No se parece a una pila ni es una versión diminuta de la batería de un coche eléctrico. El dispositivo desarrollado en Australia es una pequeña estructura de capas orgánicas, iluminada con láseres y encerrada entre espejos. Sin embargo, ya hace las tres cosas necesarias para que pueda ser considerada una batería: absorbe energía, la conserva durante un tiempo y permite recuperarla como corriente eléctrica.
Ese último paso es el que convierte al experimento en algo importante. Los prototipos anteriores habían demostrado algunos comportamientos propios de una batería cuántica, pero ninguno había cerrado el ciclo completo. El trabajo, liderado por el CSIRO junto a la Universidad de Melbourne y RMIT, fue publicado en marzo de 2026 en la revista Light: Science & Applications.
La batería que rompe una de las reglas más intuitivas de la energía

Una batería convencional suele tardar más en cargarse cuanto mayor es su capacidad. Aquí sucede lo contrario. Los investigadores fabricaron ocho dispositivos con diferentes cantidades de moléculas activas y observaron que, al aumentar su tamaño, el tiempo necesario para absorber energía disminuía.
La explicación está en el comportamiento colectivo de las partículas. Dentro de la microcavidad, las moléculas de ftalocianina de cobre interactúan intensamente con la luz y forman estados híbridos de materia y fotones. En lugar de absorber energía de manera independiente, comienzan a actuar como un único sistema coordinado.
El resultado es la denominada superabsorción. La capacidad aumenta con el número de moléculas, pero también lo hace la intensidad de su acoplamiento con la luz. Según el estudio, el tiempo de carga disminuye aproximadamente siguiendo una relación inversa con la raíz cuadrada del número de moléculas.
Los procesos iniciales fueron registrados en escalas de femtosegundos, mientras que el tiempo de carga medido en los distintos dispositivos fue de apenas unos pocos picosegundos (billonésimas de segundo). Decir simplemente que se carga “en menos de un segundo” es, por tanto, correcto, pero esconde casi todo lo extraordinario del resultado.
El gran avance es que ahora puede entregar electricidad

La primera demostración de superabsorción, publicada en 2022, lograba introducir energía en una microcavidad, pero no ofrecía una forma práctica de extraerla. El nuevo diseño añadió capas de transporte y bloqueo de cargas, además de una combinación de ftalocianina de cobre y fullereno, para separar los electrones excitados y producir corriente.
La energía pasa primero a un estado molecular metaestable. Este permanece activo entre 10 y 50 nanosegundos, alrededor de un millón de veces más que el pulso utilizado para iniciar la carga. Después puede recuperarse como trabajo eléctrico.
Los dispositivos alcanzaron densidades máximas de potencia de entre 10 y 40 microvatios por centímetro cuadrado. También triplicaron la conversión de fotones en carga frente a las estructuras de control sin microcavidad. Son cifras suficientes para demostrar el fenómeno, pero insignificantes frente a las necesidades de un teléfono, un portátil o un vehículo.
No cargará coches en movimiento, al menos no en mucho tiempo
James Quach, responsable del proyecto, imagina baterías cargadas inalámbricamente mediante luz: drones capaces de recibir energía mientras vuelan o coches que no necesiten detenerse para recargar. Pero el propio CSIRO presenta el dispositivo como una prueba de concepto y reconoce que el siguiente obstáculo consiste en prolongar radicalmente el tiempo de almacenamiento.
Tampoco acelerará por sí sola el descubrimiento de medicamentos. Una futura batería cuántica podría alimentar componentes de ordenadores cuánticos con gran precisión, y serían esos ordenadores los que eventualmente podrían mejorar ciertas simulaciones moleculares.
La aplicación más cercana quizá no sea reemplazar las baterías de litio, sino mejorar sistemas fotovoltaicos capaces de captar energía con poca luz o alimentar dispositivos cuánticos extremadamente pequeños. El prototipo actual no cambiará cómo cargamos el móvil mañana. Lo que sí acaba de demostrar es que una batería puede obedecer unas reglas completamente diferentes a las que llevamos más de un siglo utilizando.