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Ciencia

El mayor “cementerio” de naves del sistema solar no está flotando en órbita, sino sobre la Luna. Más de 70 objetos espaciales llevan décadas acumulándose en su superficie

La basura espacial no está solo en órbita terrestre. La Luna conserva restos de sondas, etapas de cohetes, módulos, rovers e instrumentos dejados por décadas de exploración. Ahora que el regreso humano y comercial al satélite se acelera, esos restos empiezan a verse como patrimonio, chatarra aprovechable y un problema legal al mismo tiempo.
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Cuando hablamos de basura espacial, casi siempre pensamos en la órbita terrestre baja: satélites muertos, fragmentos de cohetes, piezas desprendidas y objetos que viajan a velocidades absurdas alrededor del planeta. Pero el archivo material de la exploración espacial no está solo flotando sobre nuestras cabezas. También está clavado, estrellado o abandonado en otros mundos.

La Luna es el caso más evidente. Según el catálogo de material humano en la Luna elaborado por la Oficina de Historia de la NASA, el primer paso para proteger esos artefactos es saber exactamente qué hay allí y dónde está. Y lo que hay no es poco: desde sondas soviéticas y estadounidenses hasta etapas de cohetes, módulos lunares, instrumentos científicos, rovers, cámaras, herramientas y objetos personales de las misiones Apolo.

La Luna es un cementerio, pero también un museo involuntario

El mayor “cementerio” de naves del sistema solar no está flotando en órbita, sino sobre la Luna. Más de 70 objetos espaciales llevan décadas acumulándose en su superficie
© NASA.

El “cementerio lunar” no se formó de una sola manera. Algunos objetos llegaron por impacto deliberado, otros por accidentes, otros por desorbitaciones controladas y otros por aterrizajes suaves que simplemente terminaron su misión y quedaron allí para siempre.

Uno de los primeros ejemplos fue Luna 2, la sonda soviética que el 13 de septiembre de 1959 se convirtió en la primera nave en hacer contacto con otro cuerpo celeste al impactar contra la Luna. Según recuerda la propia NASA, antes de estrellarse confirmó datos clave sobre el entorno lunar y depositó emblemas soviéticos en la superficie.

Después llegaron muchas más. NASA enumera misiones como Ranger, Surveyor, Lunar Orbiter, Apolo, Lunokhod, Chang’e, Chandrayaan y otras campañas modernas dentro de una historia lunar que ya supera seis décadas. Algunas terminaron como impactos planeados; otras, como aterrizajes exitosos; otras, como restos repartidos por el regolito.

No todo es basura: algunas piezas todavía tienen valor científico e histórico

Llamarlo “cementerio” funciona como imagen, pero no cuenta toda la historia. Muchos de esos restos son patrimonio histórico. Las bases de los módulos Apolo, los experimentos científicos, las huellas de los astronautas y los vehículos robóticos forman parte de la arqueología espacial.

For All Moonkind, una organización dedicada a la protección del patrimonio humano fuera de la Tierra, advierte que los sitios Apolo y los lugares robóticos anteriores y posteriores son evidencia de los primeros pasos de la humanidad fuera del planeta. También recuerda que esos artefactos llevan casi seis décadas preservados por el vacío, la falta de clima y la escasa actividad humana directa en la superficie.

Ese equilibrio será cada vez más difícil. La Luna va camino de estar mucho más transitada por misiones nacionales, privadas y comerciales. Lo que antes era una superficie casi intocable empieza a convertirse en un lugar de operaciones, aterrizajes, pruebas tecnológicas y futuras bases.

Marte ya tiene su propio desguace, pero la Luna va muy por delante

El mayor “cementerio” de naves del sistema solar no está flotando en órbita, sino sobre la Luna. Más de 70 objetos espaciales llevan décadas acumulándose en su superficie
© NASA.

Marte también acumula restos humanos. Allí descansan landers, rovers, escudos térmicos, paracaídas, fragmentos de descenso y vehículos que ya completaron su vida útil. NASA recuerda, por ejemplo, que ha enviado cinco rovers al planeta rojo: Sojourner, Spirit, Opportunity, Curiosity y Perseverance, de los cuales solo los dos últimos siguen activos.

A esa lista se suman misiones históricas como Viking, sondas fallidas y vehículos más recientes. Ingenuity, el pequeño helicóptero que demostró que era posible volar en Marte, terminó su misión en 2024 tras dañar una o más palas del rotor durante su último aterrizaje, según confirmó NASA.

Y el cementerio marciano seguirá creciendo. NASA anunció en junio de 2026 el fin de la misión MAVEN, después de más de 11 años en órbita de Marte y tras determinar que la nave no era recuperable. La agencia explicó que la sonda perdió señal en diciembre de 2025 y que una rotación anómala habría agotado sus baterías, dejándola sin capacidad de comunicación.

El reciclaje espacial suena lógico, pero la ley complica todo

A primera vista, la idea parece obvia: si ya hay metal, estructuras, cables, paneles y piezas en la Luna o Marte, ¿por qué no reciclarlos algún día? En una base lunar, cada kilo importado desde la Tierra será caro. Convertir antiguos restos espaciales en materia prima podría parecer una solución elegante.

El problema es que esos objetos no son “de nadie”. El Tratado del Espacio Exterior de Naciones Unidas establece que el Estado en cuyo registro figure un objeto lanzado al espacio mantiene jurisdicción y control sobre él, incluso si está en el espacio o sobre un cuerpo celeste. Además, la propiedad de los objetos lanzados y de sus componentes no cambia por el hecho de estar en la Luna, en Marte o de regresar a la Tierra.

Eso significa que una nave abandonada no queda automáticamente disponible para que otro país, empresa o futura base la desmonte. Reciclar restos ajenos podría requerir acuerdos internacionales, permisos o nuevos marcos legales. Y ahí aparece una tensión interesante: lo que para unos será basura aprovechable, para otros puede ser patrimonio, propiedad estatal o evidencia histórica.

El problema apenas está empezando

Por ahora, el cementerio lunar todavía parece más una curiosidad que una crisis. Está disperso, no afecta a ciudades ni a ecosistemas como ocurre en la Tierra, y muchas piezas tienen un valor histórico enorme. Pero la situación cambiará si la Luna se convierte en un destino frecuente de misiones robóticas, bases científicas, minería experimental o turismo espacial.

La pregunta ya no es solo cuántos objetos hemos dejado allí. Es qué vamos a hacer con ellos cuando volvamos en serio. ¿Protegerlos como patrimonio? ¿Reciclarlos como recursos? ¿Apartarlos para evitar riesgos? ¿Dejarlos intactos como cápsulas del tiempo?

La Luna fue durante décadas un lugar al que llegábamos, dejábamos algo y nos íbamos. En los próximos años podría convertirse en un lugar donde volvamos una y otra vez. Y entonces ese viejo cementerio de naves dejará de ser una anécdota espacial para convertirse en una de las primeras grandes discusiones prácticas de la vida humana fuera de la Tierra.

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