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Ciencia

Egipto escondía algo perturbador en las tumbas de sus primeros faraones. Cinco mil años después, 46 cráneos revelaron una historia mucho más oscura

Un estudio de 46 cráneos hallados en tumbas de los primeros faraones de Egipto reveló posibles muertes violentas hace 5.000 años. Las lesiones reavivan una inquietante hipótesis sobre los sacrificios humanos.
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Durante miles de años, las tumbas de los faraones de Egipto han despertado fascinación por sus tesoros, sus monumentos y sus rituales funerarios. Sin embargo, algunas de las construcciones más antiguas escondían algo bastante menos glorioso: centenares de personas enterradas alrededor de sus gobernantes. Durante más de un siglo, los arqueólogos intentaron comprender por qué tantos individuos habían terminado sepultados junto a los primeros reyes egipcios.

Ahora, una investigación forense recuperó evidencias que podrían ofrecer una respuesta inquietante. Tras examinar 46 cráneos de aproximadamente 5.000 años de antigüedad, una científica identificó lesiones compatibles con episodios de violencia potencialmente mortal en 18 de ellos. Los resultados, publicados en octubre de 2026, refuerzan la hipótesis de que algunas personas fueron sacrificadas para acompañar a los faraones después de la muerte.

Los primeros faraones de Egipto fueron enterrados junto a cientos de personas. Ahora sabemos que algunas sufrieron heridas violentas

Egipto escondía algo perturbador en las tumbas de sus primeros faraones. Cinco mil años después, 46 cráneos revelaron una historia mucho más oscura
Complejo funerario de la reina Merneith en Abidos, Egipto. Su tumba está rodeada de numerosas cámaras secundarias relacionadas con las prácticas funerarias de la primera dinastía. © Universidad de Viena / Proyecto arqueológico Visualizing an Ancient Egyptian Queen.

El escenario del descubrimiento es Abidos, uno de los centros funerarios más importantes del antiguo Egipto. Allí, en la necrópolis de Umm el-Qaab, se encuentran las tumbas de varios gobernantes de la primera dinastía, que reinó aproximadamente entre 3078 y 2900 a. C. A comienzos del siglo XX, el arqueólogo británico Flinders Petrie excavó numerosas sepulturas secundarias situadas alrededor de los complejos reales. Sospechaba que sus ocupantes podían haber sido sacrificados tras la muerte de los monarcas, pero no consiguió encontrar pruebas físicas concluyentes.

Más de un siglo después, la bioarqueóloga Roselyn A. Campbell, de la Universidad de Purdue, volvió a examinar parte de aquellos restos, conservados en la Universidad de Cambridge. Según el estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology, la investigadora analizó 46 cráneos asociados con enterramientos de los gobernantes Djer, Djet y Merneith. Dieciocho presentaban traumatismos ocurridos cerca del momento de la muerte, equivalentes al 39% de la muestra.

Entre las lesiones aparecen fracturas lineales, heridas provocadas por objetos cortantes y un traumatismo en la zona de un ojo. Algunas podrían haber ocasionado hemorragias internas, pérdida rápida del conocimiento e incluso la muerte.

Lo sorprendente es que las marcas no habían pasado completamente inadvertidas para los primeros excavadores. Petrie llegó a aplicar parafina sobre determinados sectores fracturados para estabilizarlos, pero aparentemente interpretó aquellos daños como consecuencias del deterioro de los restos.

La ciencia forense encontró pistas de posibles sacrificios humanos que habían permanecido ocultas durante un siglo

Egipto escondía algo perturbador en las tumbas de sus primeros faraones. Cinco mil años después, 46 cráneos revelaron una historia mucho más oscura
Las sepulturas de la primera dinastía egipcia se organizaban alrededor de complejos funerarios reales. © Universidad de Viena / Proyecto arqueológico Visualizing an Ancient Egyptian Queen.

La clave de la nueva investigación no estuvo en descubrir tumbas desconocidas, sino en utilizar conocimientos modernos para revisar materiales excavados décadas atrás.

Los especialistas actuales pueden distinguir ciertos patrones de fractura producidos cuando el hueso todavía conserva sus propiedades mecánicas de aquellos ocasionados mucho después de la muerte. Campbell identificó lesiones compatibles con golpes contundentes, algunas situadas en regiones del cráneo donde resultan menos habituales las fracturas accidentales. Aunque una caída puede producir daños semejantes, encontrar múltiples lesiones de ese tipo en una misma población funeraria plantea interrogantes importantes.

La revista Frontiers explicó en su comunicado científico que los traumatismos podrían estar relacionados con el llamado sacrificio de acompañantes: la muerte deliberada de personas vinculadas a una corte para que continuaran sirviendo a su gobernante en el más allá. Sin embargo, todavía existe una diferencia fundamental entre demostrar que alguien sufrió una muerte violenta y establecer que fue ejecutado durante una ceremonia religiosa.

Los investigadores desconocen quiénes provocaron las heridas, si todas las muertes estuvieron relacionadas con un mismo episodio o si algunas personas fallecieron por otras circunstancias. Incluso es posible que ciertos individuos murieran sin dejar señales visibles en sus cráneos.

El secreto de las tumbas de Egipto también revela cómo ejercían el poder sus primeros reyes

Los enterramientos secundarios podrían haber reunido a funcionarios, artesanos y servidores vinculados a la corte. Su presencia alrededor de las tumbas reales refleja una organización social donde la posición del gobernante podía prolongarse simbólicamente más allá de la muerte. No obstante, el propio estudio advierte una limitación: los 46 cráneos representan apenas una parte de los individuos originalmente enterrados. Muchos esqueletos fueron sepultados nuevamente, dañados o separados de sus contextos durante excavaciones antiguas.

La investigación, publicada el 5 de octubre de 2026, no demuestra que todos los acompañantes fueran sacrificados. Lo que aporta es evidencia física de que la violencia pudo desempeñar un papel importante en algunas de aquellas muertes. Y quizá ese sea su aspecto más revelador. Los secretos de los primeros faraones no estaban necesariamente escondidos detrás de puertas selladas o cámaras desconocidas. Algunos llevaban más de cien años guardados en una colección científica, esperando que alguien aprendiera a interpretar sus marcas.

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