Hay tumbas monumentales y después está Kral Mezar, el “Túmulo del Rey” de Boyanovo, en el sureste de Bulgaria. Cuando los arqueólogos excavaron aquel montículo funerario en 2015 encontraron tres estructuras de enterramiento diferentes, restos de una columnata y pinturas murales. Pero una pieza sobresalía literalmente por encima de todas: un sarcófago de unas seis toneladas.
La estructura medía aproximadamente 2,7 metros de largo y 1,4 de ancho, con paredes de unos 15 centímetros de grosor. Los primeros informes la describieron como mármol, mientras que el estudio académico posterior la identifica de forma más precisa como piedra caliza marmórea. El conjunto pertenece a la época en que Tracia ya formaba parte del Imperio romano. Y su historia guarda una sorpresa todavía mayor que el peso.
Un ataúd dentro de otro ataúd hace casi 1.800 años
Los materiales arqueológicos permitieron fechar el sarcófago aproximadamente entre 150 y 200 d. C., hace unos 1.800 años. Este tipo de enterramiento ya resulta poco común dentro de los túmulos de la Tracia romana: los propios investigadores señalan que los sarcófagos son extremadamente raros en estos contextos funerarios.
Pero el individuo no había sido depositado directamente dentro de la enorme caja de piedra.
Daniela Agre, arqueóloga del Instituto Nacional de Arqueología de Bulgaria que dirigió las excavaciones de rescate, explicó que el cadáver había sido colocado primero dentro de un ataúd y este, a su vez, dentro del sarcófago. Era una práctica que su equipo no había documentado de esa forma en las necrópolis romanas de aquella zona de la antigua Tracia.
Dentro quedaron además pequeños rastros de la riqueza que acompañó originalmente al difunto: fragmentos de un recipiente de alabastro, piezas de vasijas de vidrio y una hebilla de bronce.
El gran problema es que alguien llegó al sarcófago mucho antes que los arqueólogos
El monumento no llegó intacto hasta nuestros días. El estudio publicado posteriormente en American Journal of Archaeology señala que la tapa con forma de tejado había sido rota y apartada, y el túmulo mostraba señales de numerosos episodios de saqueo.
De hecho, una historia recogida a finales del siglo XIX cuenta que un bey otomano ya había hecho excavar el lugar décadas antes. Según aquel relato, sus trabajadores encontraron el sarcófago, rompieron su tapa y extrajeron un recipiente de oro y varios objetos de plata y bronce. Los saqueos continuaron incluso en época moderna y fueron precisamente nuevas actividades clandestinas las que ayudaron a desencadenar la excavación arqueológica de 2015.
Eso no impidió que Kral Mezar guardara más sorpresas.
El túmulo escondía pinturas de colores y una arquitectura inesperada
A poca distancia del sarcófago apareció otra tumba construida con mampostería y ladrillo. Sus paredes conservaban pinturas con motivos florales y geométricos en azul, amarillo, verde, negro, blanco y distintos tonos de rojo. Una moneda de Caracalla encontrada en el conjunto ayudó a situar esta segunda tumba en el primer cuarto del siglo III.
Los arqueólogos identificaron también restos de columnas que probablemente pertenecieron a un monumento conmemorativo. Para Agre, encontrar una columnata asociada a un complejo funerario tracio de época romana era extraordinario después de décadas trabajando en este tipo de túmulos.
Todo convierte a Boyanovo en algo más interesante que una gigantesca caja de piedra. El túmulo muestra cómo las élites tracias siguieron enterrando a sus muertos bajo dominio romano, mezclando tradiciones locales con nuevas formas arquitectónicas y funerarias.
Y entre todos esos restos destaca todavía aquel sarcófago de seis toneladas: no porque permaneciera herméticamente cerrado durante 1.800 años, sino porque sobrevivió a saqueadores, siglos de agricultura y transformaciones del paisaje lo suficiente como para revelar una forma de enterrar a los muertos que apenas se conocía en la Tracia romana.