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Ciencia

Miles de ranas comenzaron a desaparecer de un bosque de Brasil y nadie sabía por qué. Casi 50 años después, unos ejemplares olvidados en un museo revelaron al posible asesino

Durante décadas, la desaparición de ranas en un bosque de Brasil desconcertó a los científicos. El análisis de ejemplares conservados en un museo encontró pistas de un hongo letal que pudo provocar la catástrofe.
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A finales de la década de 1970, algo extraño comenzó a suceder en uno de los bosques tropicales más ricos de Brasil. Las ranas estaban desapareciendo. Algunas especies que habían sido relativamente abundantes dejaron de encontrarse con la misma frecuencia, mientras que otras parecían resistir sin mayores problemas. Los científicos sospecharon de cambios climáticos, alteraciones ambientales y enfermedades, pero ninguna explicación consiguió resolver completamente aquel misterio.

Casi medio siglo después, la respuesta podría haber aparecido dentro de unos frascos conservados en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian, en Estados Unidos. Un equipo internacional analizó anfibios recolectados antes y después de las desapariciones y encontró una diferencia extraordinaria: mientras que los ejemplares anteriores a 1979 no mostraban señales de un determinado hongo patógeno, más de la mitad de los animales examinados de la década de 1980 estaban infectados.

Los científicos encontraron una pista decisiva en ranas conservadas desde hace décadas

Miles de ranas comenzaron a desaparecer de un bosque de Brasil y nadie sabía por qué. Casi 50 años después, unos ejemplares olvidados en un museo revelaron al posible asesino
Primer plano de Haddadus binotatus, una rana característica de la Mata Atlántica brasileña. Los investigadores encontraron diferencias importantes en la presencia del hongo entre las especies que sobrevivieron a la crisis y aquellas cuyas poblaciones disminuyeron. © Rodrigo Tinoco / Herpeto.

La investigación se centró en la Estación Biológica de Boracéia, ubicada en la Mata Atlántica del estado de São Paulo. Entre 1979 y 1982, investigadores documentaron una disminución importante de distintas poblaciones de anfibios, pero el origen de esas pérdidas permaneció sin una explicación definitiva. Según informó el Smithsonian, la clave estaba en las colecciones de William Ronald Heyer, un antiguo conservador de anfibios y reptiles que había realizado expediciones a la región antes y después del fenómeno.

El equipo, encabezado por Jack Boyette, examinó material histórico correspondiente a 17 especies y utilizó técnicas moleculares para buscar rastros de Batrachochytrium dendrobatidis, un hongo que provoca la enfermedad conocida como quitridiomicosis.

El resultado fue contundente. En los 230 ejemplares recolectados antes del declive no encontraron infecciones, mientras que 57 de los 97 especímenes analizados de la década de 1980 dieron positivo: aproximadamente el 59%.

De acuerdo con el estudio original publicado en Molecular Ecology, los investigadores también identificaron en las primeras muestras posteriores al declive un linaje del hongo asociado con una pandemia que afectó a poblaciones de anfibios en distintas regiones del planeta.

El microorganismo ataca principalmente la piel de los animales, un órgano fundamental para regular el intercambio de agua y electrolitos. En infecciones graves, la alteración de esas funciones puede provocar fallos fisiológicos y la muerte.

La coincidencia temporal entre la aparición del patógeno y las desapariciones constituye una evidencia importante, aunque no demuestra que el hongo haya sido el único factor responsable de la crisis.

El descubrimiento dejó otra paradoja: las ranas más afectadas no siempre estaban infectadas

Miles de ranas comenzaron a desaparecer de un bosque de Brasil y nadie sabía por qué. Casi 50 años después, unos ejemplares olvidados en un museo revelaron al posible asesino
Una rana de la especie Haddadus binotatus fotografiada cerca de la Estación Biológica de Boracéia, en Brasil. Un estudio encontró evidencias de que un hongo patógeno estuvo relacionado con las misteriosas desapariciones de anfibios registradas en la región hace casi 50 años. © Jack Boyette / Smithsonian’s National Zoo and Conservation Biology Institute (2023).

Cuando los investigadores compararon las distintas especies, encontraron un resultado que inicialmente parecía contradictorio. Las especies que habían sufrido disminuciones especialmente pronunciadas no presentaban infecciones detectables en los ejemplares disponibles de la década de 1980. En cambio, algunas poblaciones que habían resistido la crisis mostraban proporciones muy elevadas de animales infectados.

La explicación propuesta es que las especies más vulnerables pudieron morir rápidamente tras contraer la enfermedad, antes de que los científicos consiguieran recolectar ejemplares infectados. Otras, en cambio, habrían tolerado el hongo y sobrevivido pese a su presencia. Como explicó el Smithsonian en su comunicado científico, los investigadores regresaron a Boracéia en seis expediciones entre 2022 y 2024. De las 17 especies representadas en las colecciones históricas, solamente encontraron 12. Esto no demuestra que las otras cinco estén extinguidas, pero sí plantea interrogantes sobre su situación local.

La investigación también aporta una perspectiva inesperadamente esperanzadora. Aunque el hongo continúa presente, varias poblaciones parecen haberse recuperado parcialmente. Los científicos consideran posible que algunas especies hayan desarrollado una mayor tolerancia a la enfermedad.

El fenómeno encaja con una crisis de biodiversidad mucho más amplia. Una investigación publicada en Science documentó el impacto mundial de la quitridiomicosis sobre centenares de especies de anfibios, convirtiéndola en una de las enfermedades infecciosas más destructivas para la fauna conocida.

No obstante, los autores advierten que los resultados de Boracéia no pueden extrapolarse automáticamente a toda la Mata Atlántica. Se trata de una reconstrucción particularmente detallada de lo ocurrido en un lugar concreto.

Lo más extraordinario es que las pruebas necesarias para investigar aquella catástrofe llevaban décadas guardadas en un museo. Los científicos que recolectaron esas ranas no podían imaginar que, casi cincuenta años después, sus ejemplares permitirían reconstruir la llegada de un enemigo que entonces ni siquiera había sido identificado.

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