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Ciencia

Un submarino alemán lleva más de 100 años hundido en el Mar del Norte y todavía contamina: sus explosivos ya aparecen en los mejillones de la zona

En abril de 1917, un submarino alemán chocó con una mina británica frente a la costa danesa y se hundió con 18 minas y seis torpedos a bordo. Más de un siglo después, un equipo de científicos metió mejillones en jaulas junto a sus restos y encontró algo que no esperaba ver tan claro: los explosivos seguían ahí, filtrándose lentamente al agua, y los moluscos los tenían adentro del cuerpo
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El submarino se llama UC-30 y descansa en el fondo del Mar del Norte, frente a la isla danesa de Rømø, desde hace 109 años. Durante casi todo ese tiempo fue, para la ciencia, poco más que un pecio histórico. Un estudio reciente lo convirtió en otra cosa: una fuente activa de contaminación química, todavía midiéndose hoy.

Un naufragio con 18 minas y seis torpedos a bordo

Submaricno Uc 30
© By Internet Archive Book Images – https://www.flickr.com/photos/internetarchivebookimages/14580064668/Source book page: https://archive.org/stream/simsaduslondonam00leig/simsaduslondonam00leig#page/n65/mode/1up, No restrictions, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=44201526

El UC-30 zarpó en marzo de 1917 con la misión de colocar minas frente a las costas de Irlanda. Un desperfecto en el motor obligó a cambiar de plan, y el submarino inició el regreso hacia Alemania. Nunca llegó: el 21 de abril de 1917 chocó con una mina británica y se hundió frente a Rømø, con toda su carga explosiva a bordo. Murieron 27 tripulantes. Los restos permanecieron ocultos hasta 2016, cuando el buzo danés Gert Normann Andersen los localizó.

Desde entonces, el UC-30 quedó bajo estudio dentro de NorthSeaWrecks, un proyecto de investigación dedicado a evaluar qué tan peligrosos son, en términos ambientales, los miles de restos bélicos que siguen en el fondo del Mar del Norte. La geóloga Katrine Juul Andresen, del Departamento de Geociencias de la Universidad de Aarhus, coordinó buena parte del trabajo sobre este naufragio en particular.

Qué encontraron los científicos en el agua, el sedimento y los mejillones

El buceo civil está prohibido sobre el pecio, así que el equipo recolectó agua, sedimento y organismos con apoyo de buzos de la Armada danesa, además de registrar videos e imágenes del estado de la estructura. Los resultados, publicados en un estudio en Marine Pollution Bulletin, muestran rastros de TNT en el agua, en el lecho marino y en la fauna que vive alrededor del naufragio. En el sitio del UC-30 se registraron concentraciones de hasta 72,6 nanogramos por litro de TNT en el agua, además de 40,7 y 62,7 nanogramos por litro de dos compuestos derivados de su degradación, 4-ADNT y 2-ADNT.

“Encontramos rastros de TNT en la fauna marina, el lecho marino y la columna de agua. Sin duda, hay contaminación”, resumió Andresen. Según la investigadora, a medida que el casco sigue corroyéndose, es esperable que queden expuestas más partes del material explosivo, así que una fuente hoy localizada podría intensificarse con los años en lugar de atenuarse.

Los mejillones como testigos: qué mostraron por dentro

Para medir el impacto biológico, no alcanza con detectar química en el agua: hace falta ver qué le hace esa química a un organismo vivo. Por eso el equipo utilizó mejillones azules como biomonitores, una técnica habitual en este tipo de estudios porque estos moluscos filtran grandes volúmenes de agua y acumulan en sus tejidos buena parte de lo que encuentran en el camino. Colocaron ejemplares en jaulas junto a tres naufragios distintos: el UC-30, el crucero alemán SMS Mainz y el pesquero holandés KW58 Hendericus.

En los mejillones expuestos junto al UC-30 aparecieron 1,4 nanogramos por gramo de TNT, 15,6 de 4-ADNT y 15,2 de 2-ADNT, medidos en peso seco, las concentraciones más altas registradas en todo el estudio. Pero el dato más revelador no fue solo químico: esos mismos mejillones mostraron alteraciones celulares, cambios en enzimas vinculadas a la desintoxicación, acumulación de marcadores de estrés oxidativo y menores reservas de glucógeno, la fuente de energía básica del organismo. En otras palabras, no solo tenían los compuestos adentro: estaban gastando recursos biológicos para lidiar con ellos.

Un detalle que los propios investigadores destacaron es que estos efectos aparecieron con concentraciones medidas en nanogramos por litro, muy por debajo de las dosis que suelen usarse en experimentos de laboratorio para provocar daño medible. Eso sugiere que la exposición prolongada a dosis bajas, sostenida durante años, también puede afectar a la fauna marina, aunque no produzca una mortandad visible de un día para el otro.

El UC-30 no es un caso aislado

Naufragio Segunda Guerra Mundial
© Dietmar Rauscher – Shutterstock

El problema es mucho más grande que un solo submarino. En un informe elaborado en 2024 para la Agencia Danesa de Protección Ambiental, Andresen identificó 10.127 naufragios en aguas de Dinamarca, de los cuales alrededor del 15% corresponde a las dos guerras mundiales. Investigaciones paralelas en Alemania y Bélgica documentaron el mismo fenómeno de fondo en otros pecios: cascos de barcos hundidos hace 80 o 100 años que todavía filtran TNT y otros compuestos hacia mejillones y peces que viven cerca.

Cada pecio tiene su propia historia: algunos conservan municiones a la vista, otros quedaron cubiertos por sedimento, y algunos siguen conteniendo también combustible y pinturas con compuestos tóxicos propios. El UC-30 funciona, en ese sentido, como un caso de estudio detallado de un proceso que, con distinta intensidad, probablemente se está repitiendo en buena parte de esos miles de restos.

Por qué no alcanza con sacar los explosivos del fondo del mar

La respuesta obvia (retirar el material peligroso) es también la más difícil de ejecutar. Sacar explosivos corroídos del fondo marino es una operación cara, técnicamente delicada y con riesgo real para quienes la realizan. Detonarlos bajo el agua tampoco es una solución automática: en algunos casos puede liberar de golpe una cantidad de contaminantes mayor a la que el naufragio filtraría de forma pasiva durante años.

Andresen planteó que la decisión sobre qué hacer con cada pecio depende de varios factores puntuales: su ubicación, la dinámica de las corrientes en esa zona, la forma del lecho marino y qué tan expuesto está el material explosivo. En determinados escenarios, según explicó, dejar un naufragio enterrado bajo sedimento puede resultar menos dañino que intervenirlo.

Robots submarinos para mapear el problema antes de tocarlo

Alemania ya tiene experiencia recuperando y neutralizando municiones de la Segunda Guerra Mundial en el Mar Báltico, aunque el costo de esas operaciones limita cuánto se puede escalar la solución. En paralelo, Andresen participa en REMARCO, un proyecto internacional que busca formas más precisas de localizar, evaluar y eventualmente retirar municiones sumergidas con menor impacto ambiental, incluido el uso de robots submarinos capaces de mapear con detalle dónde está cada objeto peligroso antes de decidir si conviene moverlo.

La lógica de fondo es simple: no todos los naufragios necesitan la misma respuesta. Algunos van a requerir monitoreo constante, otros probablemente puedan quedar relativamente estables bajo la arena, y unos pocos, como el UC-30, ya mostraron evidencia suficiente de que están liberando sustancias tóxicas como para merecer atención prioritaria.

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