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Ciencia

En 1807 dejaron cerdos en una isla desierta para alimentar a posibles náufragos. Casi 200 años después encontraron animales que escondían algo extraordinario para la medicina

Una población de cerdos sobrevivió aislada durante casi dos siglos en unas islas remotas de Nueva Zelanda. Cuando los científicos estudiaron a los animales, descubrieron características de gran interés médico.
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En 1807, el capitán Abraham Bristow tomó una decisión que parecía sencilla: dejar varios cerdos en una remota isla del océano Austral para que los marineros que naufragaran pudieran encontrar alimento. Lo que nadie imaginaba era que aquellos animales terminarían protagonizando una historia extraordinaria de adaptación, aislamiento y ciencia.

Durante generaciones, sus descendientes sobrevivieron sin ayuda humana en las islas Auckland, unos 560 kilómetros al sur de Nueva Zelanda. Allí enfrentaron temperaturas bajas, vientos intensos y una disponibilidad limitada de alimentos.

Cuando una expedición llegó en 1999, encontró una población de cerdos con características físicas muy diferentes a las de sus antepasados domésticos. Pero la mayor sorpresa no estaba en su apariencia, sino en una particularidad sanitaria que acabaría despertando el interés de la medicina.

Dejaron cerdos en una isla y casi dos siglos de aislamiento cambiaron su apariencia

En 1807 dejaron cerdos en una isla desierta para alimentar a posibles náufragos. Casi 200 años después encontraron animales que escondían algo extraordinario para la medicina
Un cerdo de las islas Auckland busca alimento entre algas y rocas de la costa. La escasez de recursos y las condiciones subantárticas favorecieron la supervivencia de animales resistentes. © Pete McClelland / Acuerdo para la Conservación de Albatros y Petreles (ACAP).

La primera introducción documentada ocurrió en 1807, aunque posteriormente se llevaron nuevos ejemplares durante el siglo XIX. Según una investigación publicada en el Journal of the Royal Society of New Zealand, los animales procedían probablemente de poblaciones domésticas europeas. Con el paso del tiempo, sus descendientes desarrollaron una apariencia característica: cuerpos relativamente pequeños, hocicos largos, pelaje abundante y gran agilidad.

La ausencia de alimentación proporcionada por humanos obligó a los cerdos a buscar raíces, invertebrados y otros recursos disponibles en el entorno. En enero de 1999, la Rare Breeds Conservation Society de Nueva Zelanda organizó una expedición que consiguió capturar 17 ejemplares, incluidas varias hembras preñadas, para preservar esa población en cautiverio. Los animales fueron trasladados a instalaciones especiales en Invercargill, donde comenzó un programa de reproducción controlada.

Los científicos descubrieron algo que podría resultar valioso para la medicina

En 1807 dejaron cerdos en una isla desierta para alimentar a posibles náufragos. Casi 200 años después encontraron animales que escondían algo extraordinario para la medicina
Los acantilados y las aguas del archipiélago de Auckland, al sur de Nueva Zelanda. El clima frío, los fuertes vientos y el aislamiento geográfico condicionaron la vida de los cerdos introducidos por navegantes. © Bill Day/supplied.

El aislamiento tuvo otra consecuencia importante: los cerdos estuvieron separados durante generaciones de muchas enfermedades habituales en las explotaciones ganaderas. Eso no significa que estuvieran libres de todos los microorganismos, pero sí presentaban características sanitarias interesantes para la investigación biomédica.

Un estudio publicado en Xenotransplantation en 2024 explica que algunos descendientes criados bajo condiciones controladas ya se habían utilizado como donantes de células pancreáticas en ensayos clínicos experimentales. Estos procedimientos se conocen como xenotrasplantes, porque implican transferir células, tejidos u órganos entre especies diferentes. En particular, los investigadores estudian las células de los islotes pancreáticos, encargadas de producir insulina, como posible estrategia para tratar la diabetes tipo 1.

Otra investigación publicada en Microorganisms analizó los retrovirus porcinos endógenos y permitió seleccionar animales sin determinadas variantes virales de interés para la seguridad de los trasplantes. La peculiar historia de aquellos cerdos terminó convirtiéndolos en candidatos para investigaciones que podrían contribuir al desarrollo de tratamientos médicos.

Una paradoja: pueden ayudar a los humanos, pero representan una amenaza para la isla

En 1807 dejaron cerdos en una isla desierta para alimentar a posibles náufragos. Casi 200 años después encontraron animales que escondían algo extraordinario para la medicina
Cerdos de una colonia de investigación vinculada a la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, en Alemania. Los descendientes de la población de Auckland se estudian como posibles donantes de células y órganos para xenotrasplantes. © Eckhard Wolf/LMU Munich.

Aunque su valor científico es importante, los cerdos salvajes provocaron graves daños ecológicos en las islas Auckland. Al remover el suelo para alimentarse, destruyen vegetación y alteran los hábitats de especies nativas. También pueden perjudicar a las aves marinas que anidan en el suelo. Según el Departamento de Conservación de Nueva Zelanda, los cerdos, gatos y ratones introducidos han contribuido al deterioro de los ecosistemas locales. Por eso, el organismo impulsa el proyecto Maukahuka, destinado a eliminar estas especies invasoras y recuperar la biodiversidad del territorio.

La estrategia plantea conservar la población porcina de interés científico fuera de la isla, mientras se intenta restaurar su ecosistema original. Así, una decisión tomada hace más de 200 años terminó produciendo dos consecuencias completamente diferentes: una amenaza ambiental y una oportunidad para la investigación médica. Aquellos cerdos abandonados para salvar a posibles náufragos acabaron convirtiéndose, generaciones después, en animales cuyo estudio podría ayudar a salvar vidas de una manera que nadie habría imaginado en 1807.

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