Bill Ott ya era una figura muy conocida entre los exploradores del Gran Cañón mucho antes de desaparecer hace 14 años. Durante el operativo de búsqueda realizado en 2012, un sargento de la oficina del sheriff llegó a describirlo como «un excursionista del Gran Cañón de otro nivel». En 1981 se convirtió en la primera persona en completar en solitario la travesía del lado norte del cañón durante 78 días, una hazaña considerada extraordinaria incluso entre los montañistas más experimentados.
Por esa trayectoria, nadie creyó al principio que hubiera ocurrido algo grave. Recién cuando llevaba 12 días sin dar señales de vida comenzó la preocupación por el destino del excursionista de 65 años.
Ott realizaba una expedición en solitario para registrar antiguas pinturas rupestres con una antigüedad estimada de entre 3.000 y 4.000 años, según explicó su amigo Scott Thybony, antropólogo radicado en Flagstaff. Ahora, más de una década después, el misterio llegó a su fin: la Oficina del Sheriff del Condado de Coconino informó este martes que un análisis de ADN confirmó que unos restos humanos hallados por integrantes de la tribu Hualapai, al oeste del Gran Cañón, pertenecían a Bill Ott.
El hallazgo pone fin a uno de los casos más enigmáticos relacionados con excursionistas desaparecidos en esa región.

La búsqueda de un arte rupestre que todavía guarda muchos secretos
Thybony fue uno de los primeros investigadores modernos en estudiar estos antiguos sitios con pinturas rupestres gracias a una beca de National Geographic obtenida en 1998. Entre las figuras descubiertas había representaciones llamativas de seres humanos con astas, animales caminando sobre dos patas y otras imágenes difíciles de interpretar.
Con el paso de los años, Ott se convirtió en una pieza importante de ese trabajo. Aunque durante el día trabajaba en un centro de cuidados para adultos mayores, dedicaba gran parte de su tiempo libre a fotografiar y restaurar digitalmente los paneles de roca.
«Trabajaba píxel por píxel durante horas, intentando reconstruir los colores originales a partir de los fragmentos de pigmento que quedaban y eliminando las manchas provocadas por el humo», recordó Thybony en declaraciones a Outside. «Era un trabajo extremadamente meticuloso que continuó durante años.»
A finales de la década de 1990, Thybony documentó uno de estos refugios rocosos situados a unos 457 metros por debajo del borde occidental del Gran Cañón. Allí encontró pinturas policromáticas que representaban figuras humanas de aspecto fantasmal, formas geométricas y distintos animales.
En unas notas de campo publicadas posteriormente en el boletín Vestiges, describió aquellas imágenes como vestigios inquietantes de una forma de vida sobre la que todavía se sabe muy poco.
En aquel entonces, el antropólogo esperaba que algún día fuera posible datar con mayor precisión esas pinturas mediante restos orgánicos presentes en los pigmentos, como jugos vegetales o incluso orina, utilizados antiguamente como aglutinantes. Sin embargo, las características minerales de las pinturas y los grabados dificultaban ese tipo de análisis, por lo que aún quedaba mucho trabajo por hacer.
La expedición que terminó en una desaparición sin explicación
Según recordó Thybony en un artículo publicado por la emisora KNAU en 2017, Ott visitaba con frecuencia su oficina para conversar sobre este tipo de arte rupestre.

«Varias veces pasó por mi oficina para hablar de su pasión por estas pinturas de apariencia casi sobrenatural creadas hace miles de años», escribió el antropólogo.
La última conversación entre ambos quedó grabada en su memoria.
«La última vez que nos vimos me preguntó: ‘¿Qué zonas nunca llegaste a explorar?'»
Al parecer, Ott decidió dirigirse precisamente hacia una de esas áreas poco estudiadas, ubicada fuera del Parque Nacional del Gran Cañón y dentro de tierras pertenecientes a la Reserva Indígena Hualapai. Según Thybony, el excursionista planeaba ingresar de manera discreta, ya que la tribu ya no permitía el acceso de senderistas a ese sector.
«Fue allí donde desapareció», escribió.
El hallazgo que permitió resolver un misterio de más de una década
Los restos de Ott fueron encontrados en una zona de bosques de pinos piñoneros y enebros, al pie de un pequeño acantilado de unos 4,6 metros de altura y relativamente cerca del sendero que se cree que estaba recorriendo.
Junto al cuerpo apareció una mochila pequeña de excursión que contenía su billetera, una cámara fotográfica, dinero en efectivo y un dispositivo GPS de navegación.
Sin embargo, su mochila principal continúa desaparecida, según explicó Thybony a Outside.
La Oficina del Sheriff del Condado de Coconino indicó que todavía no fue posible determinar la causa exacta de la muerte. Aun así, tanto Thybony como otras personas cercanas al caso creen que las condiciones extremadamente secas registradas durante la temporada de senderismo de 2012 pudieron haber sido un factor determinante en la tragedia.
En el comunicado oficial, las autoridades expresaron su agradecimiento a la tribu Hualapai por localizar y recuperar los restos, así como a todas las agencias que participaron en el operativo de búsqueda original, integrado por entre 12 y 15 equipos federales, estatales, locales, tribales y voluntarios civiles.
Aunque muchas preguntas siguen sin respuesta, la identificación mediante ADN permitió cerrar un capítulo que permaneció abierto durante 14 años y puso fin a la incertidumbre sobre el destino de uno de los exploradores más experimentados del Gran Cañón.