La paradoja es bastante incómoda. Para mirar mejor el universo, la NASA lanzó un telescopio al espacio. Pero el espacio cercano a la Tierra ya no está tan limpio como antes. Está lleno de satélites, restos orbitales, constelaciones comerciales y proyectos aún más ambiciosos que prometen multiplicar varias veces la población actual de objetos en órbita baja.
Según un estudio publicado en arXiv por Alejandro S. Borlaff y otros investigadores vinculados al Centro Ames de la NASA, SPHEREx ya está sufriendo el impacto de esa saturación. El equipo analizó 6.000 imágenes tomadas entre mayo y septiembre de 2025 y encontró que el 73,3% contenía al menos una estela artificial de satélite, con una media de 2,18 trazas por exposición.
El problema no es que SPHEREx vea mal, sino que ve demasiado cerca de una autopista orbital
SPHEREx no es un telescopio cualquiera. La misión, cuyo nombre completo es Spectro-Photometer for the History of the Universe, Epoch of Reionization, and Ices Explorer, está diseñada para observar todo el cielo en luz infrarroja cercana. Según explica el Jet Propulsion Laboratory de la NASA, cada seis meses debe cartografiar la bóveda celeste completa en 102 bandas de color, muy por encima de la resolución cromática de mapas anteriores.
Ese mapa servirá para estudiar la historia de las galaxias, buscar señales vinculadas a la inflación cósmica y localizar hielo de agua, dióxido de carbono y otros ingredientes básicos para la vida en nubes interestelares. Según detalla JPL, SPHEREx también identificará objetivos que podrán ser observados después con instrumentos más específicos, como el James Webb.
El problema es su ubicación. SPHEREx orbita a unos 700 kilómetros sobre la Tierra, en una órbita heliosincrónica alineada con el terminador. Esa posición ayuda a mantener condiciones estables para observar, pero también lo coloca dentro de una región cada vez más poblada por satélites de comunicaciones, objetos activos, satélites inactivos y basura espacial.
Las imágenes aparecen cruzadas por “vías de tren”

El efecto visual es tan llamativo que los investigadores lo describen como unas “vías de ferrocarril”. Cuando un satélite brillante cruza el campo de visión de SPHEREx, su luz activa el algoritmo que normalmente protege los datos frente a rayos cósmicos. El sistema elimina la parte central de la señal, pero deja residuos luminosos a ambos lados, creando una línea oscura flanqueada por dos trazos brillantes.
Es una solución pensada para otro problema que, en este caso, termina generando una firma muy reconocible. SPHEREx no solo ve una raya: ve una cicatriz instrumental producida por un objeto artificial que pasa entre el telescopio y el cielo profundo.
La contaminación no siempre inutiliza una imagen por completo, pero sí degrada su valor científico. En misiones de cartografiado masivo, donde se busca construir mapas estadísticos muy precisos a partir de millones de señales débiles, cada línea artificial obliga a corregir, enmascarar, descartar o modelar datos que deberían venir del universo.
El escenario extremo: casi dos millones de satélites
La parte más inquietante está en la proyección. De acuerdo con IEEE Spectrum, las solicitudes recientes ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos contemplan aprobar hasta dos millones de satélites en órbita baja, frente a los aproximadamente 20.000 objetos que hoy ya están allí entre satélites y grandes restos orbitales. Si esos despliegues se concretaran, el nuevo estudio proyecta que el 100% de las imágenes de SPHEREx quedarían contaminadas por estelas, con una media de 189 trazas por imagen.
El propio trabajo de Borlaff y sus colegas actualiza modelos previos para incluir nuevas constelaciones propuestas a comienzos de 2026, entre ellas centros de datos orbitales y redes de telecomunicaciones de gran escala. El estudio calcula que, si se desplegaran 1.840.000 satélites propuestos, SPHEREx detectaría estelas en todas sus exposiciones.
Ahí cambia la dimensión del problema. Una estela ocasional puede tratarse como ruido. Casi doscientas por imagen convierten el ruido en paisaje.
Hubble ya había dado la primera señal de alarma
SPHEREx no es el primer telescopio espacial afectado. En 2023, un estudio publicado en Nature Astronomy analizó imágenes del Hubble y encontró que un 2,7% de las exposiciones individuales, con tiempos típicos de unos 11 minutos, ya estaban cruzadas por satélites. La fracción, además, aumentaba con el tiempo y dependía del campo de visión, la duración de la exposición, el filtro y la dirección observada.
La diferencia es que SPHEREx, por diseño, observa grandes regiones del cielo y repite barridos completos. Eso lo hace especialmente vulnerable a una órbita baja saturada. No está mirando un punto minúsculo durante una observación excepcional: está construyendo un mapa continuo, y cualquier población artificial que cruce su campo de visión se repite una y otra vez.
No se trata solo de astronomía bonita

La contaminación por satélites suele imaginarse como un problema estético: fotos arruinadas, rayas molestas, imágenes menos limpias. Pero la astronomía moderna no vive de postales. Vive de señales débiles, acumuladas, calibradas y comparadas con una precisión extrema.
SPHEREx busca medir la distribución de galaxias, el brillo colectivo de fuentes lejanas y la presencia de hielos moleculares en regiones donde nacen estrellas y planetas. Si las trazas de satélites se vuelven omnipresentes, el problema no será borrar unas líneas con software, sino distinguir qué parte de la señal pertenece al cosmos y qué parte fue fabricada por nuestra propia infraestructura orbital.
La órbita baja se está convirtiendo en una zona industrial
Las constelaciones de satélites tienen usos reales: internet, comunicaciones de emergencia, observación terrestre, conectividad rural, aplicaciones militares y, cada vez más, propuestas de centros de datos en órbita. GeekWire informó que SpaceX solicitó a la FCC autorización para desplegar hasta un millón de satélites dedicados al procesamiento de datos de inteligencia artificial en el espacio.
La pregunta no es si esos proyectos tienen utilidad. La pregunta es quién paga el coste científico de llenar la órbita baja con objetos brillantes, numerosos y cada vez más grandes. El estudio de SPHEREx apunta justamente a eso: el cielo cercano no es un espacio vacío donde cada operador puede sumar satélites sin consecuencias colectivas.
El telescopio que debía escapar de la Tierra no puede escapar de sus satélites
Lo más frustrante es que SPHEREx fue enviado al espacio para evitar muchas de las limitaciones de los observatorios terrestres: atmósfera, clima, absorción infrarroja, contaminación lumínica desde ciudades. Pero ahora se enfrenta a otra forma de contaminación, también producida por humanos, solo que más arriba.
El estudio no dice que SPHEREx haya quedado inservible. La misión sigue funcionando y existen métodos de mitigación para detectar, marcar y corregir estelas. Lo que sí muestra es que esa mitigación puede dejar de ser suficiente si la órbita baja crece sin límites razonables.
Por eso la imagen de las “vías de tren” es tan potente. No son simples rayas en una foto. Son la señal visible de una tensión nueva: estamos llenando de infraestructura la misma región desde la que intentamos observar el universo. Y, si no se regula a tiempo, algunos telescopios podrían pasar de mirar el cielo profundo a mirar, una y otra vez, el reflejo de nuestra propia tecnología.