esa resistencia podría cambiar la forma de diseñar las defensas costeras frente al cambio climático.

Veinte camiones, una marisma entera y una máquina capaz de fabricar tormentas

Países Bajos arrancó 300 metros cuadrados de marisma y los llevó a un laboratorio para destruirlos con olas gigantes. El resultado sorprendió incluso a los científicos
Investigadores inspeccionan la vegetación instalada dentro del canal de olas durante las pruebas. © Guus Schoonewille / Deltares.

La operación comenzó en las marismas de Peazemerlannen, junto al mar de Frisia. Allí, los científicos extrajeron grandes bloques de suelo y vegetación que pesaban varias toneladas. Se necesitaron aproximadamente veinte camiones para trasladarlos hasta las instalaciones de Deltares, en Delft.

El destino era el Delta Flume, un canal experimental de 300 metros de longitud y cinco metros de anchura, diseñado para estudiar cómo responden diques, playas y estructuras de protección ante oleajes extremos. Según el comunicado oficial de Deltares, publicado el 21 de octubre, el equipo reconstruyó una superficie de 306 metros cuadrados y la sometió durante aproximadamente 29 horas de ensayos a olas de intensidad creciente, con alturas significativas de hasta dos metros.

El objetivo era observar dos procesos distintos: cuánto podían frenar las plantas el avance de las olas y qué ocurría con el terreno cuando la fuerza del agua empezaba a arrancar parte de la vegetación. La infraestructura permitió reproducir el temporal bajo condiciones controladas y medir los cambios del ecosistema casi en tiempo real. Una diferencia fundamental respecto a observar una tormenta real, donde resulta mucho más difícil aislar las variables que provocan la erosión.

Las plantas perdieron gran parte de su masa, pero el suelo apenas retrocedió siete milímetros

Países Bajos arrancó 300 metros cuadrados de marisma y los llevó a un laboratorio para destruirlos con olas gigantes. El resultado sorprendió incluso a los científicos
Extracción de bloques intactos de marisma para transportarlos al laboratorio. © Guus Schoonewille / Deltares.

Lo verdaderamente sorprendente apareció al analizar los daños. Después de 21 horas de exposición al oleaje, la superficie de la marisma había perdido, de media, apenas siete milímetros de sedimento. Las plantas, en cambio, sufrieron bastante más. Su biomasa aérea disminuyó alrededor de un 75% a un 80%, mientras la longitud de los tallos se redujo aproximadamente un 47%.

De acuerdo con el estudio científico publicado en Nature, la vegetación resultó especialmente eficaz ante oleajes moderados. En determinadas condiciones, las plantas pueden reducir la altura de las olas hasta un 50% en costas donde estas no superan aproximadamente un metro. Con olas mayores, su aportación disminuye y generalmente no supera el 10%. Sin embargo, el suelo de la marisma continúa funcionando como una plataforma relativamente estable, sostenida por el entramado de raíces.

La distinción es fundamental. Las marismas no funcionan como muros rígidos que bloquean las olas, sino como sistemas que ayudan a disipar parte de su energía. Aunque los tallos se doblen o se rompan, el conjunto del ecosistema puede seguir ofreciendo protección.

La naturaleza podría ahorrar millones en diques, pero no todas las costas ofrecen las mismas condiciones

Países Bajos arrancó 300 metros cuadrados de marisma y los llevó a un laboratorio para destruirlos con olas gigantes. El resultado sorprendió incluso a los científicos
La marisma reconstruida en el canal de olas Delta Flume, en Delft, Países Bajos. © Guus Schoonewille / Deltares.

Las conclusiones tienen implicaciones económicas. En lugar de depender exclusivamente de muros de hormigón, algunas regiones podrían combinar defensas artificiales con marismas restauradas que reduzcan la fuerza del oleaje antes de que llegue a las infraestructuras.

Los investigadores estimaron que, en determinadas condiciones, evitar elevar 20 centímetros un kilómetro de dique gracias a la protección de las marismas podría representar un ahorro cercano a 1,25 millones de euros. No se trata de una cifra aplicable automáticamente a cualquier litoral.

La Universidad de Twente destaca que la eficacia de estas barreras depende de la intensidad del oleaje y de las características locales. En costas muy expuestas, las marismas no sustituyen necesariamente las estructuras convencionales, pero pueden complementarlas y reducir las exigencias de mantenimiento. También existe una limitación importante: las marismas necesitan acumular sedimentos para mantener su elevación frente al aumento del nivel del mar. Si el agua sube demasiado rápido o dejan de recibir esos materiales, pueden perder superficie y capacidad protectora.

El experimento neerlandés no demuestra que la naturaleza pueda reemplazar todos los diques. Su aportación es más precisa: revela que un ecosistema aparentemente frágil puede soportar condiciones extremas y contribuir a reducir los riesgos de inundación. Mientras muchas ciudades siguen construyendo barreras cada vez más altas, Países Bajos acaba de aportar nuevas pruebas de que parte de la solución podría encontrarse en conservar aquello que ya crece frente al mar.

Compartir esta historia

Artículos relacionados