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Ciencia

Cuatrocientas monedas marroquíes aparecieron en un naufragio inglés y durante 30 años nadie supo qué barco las llevaba. Unos documentos olvidados acaban de reconstruir su último viaje en 1633

El oro permitió situar el pecio en el gran comercio marítimo del siglo XVII, pero no reveló su nombre. La respuesta no estaba bajo el agua, sino entre viejos informes que describían una tormenta, una vía de agua y un mercante holandés que jamás regresó a casa.
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Un barco sin nombre es un misterio especialmente incómodo para la arqueología marítima. Sus restos pueden revelar cuándo fue construido, qué mercancías transportaba e incluso cómo vivía su tripulación, pero sin una identidad continúa siendo apenas el capítulo final de una historia cuyo comienzo se ha perdido.

Eso fue lo que ocurrió en la bahía de Salcombe, frente a la costa inglesa de Devon. A mediados de los años noventa, un grupo de buceadores encontró a unos 18 metros de profundidad los restos de una embarcación del siglo XVII. Del casco apenas quedaban fragmentos de madera, cuerda y plomo, acompañados por cañones, anclas y objetos dispersos sobre un área de unos 30 metros. Lo extraordinario apareció entre el sedimento: más de 400 monedas de oro procedentes del actual Marruecos.

El cargamento permitía saber que aquel navío había participado en una ruta comercial entre el norte de África y Europa. Lo que nadie conseguía averiguar era cómo se llamaba, quién lo había enviado ni qué accidente lo había dejado frente a Inglaterra. Tres décadas después, la combinación de arqueología, numismática e investigación documental ha permitido ponerle por fin un nombre: Dom van Keulen.

El oro contó de dónde venía, pero no quién lo transportaba

Cuatrocientas monedas marroquíes aparecieron en un naufragio inglés y durante 30 años nadie supo qué barco las llevaba. Unos documentos olvidados acaban de reconstruir su último viaje en 1633
© Bournemouth University.

Las monedas pertenecían a los gobernantes saadíes de Marruecos y formaban parte del comercio de oro africano que alimentaba las redes mercantiles europeas. Los comerciantes neerlandeses intercambiaban productos manufacturados por metal procedente de África occidental, que después podía circular como moneda o fundirse para acuñar piezas holandesas aceptadas en numerosos mercados internacionales.

El conjunto recuperado era excepcional porque esas monedas no habían aparecido separadas, revendidas o reutilizadas siglos después. Permanecían dentro de un contexto arqueológico fechado, acompañadas por joyas marroquíes, vajilla neerlandesa y objetos cotidianos de navegación. Entre ellos había un cuenco y una cuchara de peltre, cerámica, un sello, una pesa de sondeo con forma de pez y una curiosa pieza de oro semejante a un dedo.

La colección revelaba así dos mundos a la vez. El oro hablaba de dinastías norteafricanas, rutas transaharianas y grandes operaciones comerciales. Los utensilios más modestos devolvían la escala humana: personas que comían, calculaban la profundidad del agua y soportaban durante semanas la humedad y el movimiento del barco.

Aun así, aquellos objetos no llevaban una matrícula. Su origen y datación apuntaban hacia un mercante holandés, pero en una costa transitada por innumerables embarcaciones eso no bastaba para identificarlo con seguridad.

La solución apareció en un archivo y describía una tormenta de hace cuatro siglos

Cuatrocientas monedas marroquíes aparecieron en un naufragio inglés y durante 30 años nadie supo qué barco las llevaba. Unos documentos olvidados acaban de reconstruir su último viaje en 1633
© Bournemouth University.

El avance decisivo llegó cuando el historiador Ian Friel localizó en los Archivos Nacionales británicos documentos relacionados con un mercante llamado Dom van Keulen. Los textos describían un viaje iniciado en Marruecos durante el otoño de 1633 con destino a los Países Bajos. También contaban que la embarcación se encontró con un tiempo extremadamente adverso antes de sufrir una vía de agua y hundirse cerca de Salcombe. Toda la tripulación logró sobrevivir.

Las coordenadas históricas, la fecha, la nacionalidad del barco y el origen de su mercancía encajaban con lo recuperado por los buceadores. El pecio anónimo podía vincularse por fin con un naufragio concreto, documentado casi cuatro siglos antes.

El manifiesto de carga terminó de completar la escena. El barco llevaba miles de ducados berberiscos junto a materias primas destinadas al mercado europeo, entre ellas pieles de cabra, salitre y goma arábiga. No era un cofre pirata oculto bajo cubierta, sino una operación comercial completa: oro de enorme valor viajando junto a productos utilizados en manufacturas, pólvora, tintes y otros procesos de la época.

Los investigadores creen que buena parte de la carga fue recuperada inmediatamente después del naufragio. El hecho de que los marineros sobrevivieran y el barco quedara relativamente cerca de la costa habría facilitado el salvamento. Sin embargo, cientos de monedas escaparon de aquella operación y permanecieron entre el fango hasta ser localizadas más de 350 años después.

El verdadero tesoro es el mapa comercial que dejó tras de sí

Cuatrocientas monedas marroquíes aparecieron en un naufragio inglés y durante 30 años nadie supo qué barco las llevaba. Unos documentos olvidados acaban de reconstruir su último viaje en 1633
© Bournemouth University.

Identificar el Dom van Keulen permite convertir una colección de objetos llamativos en un episodio histórico completo. El barco salió de Marruecos, atravesó las rutas atlánticas utilizadas por los mercaderes neerlandeses y terminó hundido frente a Inglaterra. Su cargamento conecta en un único yacimiento tres regiones que participaron activamente en la economía del siglo XVII.

El hallazgo también proporciona un contexto poco frecuente para estudiar las monedas y joyas saadíes. Muchos objetos de oro antiguos han perdido su lugar original debido al comercio, el coleccionismo o la fundición. Saber qué piezas viajaban juntas, en qué fecha y a bordo de qué barco permite entenderlas como parte de una transacción real y no como elementos aislados dentro de una vitrina.

La investigación tampoco ha terminado en el sentido más literal. El yacimiento continúa protegido por la legislación británica, las inmersiones están restringidas y todavía permanecen cañones, anclas y pequeños restos de carga sobre el lecho marino. La mayoría de las piezas recuperadas se conserva en el Museo Británico.

Durante décadas, las monedas fueron la parte más visible del descubrimiento. Ahora sabemos que también eran una dirección escrita en oro. Apuntaban hacia Marruecos, los Países Bajos y una tormenta de 1633; solo hacía falta encontrar, en algún archivo, el nombre del barco que las había llevado hasta allí.

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