Todo comenzó con algo que parecía tener valor. En septiembre de 1987, dos hombres que buscaban materiales para vender como chatarra ingresaron en una antigua clínica médica de Goiânia, Brasil, y encontraron un equipo de radioterapia abandonado. No había advertencias suficientes para detenerlos ni nadie que les explicara qué contenía.
Cuando el aparato terminó en manos de un comerciante de chatarra, apareció algo extraordinario: una sustancia que emitía un misterioso resplandor azul. Su aspecto fascinó a quienes la observaron. Algunos llevaron pequeños fragmentos a sus casas y los compartieron con familiares y amigos.
Lo que nadie imaginaba era que aquel polvo brillante contenía cesio-137, un isótopo altamente radiactivo. En cuestión de días, esa curiosidad se convirtió en el origen de una tragedia que dejó cuatro muertos, cientos de afectados y miles de toneladas de residuos contaminados.
El brillo azul que convirtió una clínica abandonada en el origen de una tragedia

El 13 de septiembre de 1987, los recolectores retiraron parte de un aparato que había pertenecido al Instituto Goiano de Radioterapia. Según la reconstrucción oficial del Ministerio Público Federal de Brasil, el equipo llevaba años abandonado en instalaciones que ya no contaban con la seguridad necesaria.
La fuente radiactiva terminó en el establecimiento de Devair Alves Ferreira, un comerciante que quedó cautivado por el brillo de su contenido. El material fue manipulado y repartido entre personas que desconocían completamente su peligrosidad. La sustancia era cloruro de cesio, una sal soluble que contenía aproximadamente 19 gramos de material radiactivo. Su capacidad para dispersarse facilitó que pequeñas cantidades contaminaran viviendas, objetos personales y a quienes las manipulaban.
La Secretaría de Salud de Goiás explica que el cesio-137 emite radiación ionizante y tiene una vida media física de alrededor de 30 años. Esto significa que conserva la mitad de su actividad radiactiva después de aproximadamente tres décadas, no que desaparezca completamente transcurrido ese período.Mientras tanto, los primeros síntomas comenzaron a aparecer. Náuseas, vómitos y lesiones en la piel afectaban a personas que todavía ignoraban qué estaba ocurriendo.
Cuatro muertos, 249 contaminados y una ciudad marcada para siempre

La tragedia salió a la luz cuando María Gabriela, esposa de Devair, sospechó que las enfermedades podían estar relacionadas con el extraño material. Finalmente, el físico Walter Mendes Ferreira identificó la contaminación radiactiva y alertó a las autoridades.
La magnitud del desastre fue enorme. De acuerdo con el informe técnico del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), unas 112.000 personas fueron examinadas, 249 presentaron contaminación radiactiva y cuatro murieron por las consecuencias de la exposición. Otras 28 sufrieron quemaduras por radiación. Entre las víctimas mortales estaba Leide das Neves Ferreira, una niña de apenas seis años que había manipulado el material y terminó ingiriendo partículas radiactivas mientras comía.
La limpieza obligó a demoler siete viviendas y otros edificios, retirar grandes cantidades de suelo contaminado y gestionar aproximadamente 3.500 metros cúbicos de residuos radiactivos. Pero el daño no terminó con la descontaminación. Los sobrevivientes también sufrieron discriminación, rechazo social y consecuencias psicológicas que continuaron durante décadas.
Casi 40 años después, Brasil sigue recordando una advertencia que cambió la seguridad nuclear
El accidente de Goiânia demostró que no hacía falta una explosión nuclear ni una central averiada para provocar una emergencia radiactiva de enormes dimensiones. Bastaba con abandonar una fuente peligrosa sin controles adecuados. En octubre de 2026, la Comisión Nacional de Energía Nuclear de Brasil recordó que aquella tragedia transformó los procedimientos de vigilancia, gestión de residuos y protección radiológica del país.
La institución también aclaró recientemente que sus mediciones no muestran riesgos radiológicos para la población en las zonas descontaminadas de Goiânia. Para sobrevivientes como Odesson Ferreira, hermano del comerciante que compró el dispositivo, la tragedia sigue siendo parte de su vida. En un testimonio reciente recogido por BBC Mundo, relató las secuelas físicas, el miedo y la discriminación que sufrió su familia.
Aquella sustancia azul parecía una curiosidad digna de exhibirse. Terminó siendo una de las demostraciones más dolorosas de lo que puede ocurrir cuando un material radiactivo queda fuera de todo control.