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Durante cientos de años, el imperio romano sufrió el acoso constante de tribus bárbaras cuyas prácticas violentas llegaron a convertirse en una especie de mito entre los propios romanos. Un nuevo hallazgo arqueológico ha arrojado un poco de luz sobre algunas de ellas.

El problema de las referencias escritas que dejaron los historiadores de la época es que son escasas, provenían de fuentes indirectas y probablemente estuvieran teñidas de fantasía. La falta de restos de aquellas batallas hace muy difícil determinar cómo se comportaban exactamente aquellas tribus cuando se trataba de ir a la guerra.

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Un nuevo yacimiento encontrado cerca del río Illerup en Dinamarca puede cambiar por completo lo que sabemos de los conflictos bélicos antes del año 200. Arqueólogos de la Universidad de Aarhus y el Museo Moesgaard llevan años extrayendo nuevas muestras de lo que fue una especie de terreno maldito donde las tribus germanas practicaban sus rituales de guerra allá por el año 350 antes de Cristo.

Los huesos de Illerup cuentan una extraña historia. Para empezar corresponden a un grupo enorme de personas (entre 80 y 100 individuos confirmados). Son demasiados para considerarlos una sola tribu o asentamiemto. Además, todos los restos corresponden a hombres jóvenes. La datación por carbono confirma que todos murieron simultáneamente, y las abundantes fracturas no cicatrizadas indican que sufrieron una brutal paliza poco antes de morir. Los huesos están acompañados por algunos restos de armas como espadas, puntas de lanza o escudos. Son, en definitiva, soldados muertos en una batalla. Los investigadores explican que un pequeño ejército de guerreros trató de invadir el territorio de otra tribu... y perdió.

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Hasta aquí todo parece claro, pero la oscura historia de estos restos comienza a hacerse un poco más macabra. Los investigadores están muy seguros de que la batalla no tuvo lugar ahí, sino que los cadáveres fueron trasladados a esa zona, probablemente como señal de advertencia. Las huellas de carroñeros de todo tipo también confirman que pasaron entre seis y 12 meses a la intemperie hasta quedar prácticamente convertidos en esqueletos. Cuando los huesos estuvieron suficientemente al descubierto, diferentes cortes en los ligamentos hechos con herramientas prueban que los bárbaros regresaron a por los cadáveres para extraer algunos de los huesos.

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Todos los cráneos, por ejemplo, están hechos trizas en lo que parece algún tipo de ritual. Algunos huesos como los de la cadera se atravesaban con palos y probablemente se clavaban en el suelo.

El yacimiento no puede ser más macabro, pero arroja datos valiosísimos sobre cómo procedían los guerreros de aquella época. Desde luego no parecen el tipo de tribu a la que te gustaría hacer enfadar. Las excavaciones en Illerup continúan. [vía Science Alert]