En diciembre de 2021, el buzo Dorian Borcherds exploraba las aguas próximas a Kavieng, en Papúa Nueva Guinea, cuando una figura translúcida comenzó a desplazarse frente a su cámara. Tenía una campana cubierta de manchas circulares, numerosos tentáculos anillados y una apariencia tan extraña que resultaba difícil encontrar algo parecido en las guías de fauna marina.
La criatura terminó recorriendo las redes sociales bajo un nombre casi legendario: Chirodectes maculatus, una cubomedusa conocida por un único ejemplar capturado décadas antes junto a la Gran Barrera de Coral australiana.
Aquello parecía ser un encuentro extraordinario. La segunda observación de un animal que la ciencia llevaba un cuarto de siglo sin volver a localizar. Pero la comparación detallada entre ambas medusas produjo un giro inesperado: quizá el vídeo no mostraba el regreso de una especie desaparecida de nuestra vista, sino otra completamente desconocida.
La ciencia construyó una especie entera a partir de un solo ejemplar
La historia de Chirodectes maculatus comenzó el 2 de mayo de 1997, cuando una cubomedusa fue encontrada a unos 43 kilómetros de la costa nororiental de Queensland. Nadaba cerca de la superficie, en el límite exterior de la Gran Barrera de Coral, y su campana medía aproximadamente 15 centímetros de altura.
No se parecía a las cubomedusas conocidas. Sobre su cuerpo aparecían más de 40 manchas redondeadas de pigmentación marrón, una decoración excepcional dentro de un grupo cuyos integrantes suelen ser casi transparentes. Sus músculos, sus estructuras de locomoción y la disposición de sus tentáculos también presentaban diferencias suficientes para justificar la descripción de una nueva especie.
El animal fue filmado durante apenas 23 segundos antes de ser recogido. Después quedó depositado en el Queensland Museum, pero su fragilidad limitó enormemente el estudio. Los investigadores evitaron diseccionarlo y, tras permanecer conservado en formaldehído, el cuerpo se volvió rígido y quebradizo. Varias partes de su anatomía debían esperar a que aparecieran nuevos ejemplares.
En 2005 recibió inicialmente el nombre de Chiropsalmus maculatus. Un año después, una revisión taxonómica concluyó que era tan diferente que merecía incluso un género propio: Chirodectes. Desde entonces, continúa siendo la única especie formalmente aceptada dentro de ese género.
El vídeo que parecía resolver el caso terminó complicándolo

La criatura grabada en Papúa Nueva Guinea compartía algunos de sus rasgos más llamativos. También era una gran cubomedusa translúcida, con dibujos visibles sobre la campana y tentáculos profusamente decorados. Por eso, la primera interpretación fue que Borcherds había conseguido algo excepcional: filmar por segunda vez a C. maculatus.
La especialista en cubomedusas Lisa-ann Gershwin, responsable de la revisión que creó el género Chirodectes, analizó el vídeo fotograma a fotograma y lo comparó con las imágenes y el ejemplar conservado en Brisbane. Su conclusión fue más sorprendente que la identificación inicial. Las diferencias observadas le parecieron suficientes para pensar que la medusa de Papúa Nueva Guinea no era C. maculatus, sino una segunda especie todavía no descrita dentro del mismo género.
Esa posibilidad cambia por completo la historia viral. No estaríamos necesariamente ante dos encuentros con una misma criatura extremadamente rara. Podríamos estar viendo dos especies distintas, conocidas cada una por un único animal observado en lugares separados por miles de kilómetros.
Sin embargo, un vídeo no basta para bautizar formalmente una especie. La taxonomía necesita estudiar caracteres anatómicos precisos, comparar ejemplares y publicar una descripción sometida a revisión científica. Gershwin reconoció que su interpretación seguía siendo una hipótesis y que el organismo no podía considerarse oficialmente descubierto y clasificado sin completar ese proceso.
Sabemos tan poco de ella que ni siquiera conocemos el peligro real
El misterio también alcanza a su biología. No se sabe dónde pasa la mayor parte de su vida Chirodectes, qué come, con qué frecuencia se reproduce ni por qué solo apareció una vez en una región muy visitada por buzos.
Los autores que describieron el ejemplar de 1997 plantearon que el ciclón Justin, que había atravesado la zona semanas antes, pudo desplazarlo desde aguas alejadas de la plataforma continental. Era solo una posibilidad, pero explicaría por qué un animal aparentemente ausente apareció de repente cerca del arrecife.
Tampoco existen datos que demuestren cómo afecta su picadura a los seres humanos. Al pertenecer a la familia Chirodropidae, que incluye cubomedusas extremadamente venenosas, los investigadores recomendaron tratarla como potencialmente peligrosa hasta disponer de pruebas. Eso no significa que se haya confirmado que su veneno sea letal. De hecho, jamás se ha documentado una picadura humana atribuida a esta especie.
El océano consiguió así conservar dos secretos casi idénticos. Uno apareció en Australia en 1997 y terminó dentro de un museo. El otro cruzó frente a una cámara en Papúa Nueva Guinea y volvió a desaparecer sin dejar una muestra que pudiera analizarse.
El vídeo no demostró que la ciencia hubiera reencontrado a Chirodectes maculatus. Reveló algo quizá más fascinante: incluso cuando creemos haber reconocido a una de las criaturas más raras del planeta, el mar todavía puede estar enseñándonos un animal que nunca habíamos visto.