El proyecto arrancó en 1908, cuando los empresarios Fernando Robette y Agustín Poli llegaron a una franja de costa dominada por médanos, prácticamente deshabitada, en terrenos que entonces pertenecían a Manuel Guerrero. La idea era ambiciosa: reproducir en Argentina el espíritu de Oostende, uno de los balnearios más prestigiosos del Mar del Norte, con avenidas, parques, edificios públicos, un muelle y una rambla costera monumental. La fundación oficial se celebró el 6 de abril de 1913, el mismo año en que abrió el Hotel Termas, hoy conocido como el Viejo Hotel Ostende.
El error de cálculo no fue arquitectónico ni financiero, al menos no en un principio: fue geomorfológico. Los promotores subestimaron el comportamiento de un terreno dominado por médanos móviles, capaces de modificar caminos enteros y sepultar construcciones en apenas unas pocas tormentas seguidas.
Por qué una duna se mueve: la física detrás del desastre

Un médano no es un montículo de arena estático: es el resultado visible de un proceso físico llamado transporte eólico de sedimentos, que en la costa bonaerense ocurre predominantemente por saltación, un mecanismo en el que el viento levanta granos de arena, los hace rebotar sobre la superficie y, al impactar, expulsa nuevos granos que repiten el ciclo. Estudios geomorfológicos sobre la costa atlántica bonaerense describen un ambiente sedimentario de cuarzo y feldespato, de granulometría fina a media, que requiere niveles de energía eólica relativamente bajos para empezar a moverse: exactamente el tipo de terreno donde los vientos y las sudestadas frecuentes de la región pueden desplazar dunas completas en cuestión de meses.
Sin vegetación que ancle el sedimento, cada tormenta desarma lo construido: los accesos desaparecen bajo la arena, el transporte de materiales se vuelve casi imposible, y estructuras enteras terminan sepultadas. Es lo que documentó Canal26 sobre Ostende: una antigua capilla vinculada a Domingo Repetto quedó abandonada y terminó desapareciendo bajo los médanos, alimentando la leyenda local de la “iglesia sepultada” de la zona.
El otro golpe: una guerra que empezó en Sarajevo y terminó con el financiamiento en Ostende

Mientras la arena avanzaba, un segundo factor, esta vez completamente ajeno a la geografía, remató el proyecto: el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, apenas un año después de la fundación oficial de la villa. Según reconstruye Canal26, el conflicto comprometió el financiamiento europeo que sostenía las obras y frenó de forma definitiva el ritmo de construcción. Los inversores vinculados al capital belga regresaron a Europa, y la ciudad soñada perdió, de un año para el otro, tanto el respaldo económico como buena parte del sentido simbólico de su propio nombre: una Argentina neutral intentando imitar a una Bélgica que, en 1914, fue invadida y ocupada por Alemania como uno de los primeros episodios de la guerra en el frente occidental.
Es un cruce de escalas poco habitual incluso para la historia urbana: una decisión tomada en las cancillerías y los estados mayores de Europa, a más de 11.000 kilómetros de distancia, terminó de sellar el destino de un balneario en el partido de Pinamar con la misma fuerza que el viento y la arena locales.
La solución que sí funcionó, unos kilómetros más allá
La respuesta técnica al problema de los médanos móviles no se inventó en Ostende, sino que se perfeccionó en la zona en las décadas siguientes. Carlos Idaho Gesell, fundador de Villa Gesell, encaró desde 1931 un programa sistemático de fijación y forestación de dunas con especies exóticas de rápido enraizamiento, como pinos y acacias, para inmovilizar la arena antes de construir sobre ella. Pinamar siguió una lógica similar, con plantaciones forestales e instalación de viveros propios para fijar su propio campo de dunas desde los años 40.
La forestación no es, sin embargo, una solución sin matices. Investigaciones recientes sobre la dinámica de la costa atlántica bonaerense señalan que especies introducidas como el tamarisco, si bien fijan la arena, también elevan la altura de las dunas y modifican su comportamiento natural, actuando como barreras que concentran la arena transportada por el viento más cerca de las zonas urbanas. El enfoque actual, más de un siglo después del fracaso de Ostende, tiende a combinar forestación con especies nativas, cercos de contención (enquinchados) y regulaciones urbanísticas que directamente restringen la construcción sobre la franja más activa del sistema medanoso.
Un problema que la costa bonaerense todavía no resolvió del todo
La física que arruinó a Ostende sigue activa hoy. Relevamientos recientes sobre el norte de San Clemente del Tuyú describen acumulaciones de arena lo suficientemente grandes como para obligar a operativos periódicos con maquinaria pesada solo para mantener despejada la traza urbana, más de un siglo después de que el mismo fenómeno enterrara el sueño europeo de Ostende. La diferencia, hoy, es que existe un cuerpo de conocimiento geomorfológico específico (estudios de movilidad dunar, censos de vegetación, modelos de elevación digital) que en 1913 nadie tenía a mano.
Ostende, mientras tanto, encontró su propio destino sin necesidad de parecerse a su homónima belga: se consolidó como un balneario de perfil bajo, con la arena finalmente estabilizada por décadas de forestación posterior, y con los restos de la rambla original, el viejo hotel y la residencia de Robette como los únicos testigos visibles de la ciudad que la geografía y una guerra europea, combinadas, no dejaron completar.