Cuando los científicos de la Agencia Espacial Europea recibieron las primeras fotos de la sonda Rosetta de camino a 67P/Churyumov–Gerasimenko descubrieron que el cometa tenía una peculiar forma que recordaba a un patito de goma. Hoy, esos mismos científicos explican cómo acabó adoptando esa forma.

El estudio, publicado en la revista Nature, no explica todos los detalles sobre la formación de 67/P, pero la parte de ella está bastante clara. El cometa no tiene esa forma a consecuencia de la erosión solar. Los datos recibidos de Rosetta revelan que la “cabeza” y el “cuerpo” de ese gigantesco patito de polvo y roca son dos fragmentos que se unieron en algún momento.

Ambos fragmentos provienen del mismo entorno, aunque no está claro si simplemente proceden de la misma región del espacio, o son piezas provenientes de otro cometa más grande hecho pedazos en alguna colisión estelar.

La forma de un cometa puede parecer un asunto mundano, pero en realidad es crucial, porque arroja nuevos datos que contradicen lo que creemos saber sobre la formación de nuestro propio Sistema Solar. La estructura de 67P/Churyumov–Gerasimenko descarta que los objetos que lo forman se hallan formado tras un impacto violento. Por el contrario, los datos de que disponemos sugieren que la formación del cometa, que tuvo lugar durante los diez primeros millones de años del Sistema Solar, se produjo de forma suave y paulatina.

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Hasta ahora se daba por supuesto que los primeros millones de años tras la formación del Sistema Solar estuvieron llenos de violentas colisiones entre objetos. La formación “pacífica” de 67P contradice esta hipótesis y abre nuevos interrogantes sobre nuestro hogar en el cosmos. [vía Nature]

Gráfico: Jasiek Krzysztofiak. Fotos: ESA

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