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Ciencia

La NASA estaría a semanas de su mayor desafío en décadas. Volver a enviar astronautas más allá de la órbita terrestre rumbo a la Luna

Más de medio siglo después del último viaje tripulado al espacio profundo, la NASA se prepara para una misión que no busca alunizar, pero sí demostrar algo aún más delicado: que la humanidad puede volver a alejarse de la Tierra sin saber exactamente con qué se va a encontrar.
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Durante décadas, el regreso de astronautas estadounidenses a la Luna fue una promesa recurrente que se activaba y se congelaba al ritmo de los cambios políticos. Cada nueva administración redefinía prioridades, presupuestos y calendarios. Pero en 2026, por primera vez en mucho tiempo, el objetivo vuelve a verse cercano y concreto.

La misión Artemis II, parte central del programa lunar de la NASA, está prevista para despegar en febrero y marcará un punto de inflexión histórico: será el primer vuelo tripulado que abandone la órbita terrestre baja desde el Apolo 17 en 1972.

No se trata de nostalgia. Se trata de probar si, después de más de 50 años, todavía sabemos cómo mover humanos con seguridad por el espacio profundo.

Un viaje que no imita al Apolo

La NASA estaría a semanas de su mayor desafío en décadas. Volver a enviar astronautas más allá de la órbita terrestre rumbo a la Luna
© Kim Shiflett/NASA.

Artemis II no es una repetición moderna de las misiones Apolo. De hecho, hace casi todo distinto. La cápsula Orion no entrará en órbita lunar baja ni intentará un alunizaje. En su lugar, realizará una amplia maniobra de “tirachinas” alrededor de la Luna, una trayectoria diseñada para traer a la tripulación de regreso incluso si algo falla en el sistema de propulsión.

Este perfil de vuelo, explica CNN, responde a una realidad simple: Orion es más grande, más pesada y más compleja que las cápsulas Apolo. Su arquitectura obliga a pensar el viaje de otra manera, priorizando redundancias y márgenes de seguridad frente a la cercanía con la superficie lunar.

El resultado será un recorrido que permitirá a los astronautas observar regiones de la Luna que nunca han sido vistas directamente por humanos, especialmente del lado oculto, siempre orientado en sentido contrario a la Tierra.

Cuatro astronautas y una frontera olvidada

La tripulación de Artemis II está compuesta por Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch, de la NASA, y Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense. Juntos, viajarán más lejos de la Tierra que cualquier otro ser humano en más de cinco décadas.

Pero la distancia no es solo simbólica. En el punto más cercano a la superficie lunar, la nave pasará por un tramo crítico: 45 minutos sin comunicación con la Tierra. Una pérdida de señal total, conocida en la jerga de la agencia como LOS (Loss of Signal).

No es un fallo. Es parte del plan. Y también una prueba psicológica. Durante ese tiempo, la tripulación estará completamente sola, sin posibilidad de asistencia inmediata desde el control de misión.

Volver al espacio profundo significa volver a lo desconocido

La exploración más allá de la órbita terrestre baja implica enfrentarse a un entorno que la mayoría de los astronautas modernos nunca ha experimentado. Radiación más intensa, mayor aislamiento y una exposición prolongada a condiciones que siguen siendo, en muchos aspectos, un misterio.

Los astronautas de la Estación Espacial Internacional todavía se mueven dentro del “escudo” protector del campo magnético terrestre. Artemis II no. A casi 385.000 kilómetros de la Tierra, la tripulación quedará expuesta a un clima espacial mucho más agresivo.

Por eso, esta misión no solo estudia la Luna. Estudia a los propios astronautas. A bordo viajarán instrumentos para analizar sueño, estrés, funciones cognitivas, respuestas inmunológicas y salud cardiovascular. Incluso se enviarán pequeños chips con tejidos de órganos humanos para observar cómo reaccionan al espacio profundo.

No es exagerado decirlo así: la ciencia principal de Artemis II es entender cómo resiste el cuerpo humano cuando se aleja de casa.

Una nave nueva, una prueba real

Aunque Orion ya voló alrededor de la Luna en Artemis I (una misión no tripulada en 2022), Artemis II será la primera vez que sus sistemas de soporte vital funcionen en condiciones reales, con personas dentro.

Y hay un elemento que concentra buena parte de la tensión: el escudo térmico. Durante Artemis I, este componente mostró un desgaste inesperado al reingresar a la atmósfera terrestre, cuando la cápsula alcanzó temperaturas superiores a los 2.760 °C. El daño no fue crítico, pero sí suficiente como para obligar a la NASA a dedicar más de un año a investigar y corregir el problema.

El reingreso de Artemis II será, por tanto, una prueba definitiva. No hay simulaciones que valgan cuando hay una tripulación a bordo.

Política, competencia y el reloj chino

La NASA estaría a semanas de su mayor desafío en décadas. Volver a enviar astronautas más allá de la órbita terrestre rumbo a la Luna
© NASA/Bill Ingalls.

El contexto en el que despegará Artemis II no es solo técnico. También es geopolítico. En Washington, la exploración lunar volvió a ser vista como una prioridad estratégica ante el avance acelerado del programa espacial chino.

La misión no aluniza, pero abre el camino para Artemis III, prevista para más adelante en la década y destinada a llevar astronautas al polo sur lunar por primera vez en la historia. Esa región es clave por sus posibles reservas de hielo, esenciales para futuras bases permanentes.

En ese sentido, Artemis II funciona como una declaración de intenciones: Estados Unidos quiere demostrar que todavía puede liderar la exploración humana del espacio profundo.

Diez días que decidirán la próxima década

Durante los aproximadamente 10 días que durará la misión, los astronautas no serán pasajeros. Operarán sistemas, documentarán la superficie lunar, realizarán observaciones geológicas y pondrán a prueba cada componente crítico de la nave.

Mientras Orion pase por el lado oculto de la Luna, la tripulación fotografiará cráteres, flujos de lava antiguos y formaciones que ayudarán a reconstruir la historia geológica del satélite. Información clave para cuando, en futuras misiones, los astronautas vuelvan a pisar suelo lunar.

Mucho más que un viaje

Artemis II no promete banderas ni huellas sobre el regolito. Promete algo menos vistoso, pero más importante: datos, certezas y límites. Saber hasta dónde se puede llegar, qué falla, qué funciona y qué debe mejorarse antes de pensar en estancias prolongadas en la Luna… o en viajes a Marte.

Después de medio siglo sin aventurarse tan lejos, la NASA vuelve a enfrentarse a la misma pregunta que en los años setenta, pero con herramientas distintas y objetivos más ambiciosos: ¿estamos realmente preparados para salir otra vez al espacio profundo?

En febrero, cuatro astronautas empezarán a responderla. Y el resto del mundo mirará, en silencio, esperando que la señal vuelva.

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