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Esta granja abandonada pasó años sin que nadie podara el césped y terminó demostrando algo sorprendente sobre la recuperación de la naturaleza sin intervención humana

Durante años, una finca inglesa dejó atrás la agricultura intensiva y permitió que el paisaje siguiera su propio rumbo. Los resultados sorprendieron incluso a los investigadores.
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A veces, recuperar un ecosistema no significa plantar árboles, construir infraestructuras o intervenir constantemente sobre el terreno. En una finca del sur de Inglaterra, la estrategia fue casi exactamente la contraria: dejar de controlar la naturaleza y observar qué ocurría.

Lo que en principio parecía el abandono de un terreno que ya no resultaba rentable terminó convirtiéndose en uno de los experimentos de recuperación ambiental más llamativos del Reino Unido. Con el paso de los años, los campos comenzaron a transformarse, aparecieron nuevos hábitats y animales que habían desaparecido o eran poco frecuentes encontraron nuevamente un lugar donde vivir.

La historia comenzó en el año 2000, cuando la agricultura intensiva dejó de ser económicamente viable en una finca de West Sussex. Durante décadas, el terreno había dependido de maquinaria pesada, fertilizantes, pesticidas, drenajes y otras técnicas destinadas a mantener el paisaje bajo control.

Pero los propietarios decidieron cambiar completamente de estrategia. En lugar de buscar otra forma de hacer productiva la tierra, permitieron que el ecosistema recuperara parte de sus procesos naturales.

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© K-FK – shutterstock

El día en que dejaron de controlar el paisaje

Uno de los primeros cambios consistió en retirar kilómetros de cercas que dividían la finca. Al desaparecer esas barreras, los animales pudieron desplazarse por áreas más amplias y el territorio recuperó una mayor continuidad.

También dejaron de mantener los sistemas artificiales de drenaje que habían sido utilizados durante años para mantener secos los campos. Sin esa intervención, el agua empezó a regresar a sus recorridos naturales y algunas zonas volvieron a inundarse temporalmente.

El resultado fue una transformación progresiva del paisaje. Aparecieron estanques, humedales y áreas encharcadas que ofrecieron nuevos espacios para anfibios, aves, insectos y otras especies.

La maquinaria y los pesticidas también quedaron fuera de la ecuación. Sin embargo, esto no significó dejar completamente solos a los animales y las plantas. La finca comenzó a utilizar grandes herbívoros para desempeñar algunas de las funciones que anteriormente realizaban las personas.

Cada especie aportó algo diferente. Las vacas abrieron senderos y removieron el suelo mientras se alimentaban. Los ponis mantuvieron determinadas zonas con vegetación baja. Los cerdos utilizaron su hocico para remover la tierra, creando espacios donde podían germinar nuevas plantas. Los ciervos, por su parte, consumieron brotes y ayudaron a limitar el avance de determinados árboles y arbustos.

Incluso aquellas plantas que normalmente serían consideradas maleza tuvieron la oportunidad de prosperar.

Las zarzas y los endrinos formaron grandes matorrales espinosos que proporcionaron refugio a numerosos animales. Además, estas estructuras naturales ofrecieron protección a los árboles jóvenes frente a los grandes herbívoros.

Así, especies como los robles pudieron crecer dentro de un paisaje mucho más dinámico que el de una finca agrícola convencional.

El cambio terminó apareciendo en las cifras

La transformación no quedó únicamente en una impresión visual. Los investigadores comenzaron a medir qué estaba sucediendo en el territorio y encontraron cambios importantes en la biodiversidad.

Los estudios realizados por investigadores de la Universidad Queen Mary de Londres mostraron que una de las zonas de la finca, conocida como Knepp, había ganado alrededor de 96 hectáreas de hábitat de matorral entre 2001 y 2019. La superficie equivale aproximadamente a 1,3 millones de metros cuadrados.

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© Amy Lutz – shutterstock

Pero uno de los datos más llamativos apareció al analizar las aves reproductoras.

En el bloque sur de Knepp, los registros mostraron un aumento del 916 % en la abundancia de aves reproductoras entre el censo inicial realizado en 2007 y los registros posteriores. Al mismo tiempo, la riqueza de especies de aves aumentó un 132 %.

Los investigadores también documentaron una expansión considerable de los hábitats de matorral y un incremento en la diversidad de insectos.

Estos resultados muestran que la recuperación ambiental no necesariamente depende de reconstruir cada parte de un ecosistema de manera artificial. En determinadas circunstancias, reducir la intervención humana puede permitir que procesos naturales que habían sido interrumpidos durante décadas vuelvan a aparecer.

La experiencia de Knepp no significa que abandonar cualquier terreno vaya a producir automáticamente los mismos resultados. El clima, el suelo, las especies presentes y la historia de cada ecosistema influyen en su capacidad de recuperación.

Pero esta finca inglesa ofrece una idea difícil de ignorar: después de décadas de intentar controlar cada aspecto del paisaje, en ocasiones la naturaleza puede hacer mucho más cuando simplemente se le permite volver a actuar.

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