Hubo una época en la que muchos escritorios tenían un elemento casi obligatorio junto al ordenador: un pequeño cactus. No estaba ahí únicamente para decorar ni para darle un poco de vida a la mesa de trabajo. Para muchas personas, esa planta cumplía una función mucho más importante: protegerlas de la supuesta radiación emitida por el monitor.
El mito puede sonar absurdo hoy, pero durante los años noventa tuvo bastante fuerza. Internet todavía no funcionaba como el gran amplificador de rumores que conocemos ahora, pero las creencias populares también viajaban rápido: de oficina en oficina, de familia en familia y de vendedor en vendedor. Bastaba con una explicación sencilla y una promesa tranquilizadora para que la idea pareciera razonable.
El origen de un mito con apariencia científica
Una de las versiones más repetidas sitúa el origen del mito en una observación realizada en los años ochenta en un instituto de geobiología de Chardonne, Suiza. Según esa historia, algunos empleados habrían notado menos fatiga y dolor de cabeza al colocar cactus cerca de sus pantallas. El problema es que no se trató de un experimento formal ni existe un estudio académico sólido que respalde esa conclusión.
A esa anécdota se le sumó después otro ingrediente habitual en las pseudociencias: la referencia vaga a instituciones prestigiosas. Durante años circuló la idea de que la NASA había estudiado la capacidad de ciertas plantas para absorber radiación, aunque sin pruebas concretas que conectaran esos supuestos estudios con los cactus y los monitores de ordenador. El resultado fue un mito con una capa de credibilidad científica que en realidad nunca tuvo.
Parte del éxito de esta creencia también se explica por el miedo a la palabra “radiación”. Después de accidentes nucleares como Chernóbil, el término quedó asociado en el imaginario popular a algo peligroso, invisible y potencialmente dañino. Sin embargo, no toda radiación es igual. Los rayos X y gamma pertenecen a la radiación ionizante, capaz de dañar directamente el ADN, mientras que muchos campos electromagnéticos cotidianos forman parte de la radiación no ionizante.

El cactus no era un escudo: era solo una planta
Los ordenadores y pantallas pueden generar campos electromagnéticos, pero eso no significa automáticamente que representen un riesgo en las condiciones normales de uso. La Organización Mundial de la Salud señala que, tras décadas de investigación, no hay evidencia suficiente para concluir que la exposición a campos electromagnéticos de bajo nivel sea dañina para la salud.
La explicación popular sobre los cactus era sencilla: como contienen agua, y el agua puede absorber ciertos tipos de radiación, entonces el cactus funcionaría como una especie de esponja protectora. Pero esa deducción no se sostiene. Un cactus no absorbe la radiación de forma especial ni más eficaz que otros objetos colocados en la mesa.
Además, aunque existiera un campo preocupante alrededor del ordenador, colocar una pequeña maceta a un costado no serviría de escudo. Los campos electromagnéticos no salen en una única línea recta hacia el cactus, sino en distintas direcciones. Para bloquear algo así haría falta una barrera real y diseñada para ese propósito, no una planta decorativa.
La prueba más clara llegó en 2018, cuando investigadores de Turquía midieron el campo magnético de monitores LCD y antiguos monitores de tubo con distintos cactus ubicados en varias posiciones. La conclusión fue directa: no importaba el tamaño de la planta ni dónde se colocara, el cactus no reducía el campo magnético del monitor.
El mito, sin embargo, sobrevivió. Y eso dice mucho sobre cómo funcionan estas creencias: mezclan una preocupación real, una explicación simple y un objeto fácil de comprar. El cactus no protegía de la radiación, pero sí ofrecía algo muy poderoso: la sensación de estar haciendo algo para protegerse. Al final, lo único que realmente mejoraba era el escritorio.