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Ciencia

La extinción de los dinosaurios pudo comenzar con una noche iluminada por incendios. El polvo del asteroide habría atrapado el calor y convertido la Tierra en un horno mortal en apenas dos horas

El polvo de Chicxulub no solo habría ocultado el Sol durante años. Un nuevo modelo plantea que primero actuó como una trampa térmica, devolviendo hacia la superficie el calor del impacto y dejando con opciones casi únicamente a quienes pudieron esconderse bajo tierra o bajo el agua.
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La imagen más conocida del fin de los dinosaurios suele avanzar lentamente. El asteroide cae, la atmósfera se oscurece, las plantas dejan de recibir luz y, después de meses o años de hambre y frío, los ecosistemas terminan colapsando. Es una explicación razonable, respaldada por numerosas investigaciones. Pero quizá la escena decisiva ocurrió mucho antes.

Un nuevo estudio propone que buena parte de la vida terrestre pudo quedar sentenciada durante las primeras horas posteriores al impacto de Chicxulub. No por la onda expansiva ni por la gigantesca bola de fuego, cuyos efectos habrían sido devastadores pero regionales, sino por algo que terminó extendiéndose alrededor de todo el planeta: una nube de polvo extremadamente fino capaz de encerrar el calor dentro de la atmósfera.

El resultado habría sido una Tierra oscura, abrasadora y cubierta por incendios. Una combinación difícil de imaginar incluso para los estándares de una extinción masiva.

El verdadero golpe llegó desde el cielo

La extinción de los dinosaurios pudo comenzar con una noche iluminada por incendios. El polvo del asteroide habría atrapado el calor y convertido la Tierra en un horno mortal en apenas dos horas
© Chase Stone Nature.

Cuando el asteroide impactó en la actual península de Yucatán hace unos 66 millones de años, la colisión vaporizó más de 1.000 kilómetros cúbicos de roca, suelo y materia orgánica. Parte de ese material salió disparado a enormes alturas, se enfrió y terminó condensándose en pequeñas gotas de roca conocidas como esférulas.

Estas partículas, de aproximadamente 250 micrómetros, volvieron a caer sobre el planeta como una lluvia de diminutos meteoritos. Al atravesar la atmósfera, el rozamiento las calentó y generó un intenso pulso de radiación térmica. Ya se sabía que este fenómeno podía provocar quemaduras e incendios, aunque algunos modelos anteriores no le atribuían energía suficiente para incendiar de manera repentina bosques enteros.

La nueva investigación introduce una pieza adicional. No todo el material expulsado se habría convertido en esférulas. Una parte, posiblemente relacionada con los restos del propio asteroide, permaneció suspendida en forma de partículas unas diez veces más pequeñas. En lugar de caer rápidamente, ese polvo se habría extendido por la atmósfera hasta formar una envoltura global.

Y ahí habría comenzado la verdadera pesadilla.

Una tapa sobre una olla planetaria

La extinción de los dinosaurios pudo comenzar con una noche iluminada por incendios. El polvo del asteroide habría atrapado el calor y convertido la Tierra en un horno mortal en apenas dos horas
© Pixabay / soundset.

Según el trabajo publicado en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, aquella nube no dejó que la radiación generada por las esférulas escapara con facilidad hacia el espacio. Funcionó, en palabras de los investigadores, como la tapa de una olla: el calor quedó atrapado y fue redirigido una y otra vez hacia la superficie.

Los cálculos indican que la presencia del polvo pudo hacer que el calentamiento fuese unas 3,5 veces más intenso que el provocado únicamente por las esférulas. La dosis de radiación recibida por los animales terrestres habría alcanzado un nivel 17 veces superior al considerado completamente letal para un ser humano. Hierba seca, agujas de pino, líquenes y posiblemente incluso madera habrían comenzado a arder sin necesidad de entrar en contacto con una llama.

Brandon Johnson, investigador de la Universidad Purdue y autor principal del estudio, considera que este mecanismo pudo eliminar a la mayoría de los grandes animales expuestos durante la primera o segunda hora. El cielo habría permanecido prácticamente negro para muchos seres vivos, aunque el paisaje estaría iluminado por el resplandor rojizo de los incendios.

La supervivencia, por tanto, no habría dependido solamente del tamaño o de la fuerza. Los animales capaces de excavar, refugiarse en madrigueras o permanecer bajo el agua contaban con una ventaja decisiva. Esa posibilidad encaja con la continuidad de pequeños mamíferos, peces y ciertas aves, mientras que los dinosaurios no avianos y otros grandes animales terrestres quedaron mucho más expuestos.

Primero un horno, después un congelador

La extinción de los dinosaurios pudo comenzar con una noche iluminada por incendios. El polvo del asteroide habría atrapado el calor y convertido la Tierra en un horno mortal en apenas dos horas
© Orla.

La teoría no elimina el conocido invierno posterior al impacto. En realidad, convierte al mismo polvo en responsable de dos catástrofes aparentemente opuestas.

Durante las primeras horas habría impedido que escapara el calor generado por los escombros. Una vez terminada aquella lluvia ardiente, la nube continuó suspendida, pero comenzó a bloquear la energía procedente del Sol. El planeta habría pasado así de un calentamiento brutal y breve a años, quizá décadas, de oscuridad, frío y desplome de la fotosíntesis. Como un termo capaz de conservar tanto una bebida caliente como una fría, la capa aislante habría actuado de forma diferente según de dónde procediera la energía.

Sin embargo, todavía queda una incógnita importante. Las mejores pruebas de incendios asociados al impacto proceden de América del Norte, especialmente de depósitos como el yacimiento de Tanis, en Dakota del Norte. Por ahora no existe un registro geológico suficientemente completo para demostrar que los bosques ardieron simultáneamente en cada continente.

Los propios autores reconocen esa limitación. Su modelo describe lo que pudo ocurrir si la capa de polvo tuvo una distribución global uniforme, pero harán falta nuevas señales de carbón, hollín y combustión en otros puntos del planeta para confirmar la escala real del incendio.

Aun así, la propuesta cambia la cronología del último día del Cretácico. Los dinosaurios quizá no sobrevivieron durante meses contemplando cómo desaparecía lentamente su mundo. Para muchos, el final pudo llegar antes de que terminara aquella primera jornada: sin luz, sin un lugar donde esconderse y bajo una atmósfera que había convertido el planeta entero en una gigantesca trampa de calor.

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