La Antártida es uno de los lugares más aislados de la Tierra, pero durante mucho tiempo se creyó que esa barrera geográfica apenas suponía un obstáculo para los microorganismos. Las bacterias pueden desplazarse transportadas por el viento, el polvo o el agua, recorriendo distancias enormes sin necesidad de moverse por sí mismas. Sin embargo, una investigación internacional encontró evidencias de que el continente helado alberga linajes bacterianos que no se han detectado en ningún otro lugar estudiado. Y lo más sorprendente es que pertenecen a un grupo que normalmente aparece en suelos de todo el planeta.
El trabajo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), analizó bacterias del género Arthrobacter presentes en suelos antárticos y las comparó con muestras procedentes de otros continentes. Los resultados indicaron que aproximadamente el 90% de los linajes identificados en la Antártida no aparecía en los conjuntos de datos examinados fuera de ella. El hallazgo aporta nuevas evidencias de que el aislamiento geográfico también puede moldear la evolución de organismos microscópicos.
Una bacteria común terminó revelando una historia evolutiva completamente diferente

Para comprobar si la Antártida contenía microorganismos exclusivos, los investigadores eligieron deliberadamente un género bacteriano ampliamente distribuido. Arthrobacter habita suelos de regiones tropicales, templadas y polares, de modo que parecía un candidato adecuado para poner a prueba la idea de que las bacterias pueden dispersarse prácticamente por cualquier lugar.
El equipo, encabezado por Nicholas Dragone y Noah Fierer, de la Universidad de Colorado Boulder, examinó más de 100 cepas antárticas y las comparó con cerca de 500 procedentes de otras regiones. También incluyó ambientes extremos como el desierto de Atacama, Svalbard y la meseta tibetana, donde las condiciones de frío o sequedad podrían favorecer microorganismos similares.
Según explicó el Instituto Cooperativo de Investigación en Ciencias Ambientales (CIRES), la mayoría de los linajes antárticos presentaba diferencias genéticas suficientes para distinguirlos de los encontrados fuera del continente. La conclusión apunta al endemismo, un fenómeno por el que determinados organismos evolucionan y permanecen asociados a regiones específicas.
El resultado no demuestra que esos microorganismos sean absolutamente exclusivos de la Antártida. Podrían existir poblaciones todavía no identificadas en otros lugares. Pero sí cuestiona la idea de que la capacidad de dispersión de las bacterias termina borrando cualquier diferencia geográfica.
Estas bacterias encontraron una ventaja evolutiva donde casi nada puede sobrevivir

La investigación también reveló que las diferencias no se limitaban al ADN. Los científicos cultivaron microorganismos antárticos en condiciones controladas y los compararon con cepas de otras regiones, exponiéndolos a temperaturas bajas y situaciones de escasez de agua.
Los resultados mostraron una característica particular: las bacterias antárticas tendían a multiplicarse más lentamente, pero presentaban una mayor resistencia frente a determinadas condiciones ambientales extremas. Según los resultados disponibles en PubMed, sus características genómicas y fisiológicas son compatibles con una adaptación específica al frío y la sequedad.
Esta estrategia podría resultar especialmente beneficiosa en suelos donde los nutrientes escasean, las temperaturas permanecen bajo cero durante buena parte del año y el agua líquida aparece de forma limitada. En semejante entorno, reproducirse rápidamente no siempre constituye una ventaja. Resistir durante periodos prolongados puede resultar mucho más importante.
El descubrimiento también tiene implicaciones para la conservación ambiental. Si determinadas comunidades bacterianas evolucionaron de forma aislada, la introducción accidental de microorganismos externos podría alterar ecosistemas cuya diversidad apenas estamos comenzando a comprender.
Por eso, las directrices ambientales del Programa Antártico Australiano exigen limpiar y revisar cuidadosamente el calzado, la ropa y los equipos antes de ingresar al continente. Del mismo modo, el Portal de Ambientes Antárticos identifica estas actividades humanas como posibles vías de introducción de especies no autóctonas.

La investigación no demuestra que las bacterias analizadas ya estén amenazadas por visitantes o bases científicas, pero sí ofrece una razón adicional para proteger sus hábitats.
Durante décadas, la biodiversidad antártica fue representada principalmente por pingüinos, focas y otras especies adaptadas al hielo. Ahora sabemos que parte de su singularidad también se encuentra bajo nuestros pies. Y que incluso organismos demasiado pequeños para observarse a simple vista pueden conservar una historia evolutiva que no se repite en otros lugares conocidos.