En marzo de 2020, millones de europeos recogieron sus ordenadores de la oficina y montaron un puesto de trabajo improvisado en casa. Cuando terminaron las restricciones, parecía que aquella experiencia había transformado para siempre la forma de trabajar.
Seis años después, el cambio se ha consolidado, pero no con la misma intensidad en todos los países. En buena parte del norte y centro de Europa, el teletrabajo ya forma parte habitual de la organización laboral. España, en cambio, se ha quedado a medio camino.
Un nuevo informe de Eurofound muestra que la proporción de empleados de la Unión Europea que trabaja desde casa al menos algunas veces pasó del 8% en 2015 al 22% en 2024. No todos son trabajadores completamente remotos: el dato también incluye a quienes teletrabajan ocasionalmente o combinan varios días en casa con otros en la oficina.

Europa avanzó, pero a diferentes velocidades
Luxemburgo registró el mayor crecimiento, con 30 puntos porcentuales más que en 2015. Alemania aumentó 26 puntos; Bélgica y Finlandia, 22; e Irlanda y Suecia, 20. En el extremo contrario, Hungría y Rumanía apenas cambiaron y se mantienen en el 7% y el 4%, respectivamente.
España aparece ligeramente por debajo de la media europea. Los datos del Instituto Nacional de Estadística indican que en 2024 el 7,8% de los ocupados trabajó desde su domicilio más de la mitad de los días, mientras que otro 7,6% lo hizo ocasionalmente. Sumados, representan alrededor del 15,4% del empleo, frente al 14,1% registrado un año antes.
Las cifras del INE y Eurofound no son directamente equivalentes, porque utilizan poblaciones y definiciones diferentes. Sin embargo, ambas muestran la misma fotografía general: el teletrabajo español creció después de la pandemia, pero no alcanzó el nivel de los países europeos que lideran esta modalidad.
El tipo de empleo marca la diferencia
Parte de esta brecha se explica por la estructura económica. En Europa, alrededor del 53% de los trabajadores de servicios financieros teletrabaja al menos ocasionalmente. El porcentaje alcanza el 42% en educación y el 35% en otros servicios profesionales.
En agricultura, por el contrario, solo llega al 5%, mientras que comercio y hostelería se mantienen en torno al 9%. Son actividades que dependen de instalaciones físicas, atención directa al público o trabajo manual y que difícilmente pueden trasladarse a una vivienda.
La diferencia también aparece entre ocupaciones. Directivos, profesionales y técnicos concentran la mayor parte del crecimiento, mientras que los trabajos manuales, comerciales y de atención presencial apenas han cambiado. Por eso, las regiones con más sedes corporativas, empleos tecnológicos y servicios financieros tienen muchas más posibilidades de adoptar modelos híbridos.
La desigualdad española también tiene una dimensión de género. Eurofound señala que España es el único país de la UE donde la diferencia resulta especialmente significativa: teletrabaja el 21% de los hombres, frente al 15% de las mujeres. La concentración femenina en sectores presenciales como los cuidados, el comercio y la hostelería ayuda a explicar parte de la distancia.

La flexibilidad también puede significar estar siempre conectado
Trabajar desde casa reduce desplazamientos y facilita organizar parte de la jornada, pero también puede borrar la frontera entre el empleo y la vida personal.
El 34% de quienes siguen un modelo híbrido recibe comunicaciones laborales fuera de su horario al menos varias veces al mes. Entre los teletrabajadores ocasionales, el porcentaje es del 28%, mientras que entre quienes acuden siempre al centro de trabajo baja al 17%. Además, el 32% de los teletrabajadores reconoce trabajar durante su tiempo libre, frente al 9% de los empleados completamente presenciales.
España reconoce legalmente el derecho a la desconexión digital desde 2018. El artículo 20 bis del Estatuto de los Trabajadores establece el derecho a desconectarse y protege la intimidad en el uso de dispositivos digitales, aunque su aplicación práctica depende en gran medida de las políticas internas de cada empresa.
El teletrabajo no desapareció con el final de la pandemia. En Europa se consolidó como una nueva forma de organización, especialmente en los puestos de mayor cualificación. Lo que muestran los datos es que España también participó en ese cambio, pero con menos intensidad: la revolución laboral que parecía inevitable terminó dependiendo del país, el sector y, sobre todo, de la empresa para la que trabaja cada persona.