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Ciencia

Durante décadas convertimos el cuerpo grande en el acta de nacimiento del género ‘Homo’. El análisis de 386 fósiles revela que nuestros primeros parientes nunca dieron aquel supuesto estirón

La evolución humana no avanzó como una escalera en la que cada especie era más grande que la anterior. Homo habilis todavía conservaba un tamaño modesto y el verdadero salto corporal apareció mucho después, en ramas concretas de nuestro linaje.
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La historia parecía tener bastante sentido. En algún momento de nuestro pasado, los antepasados humanos dejaron atrás los cuerpos relativamente pequeños de los australopitecos y dieron un salto anatómico que los acercó a las proporciones actuales. Ese cambio habría coincidido con la aparición del género Homo, hace más de dos millones de años.

Un cuerpo mayor no era un detalle menor. Podía facilitar los desplazamientos prolongados, ampliar el territorio disponible, sostener un cerebro más exigente y permitir nuevas estrategias para conseguir alimentos. Por eso, durante décadas se aceptó que crecer había formado parte del “paquete evolutivo” que distinguió a los primeros humanos de sus parientes anteriores.

Sin embargo, un análisis publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences indica que esa frontera nunca fue tan clara. El aumento del tamaño corporal no apareció automáticamente con los primeros integrantes de Homo. El gran salto se produjo después, en ramas concretas, mientras otras conservaron cuerpos sorprendentemente pequeños.

‘Homo habilis’ rompe la historia que parecía encajar

Durante décadas convertimos el cuerpo grande en el acta de nacimiento del género ‘Homo’. El análisis de 386 fósiles revela que nuestros primeros parientes nunca dieron aquel supuesto estirón
© Shutterstock / Gorodenkoff.

El estudio no se concentra exclusivamente en la altura, sino en la masa corporal, una variable fundamental para reconstruir cómo se desplazaban, se alimentaban y utilizaban el entorno las especies humanas extintas.

Según explica el artículo de PNAS, los investigadores aplicaron modelos estadísticos bayesianos a estimaciones procedentes de 386 especímenes fósiles pertenecientes a 21 taxones. El objetivo era poner a prueba diferentes explicaciones sobre la evolución del cuerpo humano sin asumir de antemano que todas las especies habían seguido el mismo camino.

Los resultados encontraron cierto respaldo a una tendencia general de crecimiento durante millones de años. No obstante, la evidencia más fuerte señala un incremento mucho más pronunciado entre los miembros tardíos de Homo, excluyendo expresamente a Homo habilis.

Ese detalle cambia bastante la narración. Homo habilis, uno de los representantes más antiguos atribuidos a nuestro género, no presentaba todavía el gran cuerpo que supuestamente debía distinguirlo de los australopitecos. Pertenecer a Homo, por tanto, no significaba haber alcanzado inmediatamente unas proporciones cercanas a las humanas actuales.

La evolución no trazó una línea limpia entre unos antepasados pequeños y unos humanos repentinamente grandes. Durante un tiempo convivieron especies con combinaciones anatómicas diferentes, difíciles de ordenar en una secuencia ascendente.

El verdadero estirón llegó hace unos dos millones de años

Durante décadas convertimos el cuerpo grande en el acta de nacimiento del género ‘Homo’. El análisis de 386 fósiles revela que nuestros primeros parientes nunca dieron aquel supuesto estirón
© LIONEL BRET/EURELIOS/SCIENCE PHOTO LIBRARY.

La señal más importante aparece entre hace dos y 2,5 millones de años, coincidiendo con la presencia de Homo rudolfensis y, especialmente, de Homo erectus o Homo ergaster. Fue entonces cuando algunas ramas experimentaron un aumento corporal mucho más marcado.

Según indica la Universidad de Reading, los australopitecos pesaban alrededor de 40 kilos de media y podían tener una estatura comparable a la de un niño. En cambio, Homo erectus y Homo ergaster fueron los primeros homininos que alcanzaron regularmente masas medias cercanas o superiores a los 60 kilos, dentro del rango de numerosos humanos modernos.

Los investigadores creen que este cambio coincidió con transformaciones más amplias en la forma de vivir. Estas especies se desplazaban de manera más eficiente sobre dos piernas, recorrían territorios mayores y probablemente incorporaban más carne y otros alimentos energéticos a su dieta.

Un cuerpo grande podía ayudar a cubrir largas distancias, almacenar energía y sobrevivir en ambientes diferentes. Sin embargo, el trabajo no demuestra que una sola de esas presiones causara el aumento. Lo que identifica es una estrecha coincidencia entre el crecimiento corporal y una reorganización ecológica y conductual mucho más profunda.

Esto también explica por qué los estudios anteriores ofrecían conclusiones aparentemente contradictorias. Algunos analizaban principalmente australopitecos, otros se concentraban en especies posteriores y muchos empleaban métodos diferentes para calcular la masa a partir de huesos incompletos. El nuevo modelo integra esas estimaciones, las relaciones evolutivas y las incertidumbres del registro fósil dentro de un mismo marco.

Nuestro árbol genealógico nunca dejó de producir cuerpos pequeños

Incluso después del gran salto, el aumento no se convirtió en una regla irreversible. Homo floresiensis, descubierto en la isla indonesia de Flores, y Homo naledi, hallado en Sudáfrica, conservaron cuerpos reducidos cientos de miles de años después de que otras ramas hubieran alcanzado proporciones mayores.

Su existencia demuestra que la evolución humana no avanzó inevitablemente hacia cuerpos cada vez más grandes. Dependiendo del aislamiento, los recursos disponibles, el clima y otras presiones ambientales, un tamaño reducido podía seguir siendo perfectamente viable.

La imagen resultante se parece menos a una escalera y más a un arbusto lleno de bifurcaciones. Algunas especies crecieron y recorrieron territorios enormes. Otras conservaron dimensiones modestas. Varias combinaron rasgos antiguos y modernos de maneras que todavía resultan difíciles de clasificar.

El género Homo no nació, por tanto, con el cuerpo que hoy reconocemos como humano. Primero apareció nuestro género; después, algunas de sus ramas crecieron. El célebre estirón existió, pero llegó tarde, no alcanzó a todos y necesitó millones de años para transformar de verdad nuestra anatomía.

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