Una piedra no servía simplemente por estar cerca. Hace unos 780.000 años, los grupos humanos que ocuparon las orillas de un antiguo lago del norte de Israel parecían conocer qué afloramientos producían los bloques adecuados, cuáles ofrecían las mejores lascas y qué tipo de basalto convenía utilizar para fabricar cada herramienta.
No tenían mapas, caminos señalizados ni instrumentos para analizar minerales. Sin embargo, un estudio publicado en Scientific Reports muestra que su relación con el paisaje era mucho más precisa de lo que podría sugerir una imagen tradicional de los primeros humanos recogiendo cualquier roca disponible. Los autores compararon la composición química de herramientas prehistóricas con la de antiguos flujos de basalto repartidos por el valle del Jordán.
Los resultados apuntan a una estrategia organizada: la mayor parte del material procedía de lugares situados en las inmediaciones del asentamiento, pero determinadas piezas fueron fabricadas con basaltos diferentes, seleccionados probablemente por sus propiedades. Ese patrón se repitió en varias capas arqueológicas, convirtiendo la elección de la piedra en una tradición transmitida durante generaciones.
Una huella química permitió reconstruir un paisaje que ya no existe
Gesher Benot Ya’akov se encuentra entre el mar de Galilea y la cuenca de Hula, en una región atravesada por la falla transformante del mar Muerto. Cuando los homininos achelenses ocuparon el lugar, vivían junto al paleo-Lago Hula y regresaron a sus orillas durante decenas de miles de años.
Las excavaciones dirigidas por Naama Goren-Inbar, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, han recuperado más de 20 niveles de ocupación. Allí se encontraron herramientas de sílex, caliza y basalto, junto con evidencias de uso controlado del fuego, aprovechamiento de plantas, procesamiento de animales y consumo de peces cocinados.
El problema era descubrir de dónde procedía el basalto. La zona sufrió intensos procesos de fallamiento, hundimiento, erosión y acumulación de sedimentos. Algunos afloramientos disponibles hace 780.000 años quedaron enterrados a decenas de metros de profundidad; otros pudieron desaparecer por completo.
Para reconstruir aquel terreno perdido, los investigadores analizaron elementos mayoritarios, elementos traza y tierras raras de las herramientas. Después compararon esas firmas geoquímicas con muestras tomadas de ocho flujos de basalto situados en un radio aproximado de diez kilómetros y con materiales extraídos de un pozo perforado hasta 121,5 metros bajo el propio yacimiento.
La mayoría de los grandes núcleos de piedra coincidía con basaltos disponibles a menos de un kilómetro. Algunas firmas, además, encajaban con capas que hoy permanecen sepultadas bajo Gesher Benot Ya’akov, lo que demuestra que esas rocas estuvieron expuestas cuando los antiguos habitantes recorrían la zona.
No buscaban simplemente basalto: buscaban el basalto correcto

Fabricar aquellas herramientas exigía una larga cadena de decisiones. Los homininos seleccionaban grandes losas, algunas destinadas a convertirse en núcleos de más de 20 kilos. Después extraían lascas de gran tamaño y las trabajaban hasta producir bifaces, principalmente hachas de mano y cuchillos de borde transversal conocidos como cleavers.
El estudio revela que no todas esas piezas compartían el mismo origen. La mayoría de los núcleos gigantes estaba vinculada con los basaltos locales, pero varios cleavers presentaban composiciones distintas de las observadas en las hachas de mano y en las fuentes actualmente visibles.
No puede afirmarse que los artesanos conocieran la composición química de las rocas, naturalmente. Lo que probablemente reconocían eran cualidades perceptibles: el tamaño de las losas, su forma, la disposición de las capas, su densidad, la presencia de fracturas y la facilidad con la que podían desprenderse grandes lascas.
Los cleavers requerían una planificación especialmente compleja porque su filo debía conservar una parte determinada de la lasca original. La presencia de basaltos diferentes sugiere que sus fabricantes buscaban de manera deliberada afloramientos capaces de proporcionar la geometría necesaria, en lugar de adaptar el diseño a cualquier piedra encontrada por casualidad.
Los autores describen un sistema híbrido. Los grupos explotaban intensamente los recursos cercanos para obtener los enormes bloques iniciales, pero también incorporaban materiales procedentes de fuentes adicionales, algunas más lejanas y otras imposibles de localizar en el paisaje moderno.
El conocimiento sobrevivió más que las personas que lo aprendieron
Quizá la señal más reveladora no se encuentra en una herramienta concreta, sino en la repetición. Las mismas decisiones sobre dónde conseguir el basalto y cómo utilizarlo aparecen en distintos horizontes arqueológicos, separados por miles de años.
Ninguna persona pudo conservar ese conocimiento durante todo ese tiempo. La continuidad implica que la información sobre el territorio, las rocas y las técnicas de talla debió transmitirse socialmente entre generaciones. Los nuevos miembros del grupo aprendían dónde estaban las fuentes, cómo reconocer los mejores bloques y qué materiales necesitaba cada clase de herramienta.
Hablar de una orientación “precisa” no significa que aquellos homininos utilizaran mapas mentales comparables con los nuestros. El estudio no permite reconstruir sus rutas ni conocer cuánto se alejaban en cada expedición. Lo que sí demuestra es una familiaridad estructurada con un entorno cambiante y una capacidad para conectar lugares específicos con necesidades tecnológicas futuras.
Gesher Benot Ya’akov no era únicamente un campamento bien situado junto al agua, las plantas y los animales. También estaba integrado en un territorio geológico conocido, recorrido y aprovechado de manera constante.
Hace 780.000 años, elegir una piedra ya implicaba recordar un lugar, anticipar una herramienta y enseñar a otro dónde encontrar el material adecuado. Antes de dibujar mapas, aquellos humanos habían convertido el paisaje entero en uno.