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Los satélites observaban como un glaciar apenas avanzaba unos milímetros, pero escondía la señal de una tragedia que mataría a más de 1.000 personas

Un geofísico de Virginia Tech identificó pequeñas variaciones en el desplazamiento del hielo y las rocas que anticiparon el derrumbe mortal ocurrido el 26 de agosto en Nepal.
Por Matthew Phelan Traducido por

Tiempo de lectura 4 minutos

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Una semana después de que una enorme sección de montaña cubierta por un glaciar colapsara cerca del pico Langtang Lirung, los equipos de rescate y cientos de voluntarios continúan trabajando contrarreloj para encontrar sobrevivientes. El derrumbe lanzó rocas, hielo y un torrente de agua cargada de escombros hacia la zona fronteriza entre Nepal y China.

De acuerdo con el Gobierno nepalí, la cifra de víctimas fatales ya llegó a 1.114, mientras que cerca de 4.000 personas todavía permanecen desaparecidas.

La magnitud de la tragedia llevó a geólogos, científicos del clima y especialistas en glaciología a revisar la información disponible antes del desastre. El objetivo es determinar si existían señales que permitieran emitir una alerta antes de que la avalancha desbordara los ríos y arrasara varias localidades situadas aguas abajo.

Según Manoochehr Shirzaei, geofísico de Virginia Tech, esas señales sí estaban presentes. El investigador explicó a la revista Nature que, durante las semanas previas al derrumbe, podía observarse un movimiento leve pero cada vez más rápido en la masa de hielo y en las rocas que la sostenían.

Shirzaei y sus colegas analizaron datos recopilados por los satélites Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea. Esta constelación, capaz de operar bajo cualquier condición meteorológica, utiliza un radar de apertura sintética de banda C para observar la superficie terrestre incluso cuando está cubierta por nubes.

Los investigadores estudiaron imágenes del pico Langtang Lirung obtenidas entre el 8 de enero y el 18 de agosto de 2026. La última observación se produjo apenas una semana antes de que la avalancha descendiera unos 1.200 metros hasta alcanzar el río Lhende Khola.

“Detectamos pruebas de que el sistema formado por el glaciar y la roca se desplazaba lentamente cuesta abajo cerca de la zona donde aparentemente comenzó el colapso, con velocidades de aproximadamente 10 milímetros por mes”, señaló Shirzaei.

Ese ritmo, por sí solo, no parecía especialmente alarmante. Los glaciares pueden avanzar normalmente entre 10 y 200 metros al año. Sin embargo, lo preocupante no era tanto la velocidad registrada, sino el hecho de que estuviera aumentando progresivamente.

“La aceleración es más importante que la velocidad porque indica que el ritmo de deformación de la ladera estaba cambiando durante los días anteriores al desastre”, explicó el geofísico. “Nuestro análisis también muestra una aceleración de las rocas y el hielo cerca de la posible zona de ruptura”.

La aceleración como señal de alerta

Shirzaei destacó que vigilar los cambios de velocidad en los glaciares más vulnerables podría convertirse en una pieza importante de un sistema moderno de alerta temprana. No obstante, aclaró que los radares de apertura sintética como los de Sentinel-1 deberían utilizarse principalmente como una herramienta inicial para detectar posibles anomalías.

En su opinión, este proceso podría automatizarse mediante algoritmos capaces de analizar grandes cantidades de datos satelitales.

“Cuando una ladera comienza a mostrar un comportamiento anormal, la vigilancia podría intensificarse”, explicó. “En ese momento podrían emplearse satélites comerciales ópticos y de radar con mayor resolución. Siempre que fuera posible, también se podrían instalar cámaras, sensores sísmicos y otros instrumentos sobre el terreno”.

Sin embargo, identificar un glaciar con posibilidades de colapsar representa solo una parte del desafío. Los gobiernos tendrían que adaptar sus respuestas a las características de cada región y combinar las alertas con estudios geofísicos e hidrológicos detallados.

Esos modelos deberían considerar la forma del terreno, la situación de los ríos y lagos cercanos, las rutas que podría seguir una avalancha y los riesgos concretos para las comunidades ubicadas en los valles. Solo mediante el análisis de esas condiciones locales sería posible diferenciar un desplazamiento glaciar relativamente inofensivo de otro capaz de desencadenar una catástrofe.

Cómo anticipar futuros escenarios de alto riesgo

Las imágenes satelitales también fueron fundamentales para otra investigación posterior al desastre, realizada por especialistas de la Asian Mountain Academic Alliance, el Stimson Center y el Instituto de Riesgos de Montaña y Medioambiente de China.

Al igual que el análisis encabezado por Shirzaei, el informe HiRISK elaborado por esta coalición concluyó que los datos ya mostraban indicios de una posible avalancha grave varios días antes del colapso.

Las observaciones incluyeron imágenes de Landsat 9, una misión desarrollada conjuntamente por la NASA y el Servicio Geológico de Estados Unidos. Gracias a ellas, los investigadores encontraron pruebas de que el flujo de agua dentro del glaciar también se había acelerado antes del derrumbe.

Una imagen tomada el 24 de agosto parecía mostrar agua de deshielo de un color marrón claramente visible. Para los especialistas, esta tonalidad podía indicar que las crestas rocosas situadas debajo del glaciar estaban comenzando a fracturarse y desprenderse.

Jakob Steiner, geólogo de la Universidad de Graz, en Austria, y coautor del informe HiRISK, coincidió con Shirzaei en que los sistemas de vigilancia apoyados por inteligencia artificial podrían representar un primer paso decisivo para anticipar futuras tragedias como la avalancha ocurrida en Nepal el 26 de agosto.

“Creo que es aquí donde debemos invertir más”, declaró Steiner a la Australian Broadcasting Corporation. “En las regiones montañosas de Asia existen miles y miles de glaciares, por lo que necesitamos encontrar soluciones que puedan aplicarse a gran escala”.

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