Es una práctica común en restaurantes de todo el mundo. Bogavantes y langostas se cocinan vivas en agua hirviendo con el objetivo de mejorar su sabor. Hay quien argumenta que el animal no sufre, pero muchas veces se agita e intenta escapar. Ahora Suiza ha dado el paso de prohibir esta escena.

Como parte de una revisión más amplia de las leyes de protección animal, a partir del 1 de marzo “sumergir las langostas vivas en agua hirviendo” será ilegal. El gobierno solo aceptará “aturdir” a la langosta con una descarga eléctrica o la “destrucción mecánica” de su cerebro antes de meterla en la olla.

Para el resto del mundo, la pregunta seguirá siendo si sufre o no. Las langostas tienen 100.000 células nerviosas (nosotros, 100.000 millones). Defensores de los derechos de los animales y algunos científicos argumentan que es un sistema nervioso suficientemente sofisticado para sentir (mucho) dolor. Otros actores, como el Instituto de la Langosta de la Universidad de Maine, sostienen que no son capaces de procesarlo.

Si estos últimos están en los cierto, entonces los movimientos de la langosta en la olla son solo un reflejo. Y si son un reflejo, puede que destruir su cerebro con un cuchillo no solucione la escena tan gráfica que Suiza está queriendo evitar.

“El problema con el método del cuchillo es la biología básica”, escribe David Foster Wallace en un ensayo sobre el tema. “El sistema nervioso de las langostas opera con varios ganglios que están conectados en serie y distribuidos a lo largo del animal. Deshabilitar solo el ganglio frontal normalmente no resulta en una muerte rápida o la pérdida del conocimiento”.

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Puestos a adormecer a la langosta, Robert Bayer (director del Instituto de la Langosta de la Universidad de Maine) sugiere meterla en hielo o agua dulce muy fría antes de hervirla. Sin embargo, la nueva ley suiza también prohíbe este escenario y exige “mantener a la langosta en su entorno natural” mientras viva. Esto afectará incluso a las langostas que estén expuestas para su venta.