A simple vista, apenas queda nada. En una pequeña cavidad situada en la pared occidental del Cerro Delgado, en Chalcatzingo (Morelos), sobreviven unas líneas rojizas tan deterioradas que algunas casi se confunden con la propia roca. Pero cuando un equipo de investigadores fotografió la pared y comenzó a realzar digitalmente el pigmento, aquellas manchas empezaron a parecerse mucho menos a simples dibujos.
Eran tres composiciones vinculadas al sistema de escritura de Teotihuacán, realizadas entre los siglos IV y VI de nuestra era, cuando aquella gran ciudad dominaba buena parte del centro de México. El estudio, publicado en Antiquity, añade nuevas piezas a un rompecabezas que los arqueólogos llevan décadas intentando resolver: cómo escribían realmente los habitantes de Teotihuacán. Y una de esas piezas podría incluso conservar el nombre antiguo de aquel paisaje.
Una montaña con una boca que parece estar “cantando”

El primer glifo está parcialmente destruido. La zona más expuesta a la intemperie desapareció, pero lo que queda muestra un signo estilizado de montaña acompañado por grandes volutas que salen de una boca abierta. En el repertorio gráfico teotihuacano, esas volutas están relacionadas con la palabra y el canto. Los investigadores proponen por eso una lectura particularmente evocadora: “Montaña que Canta”.
La coincidencia se vuelve todavía más interesante porque uno de los cerros de la región fue conocido posteriormente en náhuatl como Cuicatepec, literalmente “Montaña que Canta”. No demuestra que se trate exactamente del mismo lugar ni que el nombre haya permanecido intacto durante siglos, pero ofrece una pista sugerente sobre cómo aquellas comunidades pudieron convertir el paisaje en algo que también podía escribirse.
Chalcatzingo ya tenía una larguísima historia sagrada antes de aquello. El sitio es famoso por sus monumentos y relieves de influencia olmeca realizados muchos siglos antes, aproximadamente entre 900 y 500 a. C. Los nuevos glifos muestran que, mucho después de aquel apogeo, la montaña seguía atrayendo rituales y visitantes.
Un dardo, un collar y una pared quemada

El segundo glifo cambia completamente de registro. Los investigadores identificaron un collar de cuentas, una prenda de tela y un dardo emplumado como los utilizados con un átlatl. Los tres objetos aparecen asociados al equipamiento de guerreros en otras representaciones de Teotihuacán, por lo que podrían formar un título militar o una denominación vinculada al prestigio guerrero.
El tercero es todavía más extraño. No parece ser escritura propiamente dicha, sino un gran marco rectangular decorado con estrellas que rodea una pequeña repisa natural de roca. Justo encima, la pared aparece ennegrecida por el fuego.
La disposición difícilmente parece accidental. Los autores creen que allí pudieron realizarse rituales que implicaban combustión, quizá quemando incienso o algún otro material. Incluso consideran la posibilidad de que la repisa sostuviera un bulto funerario relacionado con la conmemoración de un guerrero fallecido. Pero esa última parte es una hipótesis: no quedaron restos que permitan demostrar una cremación.
El verdadero misterio es que todavía estamos aprendiendo a leer Teotihuacán

Durante décadas hubo dudas sobre si Teotihuacán llegó a utilizar una auténtica escritura comparable a otros sistemas mesoamericanos o si sus signos eran principalmente emblemas e imágenes.
El problema es que sus textos conocidos suelen ser extremadamente cortos. No existen largas narraciones comparables a las inscripciones mayas. Investigaciones recientes, sin embargo, han identificado signos que parecen funcionar como logogramas y componentes fonéticos, además de nombres de lugares, personas, títulos, fechas e incluso expresiones verbales. Los autores del nuevo estudio sostienen que el corpus conocido ronda ya los 120 signos.
Eso no significa que podamos leer Teotihuacán como hoy leemos un texto maya. Ni siquiera sabemos con certeza qué lengua registraba el sistema. Pero cada nueva inscripción amplía el diccionario. Y eso convierte a estas tres pinceladas rojas en algo bastante especial: 1.500 años después de que alguien subiera hasta esa montaña para pintarlas, todavía estamos intentando aprender qué quiso decir.