Durante años, Salvador Dalí había soñado con conocer a Sigmund Freud. El pintor catalán consideraba al creador del psicoanálisis una de las mayores influencias intelectuales de su vida. Sus teorías sobre los sueños, el inconsciente y los deseos reprimidos habían transformado profundamente su manera de entender el arte. Pero había un problema: Freud no compartía precisamente aquel entusiasmo.
El médico austríaco desconfiaba del surrealismo, el movimiento artístico que había convertido sus teorías en una fuente de inspiración. Consideraba que sus representantes estaban demasiado interesados en explorar lo irracional y muy poco en comprenderlo científicamente. Todo cambió el 19 de julio de 1938, cuando ambos finalmente se encontraron en Londres.
La reunión fue breve, incómoda y bastante diferente de lo que Dalí esperaba. Sin embargo, dejó una consecuencia sorprendente: Freud terminó reconsiderando una opinión que había mantenido durante años sobre los artistas surrealistas, explica Infobae en este fenomenal informe.
El pintor que convirtió los sueños y el inconsciente en obras de arte

La fascinación de Dalí comenzó durante sus años de estudiante en Madrid, a principios de la década de 1920, cuando leyó La interpretación de los sueños. El libro lo impresionó tanto que empezó a interpretar sus experiencias personales, sus pensamientos y sus sueños utilizando conceptos del psicoanálisis.
Cuando se incorporó al surrealismo en 1929, aquella influencia ya era fundamental para su producción artística. Dalí desarrolló lo que denominó método paranoico-crítico, una técnica creativa basada en establecer asociaciones e interpretaciones múltiples de una misma imagen. Sus pinturas comenzaron a incluir objetos que parecían transformarse ante los ojos del espectador, figuras ambiguas y paisajes que recordaban al funcionamiento de los sueños.
Uno de los mejores ejemplos es La metamorfosis de Narciso, pintada en 1937. La obra presenta dos composiciones relacionadas: una figura humana inclinada sobre el agua y una mano petrificada que sostiene un huevo del que brota una flor. Según explica la Fundación Gala-Salvador Dalí, estas imágenes dobles fueron esenciales para su interpretación personal de las teorías freudianas. Y fue precisamente esta pintura la que decidió llevar a Londres para impresionar a su admirado Freud.
Una reunión en Londres, una pintura y un comentario que Dalí nunca olvidó

En 1938, Freud tenía 82 años y acababa de instalarse en Londres después de huir de la Austria ocupada por los nazis. Padecía un avanzado cáncer oral y su salud estaba considerablemente deteriorada.
Dalí recurrió al escritor Stefan Zweig, amigo personal del psicoanalista, para conseguir una reunión. El encuentro tuvo lugar en la residencia londinense de Freud, con la presencia de Zweig y del mecenas británico Edward James. Según reconstruye el Freud Museum de Londres, Dalí llegó acompañado de su pintura y de un artículo sobre su método paranoico-crítico. Esperaba discutir sus teorías sobre el inconsciente, pero la conversación no avanzó como imaginaba. Freud estaba enfermo, tenía dificultades auditivas y se mostró poco interesado en debatir los planteamientos psicológicos del artista.
Mientras los demás conversaban, Dalí comenzó a dibujar su rostro. Le fascinaba especialmente la forma de su cráneo, que relacionó con la espiral de un caracol. En sus recuerdos, el pintor aseguró que Freud terminó exclamando ante Zweig que nunca había visto a un español tan fanático. Dalí interpretó la reunión como una oportunidad parcialmente desaprovechada. Había conocido finalmente a su ídolo, pero no había conseguido demostrarle todo lo que deseaba.
La carta que reveló lo que Freud realmente pensaba de Salvador Dalí

La verdadera sorpresa llegó al día siguiente. El 20 de julio de 1938, Freud escribió una carta a Stefan Zweig agradeciéndole la presentación del pintor español. En ella reconocía que, hasta entonces, había considerado a los surrealistas prácticamente unos excéntricos incurables. Incluso utilizó una comparación provocadora: hablaba de un 95% de locura, como si estuviera describiendo la graduación del alcohol. Pero Dalí lo había sorprendido.
Freud destacó sus ojos intensos y, sobre todo, su indudable dominio técnico de la pintura. Aquella combinación lo llevó a reconsiderar su opinión sobre el movimiento artístico. La carta, conservada y estudiada por el Freud Museum, demuestra que la impresión final del psicoanalista fue más favorable de lo que Dalí había imaginado. Existe otra curiosidad relacionada con aquella visita. El pintor elaboró un retrato de Freud que, según el testimonio posterior de Zweig, nunca llegó a mostrarle.
El escritor consideraba que el dibujo evocaba demasiado claramente la proximidad de la muerte, algo especialmente delicado debido a la enfermedad del médico. Freud falleció en septiembre de 1939, poco más de un año después de aquella reunión. Para entonces, sus teorías ya habían transformado la psicología y también habían inspirado una revolución artística.
El encuentro no convirtió a Freud en surrealista ni consiguió que aceptara completamente las ideas de Dalí. Pero sí logró algo que parecía improbable: que uno de los mayores críticos intelectuales del movimiento reconociera el talento de uno de sus representantes más extraordinarios. Y todo comenzó con un pintor obsesionado con los sueños que, después de años de intentos, finalmente pudo sentarse frente al hombre que había cambiado su manera de mirar el mundo.