Hace aproximadamente 48.000 años, una enorme masa de agua, barro, piedras y ramas descendió desde la Sierra de Guadarrama y recorrió el valle del Eresma. La corriente alcanzó una cavidad situada a más de 11 metros sobre el cauce actual y dejó en su interior capas de arenas y limos.
Mucho después, cuando el agua ya había desaparecido y el entorno se había estabilizado, diferentes grupos neandertales utilizaron aquel abrigo. Fabricaron herramientas, procesaron animales y dejaron tras de sí restos que terminaron cubiertos por nuevos sedimentos.
La combinación de ambos acontecimientos convirtió al Abrigo del Molino, en Segovia, en algo parecido a un reloj enterrado: primero aparece la gigantesca inundación; después, las ocupaciones humanas. El orden de las capas permite saber qué ocurrió antes incluso cuando no existen documentos, árboles ni objetos que puedan fecharse directamente.
No fue un tsunami, sino una inundación extrema atrapada en la roca

La expresión “tsunami glacial” resulta espectacular, pero no describe una ola marina. Los investigadores hablan de una paleoinundación, posiblemente relacionada con el deshielo y la rotura repentina de pequeños lagos formados en la Sierra de Guadarrama.
La liberación de agua habría producido un fenómeno comparable a los actuales desbordamientos violentos de lagos glaciales. La corriente descendió cargada de sedimentos y penetró en las cavidades de las laderas del Eresma.
En el Abrigo del Molino, el agua perdió velocidad al entrar en zonas protegidas y depositó arenas y limos finos. Los geólogos identificaron estructuras conocidas como rizaduras trepadoras y barras de remolino, marcas que se forman cuando el sedimento queda atrapado en aguas temporalmente remansadas durante una inundación.
El abrigo está situado aproximadamente un kilómetro aguas abajo del Alcázar de Segovia y a unos 11 metros sobre el río actual. Que los sedimentos fluviales llegaran hasta allí ofrece una idea de la magnitud alcanzada por el caudal.
Los modelos hidráulicos citados por el IGME-CSIC calculan que aquella avenida pudo cuadruplicar el mayor caudal registrado instrumentalmente en el Eresma, correspondiente a enero de 1956.
Las herramientas aparecen después de la catástrofe

La parte decisiva está en la estratigrafía. Los depósitos de la inundación se encuentran en la base de una secuencia sedimentaria de más de 4,5 metros. No contienen herramientas ni evidencias de actividad humana.
Los niveles musterienses aparecen más arriba, mezclados con sedimentos procedentes de las laderas, coladas de barro y desprendimientos del techo. En ellos se encontraron herramientas elaboradas mediante técnicas asociadas a los neandertales, además de restos de animales transportados y procesados por esas comunidades.
Un estudio publicado en Quaternary Research combinó dataciones por luminiscencia, radiocarbono, sedimentología y análisis microscópicos. Situó la paleoinundación alrededor de hace 48.000 años y las últimas ocupaciones neandertales entre aproximadamente 45.000 y 41.000 años. Por tanto, la riada no exterminó una población ni demuestra por sí sola que los neandertales llegaran inmediatamente después. Lo que establece es un límite: la ocupación documentada tuvo que producirse después de la inundación.
Una catástrofe convertida en calendario prehistórico
El Abrigo del Molino forma parte de un conjunto de yacimientos situados en apenas 400 metros del Eresma, junto con San Lázaro y el Abrigo del Molino superior. Sus cronologías los convierten en algunos de los testimonios más recientes de presencia neandertal en el interior de la península ibérica.
La importancia del complejo llevó a que fuera declarado Bien de Interés Cultural en 2025. El Boletín Oficial del Estado destaca que las ocupaciones se extendieron durante unos 3.000 años y que permiten estudiar cómo diferentes grupos utilizaron un mismo tramo del valle poco antes de la desaparición de los neandertales.
La inundación que pudo borrar casi todo a su paso terminó preservando una referencia excepcional. Cuarenta y ocho milenios después, aquella capa de barro sigue separando con claridad dos mundos: el valle vacío que recibió la riada y el refugio que más tarde ocuparon sus últimos habitantes neandertales.