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Ciencia

En 1983, unos científicos dejaron dos pequeños roedores durante 24 horas sobre un volcán devastado. Seis años después, encontraron 40.000 plantas creciendo donde casi no había vida

Tras la erupción del monte Santa Helena, unos científicos soltaron pequeños roedores durante 24 horas sobre un terreno prácticamente estéril. Seis años después encontraron 40.000 plantas, y un estudio descubrió que sus efectos seguían presentes cuatro décadas más tarde.
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En mayo de 1980, el monte Santa Helena, en Estados Unidos, protagonizó una de las erupciones volcánicas más devastadoras de la historia reciente del país. La explosión destruyó extensas zonas de bosque, cubrió el paisaje con cenizas y piedra pómez, y convirtió enormes superficies en terrenos donde apenas conseguía sobrevivir la vegetación. Parecía que recuperar aquel ecosistema exigiría décadas de trabajo.

Pero tres años después, dos investigadores decidieron probar algo bastante extraño: llevar pequeños roedores excavadores hasta el volcán, dejarlos remover la tierra durante un solo día y observar qué sucedía.

La decisión parecía insignificante frente a la magnitud del desastre. Sin embargo, seis años después, las parcelas experimentales albergaban alrededor de 40.000 plantas. Y cuando los científicos regresaron décadas más tarde, descubrieron algo todavía más sorprendente: las huellas de aquellos animales seguían presentes bajo tierra.

Un volcán había destruido el paisaje. Dos pequeños roedores consiguieron cambiar su recuperación

En 1983, unos científicos dejaron dos pequeños roedores durante 24 horas sobre un volcán devastado. Seis años después, encontraron 40.000 plantas creciendo donde casi no había vida
Terreno cubierto de cenizas, rocas volcánicas y restos de árboles tras la erupción del monte Santa Helena en 1980. En algunas zonas afectadas, los investigadores estudiaron cómo pequeños roedores excavadores podían acelerar la recuperación de la vegetación. © Getty Images / Paul A. Souders.

En 1983, los investigadores Michael Allen, de la Universidad de California en Riverside, y James McMahon, de la Universidad Estatal de Utah, viajaron hasta una zona del monte Santa Helena cubierta por materiales volcánicos. Su objetivo era comprobar si las tuzas, pequeños roedores norteamericanos conocidos por excavar extensas galerías subterráneas, podían favorecer la recuperación de los suelos.

Los científicos colocaron estos animales en dos parcelas delimitadas, donde permanecieron únicamente 24 horas antes de ser retirados. En aquellos terrenos apenas crecían unas pocas plantas, pese a que algunas semillas habían llegado transportadas por aves.

El resultado superó sus expectativas. Según el comunicado publicado por la Universidad de California, seis años después se contabilizaron aproximadamente 40.000 plantas en las parcelas donde habían trabajado las tuzas. Las zonas cercanas que no recibieron el mismo tratamiento permanecían mucho menos pobladas de vegetación.

Los roedores no habían plantado un bosque. Su contribución consistió en hacer algo que realizan de forma natural: excavar, desplazar tierra y modificar las condiciones del subsuelo.

El verdadero secreto no estaba en los animales, sino en los organismos invisibles que transportaban

Las tuzas son lo que los ecólogos denominan ingenieros de ecosistemas: animales capaces de transformar físicamente su entorno y crear condiciones aprovechables por otras especies.

Al construir túneles, mezclan capas del suelo, trasladan materia orgánica y contribuyen a distribuir microorganismos. Entre estos últimos destacan los hongos micorrícicos, que establecen relaciones de cooperación con las raíces de las plantas.

Estos hongos facilitan la absorción de agua y nutrientes, mientras reciben compuestos de carbono producidos mediante la fotosíntesis. En un terreno volcánico empobrecido, esa relación puede marcar la diferencia entre que una semilla consiga desarrollarse o muera poco después de germinar. Pero faltaba comprobar si los efectos del experimento habían desaparecido con el tiempo.

En 1983, unos científicos dejaron dos pequeños roedores durante 24 horas sobre un volcán devastado. Seis años después, encontraron 40.000 plantas creciendo donde casi no había vida
Una tuza junto a la vegetación que crecía sobre los depósitos volcánicos del monte Santa Helena. En 1983, científicos introdujeron estos pequeños roedores durante apenas 24 horas en parcelas experimentales y, seis años después, encontraron unas 40.000 plantas creciendo en los terrenos intervenidos. © Mike Allen / Universidad de California en Riverside (UCR).

La respuesta llegó en noviembre de 2024, cuando un equipo publicó en Frontiers in Microbiomes un análisis de los microorganismos presentes en los suelos del monte Santa Helena. Las muestras revelaron diferencias significativas entre las parcelas históricamente ocupadas por tuzas y las zonas de comparación.

Más de 40 años después, aquella intervención de un solo día seguía asociada con comunidades microbianas diferentes.

Un experimento de hace cuatro décadas podría cambiar nuestra forma de restaurar ecosistemas

Los investigadores también examinaron zonas forestales con historias distintas. Algunos bosques maduros consiguieron recuperarse después de la erupción, mientras que terrenos talados previamente experimentaron una recuperación más limitada.

La diferencia apuntaba a la importancia de las comunidades biológicas que ya existían bajo tierra. El estudio encontró variaciones en los hongos y bacterias según el historial de gestión forestal, aunque no todas coincidieron con las hipótesis iniciales. Esto refuerza una idea fundamental: recuperar un ecosistema no consiste simplemente en plantar árboles, sino también en restablecer las relaciones biológicas que permiten su supervivencia.

Como explicó la investigadora Mia Rose Maltz a Oregon Public Broadcasting, los roedores transportaban pequeños conjuntos de organismos mediante su pelaje, sus patas y sus actividades subterráneas.

Esto no significa que soltar roedores indiscriminadamente sea una solución para cualquier desastre ambiental. El éxito depende de las especies locales, el suelo y las características del ecosistema. Pero el monte Santa Helena ha dejado una lección extraordinaria: una intervención pequeña puede desencadenar transformaciones que perduran durante generaciones.

Los científicos pensaron que estaban estudiando lo que dos pequeños roedores podían hacer en 24 horas. En realidad, terminaron descubriendo cómo una jornada de actividad bajo tierra podía dejar huellas visibles durante más de 40 años.

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