Un rinoceronte podía proporcionar a los neandertales una enorme cantidad de carne, grasa y otros recursos. Pero su utilidad quizá no terminaba cuando el animal había sido consumido. Dentro de su boca había piezas excepcionalmente duras, pesadas y fáciles de sujetar que podían convertirse en algo parecido a un martillo prehistórico.
Eso es lo que propone una investigación publicada en 2026 en el Journal of Human Evolution. Según el equipo dirigido por Alicia Sanz-Royo, de la Universidad de Aberdeen, y Juan Marín, de la UNED, algunas marcas encontradas en dientes fósiles no fueron producidas por la masticación, los carnívoros ni la presión de los sedimentos. Todo apunta a que aparecieron cuando los neandertales golpearon con ellos materiales duros, probablemente herramientas de piedra.
La conclusión no significa que todos los neandertales europeos llevaran dientes de rinoceronte en su equipamiento. Las pruebas más claras proceden únicamente de dos yacimientos: la cueva de El Castillo, en el norte de España, y Pech-de-l’Azé II, en el suroeste de Francia. Sin embargo, el hallazgo amplía de forma inesperada la variedad de materiales que estos grupos eran capaces de aprovechar.
La pista estaba en unas marcas que no parecían naturales

La sospecha comenzó con una rareza arqueológica. En el yacimiento francés de Payre, el 91% de los restos de rinoceronte de una de las capas eran dientes aislados, una proporción difícil de explicar únicamente mediante el despiece o el consumo del animal.
Además, algunos presentaban muescas, pequeños desprendimientos de esmalte y fracturas repetidas en zonas concretas. Según detalla el estudio, ya se habían encontrado concentraciones similares en yacimientos como La Caune de l’Arago, en Francia, y Panxian Dadong, en China, pero hasta ahora faltaban experimentos sistemáticos capaces de distinguir una herramienta de un diente deteriorado naturalmente.
El proyecto RINO revisó materiales de 12 yacimientos del Paleolítico medio situados en España y Francia. Entre todos ellos, solo El Castillo y Pech-de-l’Azé II mostraron fracturas y pérdidas recurrentes de esmalte con las características que buscaba el equipo.
Los investigadores examinaron 281 dientes arqueológicos procedentes de ambos lugares. Para establecer con qué podían compararlos, analizaron también 168 restos de cuatro conjuntos paleontológicos y otros 236 dientes modernos conservados en el Museo Nacional de Historia Natural de París.
La gran pregunta seguía abierta: ¿aquellas huellas habían aparecido porque alguien utilizó los dientes o eran simplemente el resultado de miles de años enterrados?
Para comprobarlo, tuvieron que conseguir dientes de zoológicos
Responder exigía fabricar las mismas marcas desde cero. El equipo consiguió 18 molares y premolares de rinoceronte blanco proporcionados por tres zoológicos franceses: Peaugres, Sigean y Montpellier.
Con esos dientes, arqueólogos experimentados repitieron tareas que podían haberse realizado durante el Paleolítico. Los utilizaron para retocar bordes de sílex, golpear piezas de cuarzo, fabricar lascas y como pequeños yunques sobre los que trabajar materiales duros.
De acuerdo con el artículo publicado en el Journal of Human Evolution, el esmalte de rinoceronte resulta especialmente adecuado para estas actividades. Es extremadamente resistente a los impactos y, cuando el diente está desgastado, su superficie se vuelve más plana y cómoda para golpear o apoyar otros objetos.
Los investigadores también intentaron reproducir procesos que nada tenían que ver con la intervención humana. Sometieron otros dientes a abrasión, presión y compactación sedimentaria para observar qué daños aparecían cuando eran enterrados y desplazados entre tierra y piedras.
Las diferencias resultaron bastante claras.
Los dientes modernos acabaron marcados igual que los fósiles
Los experimentos de talla y percusión produjeron áreas descamadas, pequeñas depresiones, muescas, fracturas y marcas de deslizamiento. Su forma, su ubicación y su frecuencia coincidían con las observadas en los dientes encontrados en El Castillo y Pech-de-l’Azé II.
En cambio, la abrasión y la presión del sedimento generaron pulido, fisuras y fracturas secas diferentes. Los restos procedentes de acumulaciones naturales o asociadas con carnívoros tampoco presentaban la misma combinación de huellas.
El análisis microscópico aportó otra pista importante. Según explica el estudio, dentro de las muescas arqueológicas no aparecieron las señales de desgaste que dejarían las plantas, el polvo y la masticación. Eso indica que las modificaciones se produjeron después de la muerte del animal y no mientras el rinoceronte se alimentaba.
Los autores sostienen que la explicación más probable es que los dientes se utilizaran en actividades de percusión directa. Podían funcionar como martillos relativamente blandos para retocar el filo de una herramienta, como percutores para desprender fragmentos o incluso como pequeños yunques.
La investigación habla, no obstante, de una atribución probable y no de una certeza absoluta. No se ha encontrado a un neandertal utilizando uno de esos dientes ni puede reconstruirse exactamente cada tarea realizada. Lo que existe es una coincidencia experimental muy difícil de explicar mediante procesos naturales.
Parece que preferían los dientes de los rinocerontes más viejos

Buena parte de los ejemplares modificados estaban muy desgastados. Eso significa que procedían de animales de edad avanzada, cuyos molares habían quedado más planos tras años de masticación.
Según plantean los investigadores, los neandertales pudieron seleccionar esos dientes precisamente porque resultaban más cómodos y estables. También existe otra posibilidad: los rinocerontes viejos podían ser presas más vulnerables o animales muertos a los que era más sencillo acceder mediante el carroñeo.
El estudio no permite saber si fueron cazados expresamente, encontrados muertos o aprovechados después de que otros depredadores abandonaran el cadáver. Tampoco demuestra que la práctica estuviera extendida por toda Europa. Por ahora, las evidencias más sólidas se concentran en dos yacimientos occidentales.
Para los neandertales, un animal también era una fuente de tecnología
Hace tiempo que sabemos que los neandertales utilizaban huesos y astas como retocadores, alisadores y herramientas de percusión. Los dientes de rinoceronte añaden una materia prima mucho menos evidente a ese repertorio.
Tal como explica la Universidad de Aberdeen, el hallazgo muestra que aquellos grupos no aprovechaban los animales únicamente como alimento. También reconocían las propiedades de sus restos y los reutilizaban para resolver problemas técnicos concretos.
Un diente adecuado reunía varias ventajas: pesaba lo suficiente para golpear, podía sujetarse con facilidad, resistía impactos repetidos y ofrecía una superficie relativamente plana. No hacía falta transformarlo demasiado. La herramienta ya venía prácticamente fabricada por la anatomía del rinoceronte.
Quedan muchas preguntas abiertas. No sabemos si los dientes se transportaban de un campamento a otro, cuánto tiempo se utilizaban ni si los neandertales escogían deliberadamente animales viejos. Tampoco está claro si esta costumbre era habitual o una solución local adoptada por unas pocas comunidades.
Lo que sí revela el estudio es una forma de inteligencia práctica fácil de pasar por alto. Allí donde nosotros veríamos un molar abandonado junto a los restos de una presa, los neandertales pudieron ver un objeto resistente, manejable y listo para trabajar la piedra.