Hay animales que parecen diseñados para llamar la atención. Los llamados gusanos saltarines asiáticos son uno de ellos: tienen el aspecto de una lombriz corriente, pero cuando alguien intenta tocarlos pueden comenzar a retorcerse violentamente, moverse como una serpiente e incluso salir impulsados varios centímetros.
El comportamiento resulta tan extraño que han recibido apodos como crazy worms, snake worms o jumping worms. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no está en la forma en que se mueven cuando son molestados, sino en lo que ocurre cuando vuelven a desaparecer entre las hojas.
Estos gusanos pertenecen al género Amynthas y algunas especies, como Amynthas agrestis, se han extendido por diferentes zonas de Estados Unidos. Allí están provocando cambios en uno de los elementos más importantes de cualquier ecosistema: el suelo.

El movimiento que parece sacado de una película
A diferencia de las lombrices habituales, los gusanos saltarines reaccionan de manera extremadamente brusca cuando se sienten amenazados. En lugar de limitarse a contraerse lentamente, pueden agitar todo el cuerpo con movimientos rápidos y descoordinados.
Su desplazamiento puede adoptar una característica forma de “S”, similar al movimiento de una serpiente. Cuando las contracciones son suficientemente fuertes, el animal puede incluso impulsarse fuera del suelo.
El Servicio Forestal de Estados Unidos señala que algunos ejemplares son capaces de desplazarse aproximadamente un pie, unos 30 centímetros, durante estas violentas reacciones.
Pero técnicamente no están saltando como lo haría un insecto. El efecto se produce gracias a contracciones musculares extremadamente rápidas que permiten al gusano lanzarse hacia adelante o incluso abandonar momentáneamente la superficie.
Es precisamente esta conducta la que los hace tan llamativos para quienes los encuentran en jardines, bosques o zonas con abundante vegetación. Una criatura que parece una simple lombriz puede comenzar de repente a retorcerse con tanta intensidad que resulta difícil incluso sujetarla.
Y, mientras ese comportamiento provoca sorpresa, el verdadero impacto se desarrolla lentamente debajo de las hojas.
El problema comienza cuando desaparecen bajo la hojarasca
Los Amynthas viven principalmente en la capa superficial del suelo y en la hojarasca, donde encuentran grandes cantidades de materia vegetal en descomposición.
Aquí aparece la principal diferencia con una lombriz convencional: pueden consumir la materia orgánica disponible con una velocidad considerable. En un bosque sano, la capa de hojas caídas cumple funciones esenciales. Ayuda a conservar la humedad, aporta nutrientes y sirve como refugio y alimento para microorganismos y pequeños organismos.
Cuando los gusanos eliminan rápidamente esa capa, el aspecto del terreno puede cambiar de forma evidente. El suelo adquiere una textura suelta y granular que en algunos casos ha sido comparada con el café molido.
Ese cambio no es solamente visual. La pérdida acelerada de hojarasca puede modificar la disponibilidad de nutrientes y alterar procesos relacionados con el carbono y el nitrógeno. También puede afectar a las comunidades de microorganismos que dependen de las condiciones creadas por esa materia vegetal.
Por eso, los investigadores los consideran “ingenieros del ecosistema”: organismos capaces de modificar físicamente su entorno y desencadenar consecuencias para otras especies.
El efecto puede ser especialmente relevante en bosques donde las plantas dependen de una estructura del suelo estable y de una liberación gradual de nutrientes.
Una invasión que también viaja con los humanos
El origen de estos gusanos está lejos de los bosques estadounidenses. Las especies del género Amynthas proceden principalmente del este de Asia y llevan presentes en Estados Unidos desde finales del siglo XIX.
Sin embargo, su presencia en determinados ecosistemas se ha vuelto más visible durante las últimas décadas, especialmente en regiones del noreste y el medio oeste.
La expansión tiene un componente particularmente difícil de controlar: los animales y sus huevos pueden desplazarse accidentalmente con las actividades humanas.

La tierra de jardín, las macetas, el compost, el mantillo y otros materiales vegetales pueden contener pequeños capullos que pasan inadvertidos. También se ha relacionado su dispersión con actividades de horticultura y con el uso de lombrices como cebo para la pesca.
Los capullos son especialmente importantes porque permiten que la especie sobreviva incluso cuando los ejemplares adultos desaparecen.
Los adultos suelen vivir solamente una temporada. Emergen durante los meses cálidos, crecen rápidamente y producen nuevos capullos antes de morir cuando llega el frío. Los huevos, sin embargo, pueden permanecer protegidos en el suelo durante el invierno.
Así, una población que parece haber desaparecido puede volver a aparecer durante la primavera siguiente.
El calor puede matarlos, pero no es una solución sencilla
Los estudios realizados hasta ahora muestran que las temperaturas elevadas pueden acabar con estos animales, aunque aplicar ese principio a una infestación real resulta mucho más complicado.
Experimentos citados por la Universidad de Minnesota encontraron que mantener ejemplares adultos alrededor de 29 °C durante tres días puede resultar letal. Los capullos necesitan temperaturas considerablemente mayores: aproximadamente 40 °C durante tres días.
El problema es que esas condiciones no son fáciles de reproducir de forma uniforme en un jardín o en un bosque. Además, los gusanos pueden desplazarse hacia lugares más frescos y húmedos cuando las condiciones ambientales se vuelven desfavorables.
Por ahora, tampoco existe un pesticida aprobado ni un método demostrado que permita erradicar completamente una infestación de un jardín.
Por eso, la estrategia más importante consiste en impedir que lleguen a nuevos lugares. Las recomendaciones incluyen evitar trasladar tierra, compost o mantillo potencialmente contaminados, revisar cuidadosamente las plantas antes de moverlas y no liberar en la naturaleza las lombrices utilizadas como cebo.
Lo paradójico es que su comportamiento más espectacular es probablemente lo menos preocupante. Ver a uno de estos gusanos retorcerse y salir disparado hasta unos 30 centímetros puede resultar desconcertante, pero el verdadero problema comienza cuando deja de moverse y se esconde bajo las hojas.
Allí, prácticamente fuera de la vista, puede comenzar a transformar el suelo del que depende todo un ecosistema.
[Fuente: Futura-Science]