La historia de la tecnología suele contarse como una escalera. Una comunidad descubre un material, aprende a trabajarlo y transmite ese conocimiento hasta que alguien encuentra una técnica mejor. El yacimiento de Minferri, en Lleida, acaba de revelar que la prehistoria también estuvo llena de caminos abandonados.
Hace casi 4.000 años, las personas que habitaban este asentamiento de la Edad del Bronce ya sabían extraer plomo de minerales complejos. No lo obtenían accidentalmente mientras buscaban plata ni habían aprendido el procedimiento de comerciantes llegados del Mediterráneo oriental. Lo producían de forma intencionada mediante una tecnología propia.
Después sucedió algo bastante más desconcertante: dejaron de hacerlo.
Un estudio publicado en Antiquity identifica en Minferri la evidencia directa más antigua de fundición de plomo conocida en la península ibérica. Los residuos analizados datan aproximadamente de entre 1900 y 1700 a. C., entre 700 y 900 años antes de la llegada de los fenicios. Al relacionarlos con una cuenta de collar elaborada alrededor de 2800 a. C., los investigadores sitúan el comienzo de esta tradición unos 1.800 años antes de lo que se había aceptado hasta ahora.
Tres pequeños residuos demostraron que allí no solo se trabajaba cobre

Minferri no era una ciudad amurallada ni un gran centro industrial. El asentamiento, situado en Juneda, estaba formado por cabañas, fosas y numerosos silos excavados en el terreno. Entre los materiales recuperados durante sus excavaciones aparecieron vasijas utilizadas para procesar minerales y pequeños restos vitrificados que podían confundirse con los residuos habituales de la metalurgia del cobre.
La clave estaba en tres nódulos de escoria.
El equipo dirigido por Julia Montes-Landa, investigadora de la Universidad de Granada, estudió esos fragmentos mediante análisis químicos, microscopía óptica y técnicas capaces de observar su estructura interna. Su composición y las diminutas fases metálicas conservadas demostraron que habían sido generados al calentar minerales ricos en plomo a temperaturas suficientemente altas para separar el metal del resto de la roca.
La datación por carbono 14 de los contextos arqueológicos situó esa actividad entre 1900 y 1700 a. C. No se trata únicamente de un objeto acabado que pudo llegar mediante intercambio desde otro territorio. La escoria es el residuo que queda donde se realizó el proceso, una especie de basura industrial prehistórica que certifica que el metal fue producido en el propio asentamiento.
El descubrimiento también obliga a mirar de nuevo una pieza conocida desde hacía años. En la Coveta de l’Heura, en Tarragona, los arqueólogos habían encontrado una pequeña cuenta de plomo fechada alrededor del 2800 a. C. Los análisis isotópicos apuntaban a minerales locales, pero faltaban hornos, escorias o residuos que demostraran la existencia de una producción peninsular tan temprana.
Minferri aporta ahora la pieza que faltaba. Los autores consideran que aquella cuenta no fue una rareza importada, sino uno de los primeros rastros de una tradición metalúrgica que comenzó durante el tercer milenio a. C. y continuó, al menos de manera intermitente, hasta la Edad del Bronce.
El plomo llegó antes que los fenicios, pero mediante una receta completamente diferente

Hasta ahora, el relato más extendido asociaba la producción sistemática de plomo en la Península con la llegada de los fenicios, alrededor del año 1000 a. C. Aquellos navegantes explotaron depósitos de galena argentífera principalmente para obtener plata. El plomo aparecía en grandes cantidades durante ese procedimiento y terminaba integrado en diferentes actividades artesanales y productivas.
Las comunidades de Minferri perseguían otra cosa.
Los análisis indican que empleaban minerales polimetálicos que contenían cobre y plomo. Su objetivo no era separar la plata y quedarse con el plomo como consecuencia secundaria, sino extraer deliberadamente este último. Eso implica conocer cómo reaccionaban aquellas menas al calentarse y controlar un procedimiento distinto del que sería utilizado muchos siglos después por los colonizadores orientales.
El hallazgo tampoco significa que estas comunidades vivieran aisladas o inventaran necesariamente la técnica desde cero. En el sur de Francia se han encontrado cuentas y residuos metalúrgicos parecidos, especialmente en lugares como Le Planet. La semejanza lleva a los investigadores a proponer que el conocimiento atravesó los Pirineos durante el tercer milenio a. C., dentro de unas redes de contacto que movían objetos, minerales y saberes mucho antes de las grandes rutas comerciales históricas.
La tecnología funcionaba, pero alguien decidió que ya no merecía la pena conservarla
La parte más extraña del descubrimiento no es únicamente su antigüedad. Hacia 1700 a. C., la producción de plomo desapareció del nordeste de la Península. No hay una evolución clara hacia técnicas más avanzadas ni una continuidad que llegue hasta la época fenicia. El conocimiento simplemente deja de aparecer en el registro arqueológico.
Al norte de los Pirineos ocurrió lo contrario. La producción continuó y adquirió una importancia creciente. Esa diferencia resulta difícil de explicar mediante una pérdida accidental: ambos territorios mantenían vínculos culturales, por lo que las comunidades peninsulares probablemente seguían teniendo acceso a personas que conocían el procedimiento.
Los investigadores plantean que pudo tratarse de un caso de rechazo tecnológico. El plomo quizá no consiguió integrarse en las necesidades económicas, sociales o simbólicas de aquellas comunidades. Era blando, no servía para sustituir al cobre o al bronce en muchas herramientas y posiblemente quedó limitado a pequeños adornos. Mantener el conocimiento necesario para obtenerlo pudo dejar de compensar el esfuerzo.
Eso convierte a Minferri en algo más que el lugar donde apareció una metalurgia inesperadamente antigua. Es la prueba de que una sociedad puede dominar una innovación, utilizarla durante generaciones y abandonarla sin que exista una tecnología superior que ocupe su lugar.
Cuando los fenicios llegaron siglos después, el plomo pareció entrar por primera vez en la historia de la Península. En realidad, estaban devolviendo un material que sus habitantes ya habían aprendido a fabricar y que, por alguna razón todavía desconocida, habían decidido olvidar.