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Ciencia

Algo que nunca habíamos visto acaba de suceder en el universo. Y muestra que las supernovas no explotan como siempre creímos

Los astrónomos lograron llegar antes de que todo se desintegrara y observaron una supernova en sus primeras horas de vida. Lo que encontraron no fue una esfera perfecta de fuego estelar, sino una forma inesperada, casi orgánica, que desafía décadas de modelos. Una explosión que parece corregir todo lo que creíamos entender sobre cómo mueren las estrellas.
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Las supernovas siempre fueron como escenas perdidas de una película: vemos la onda expansiva, la luz que llega millones de años después, los restos flotando en el vacío… pero jamás la explosión en sí. Ese primer instante, esa transición exacta en la que una estrella se desgarra, era inalcanzable. Hasta ahora. Un equipo internacional logró apuntar un telescopio antes de que el universo borrara la evidencia, y lo que registraron es tan extraño que obliga a reescribir parte de la astrofísica moderna.

Cuando la muerte de una estrella toma forma antes de desintegrarse

La muerte de una estrella reveló un secreto que llevaba millones de años oculto. Y la forma que adoptó desconcertó incluso a los expertos
© ESO.

El hallazgo comenzó de manera casi accidental. El 10 de abril de 2024, una supernova fue detectada en la galaxia NGC 3621, a 22 millones de años luz, en dirección a Hydra. La noticia llegó cuando el astrofísico Yi Yang, de la Universidad de Tsinghua, acababa de aterrizar en San Francisco. Desde el aeropuerto movilizó al equipo, solicitó tiempo de observación en el Very Large Telescope (VLT) y, tras una aprobación relámpago, lograron algo inédito: observar la explosión apenas 26 horas después de su detección.

Ese margen diminuto —un suspiro cósmico— fue suficiente para capturar un detalle que nunca antes había sido visto: la estrella adoptaba una forma alargada, casi como una aceituna, empujada por fuerzas que no deberían actuar de esa manera según los modelos clásicos.

La aceituna estelar que nadie esperaba

La estrella condenada era una supergigante roja, unas 15 veces más masiva que nuestro Sol y con un diámetro 600 veces mayor. Sabíamos que su final sería violento, pero no así.

El equipo descubrió que la explosión no fue simétrica. No estalló como una bola perfecta de plasma, sino que los extremos opuestos se inflaron con violencia mientras un disco de gas y polvo preexistente rodeaba el ecuador de la estrella. Ese disco actuó como un cinturón, comprimiendo parte de la materia, obligando a la onda expansiva a escaparse hacia arriba y hacia abajo. El resultado: una supernova deformada, vertical, completamente inesperada.

“Es información fundamental”, explicó Yang al publicar el estudio en Science Advances. Cada variación en la geometría de una supernova nos dice algo sobre su interior, su pasado y los mecanismos que la llevaron a ese final explosivo. Y esta era distinta a todas.

Una muerte que cambia lo que creíamos saber del universo

La muerte de una estrella reveló un secreto que llevaba millones de años oculto. Y la forma que adoptó desconcertó incluso a los expertos
© ESO / Y. Yang et al. ESO/Y. Yang et al.

Hasta ahora, las supernovas se estudiaban casi siempre cuando ya era tarde: horas, días o semanas después de la explosión. Para entonces, la geometría original ya se había disipado. Lo que captó el VLT fue el equivalente a ver la chispa inicial antes de que la hoguera lo vuelva todo irreconocible.

Dietrich Baade, del Observatorio Europeo Austral, explicó que esta observación despeja una duda que llevaba décadas flotando en el aire: las supernovas no son siempre esféricas. Algunas parecen tener historia previa —discos, acumulaciones de gas, estructuras ocultas— que condicionan su explosión.

Además, la estrella tenía unos 25 millones de años al morir. En términos cósmicos, es casi una adolescente. Nuestro Sol, por ejemplo, tiene 4.600 millones y todavía le quedan miles de millones más. Pero las estrellas gigantes queman su combustible con una intensidad fatal: viven rápido y mueren entre estremecimientos.

Parte de esa explosión terminó flotando como polvo estelar; otra parte —según los modelos— se comprimió hasta convertirse en una estrella de neutrones, uno de los objetos más densos que existen. Todo eso quedó registrado a partir de una simple preferencia geométrica: los lados estallaban hacia afuera mientras el “cinturón” estelar mantenía el resto contenido.

Lo que viene ahora: perseguir explosiones antes de que nazcan

El mayor logro no es solo científico, sino metodológico. A partir de ahora, los astrónomos saben que detectar supernovas en sus primeras 24–48 horas es clave para entender por qué explotan como explotan. Hasta este hallazgo, era casi un acto de suerte. Ahora, será una prioridad global.

Y si una supernova ya desafió el manual, es posible que las próximas revelen estructuras aún más extrañas: explosiones inclinadas, colapsos asimétricos, geometrías imposibles moldeadas por discos, chorros o campos magnéticos que todavía no comprendemos del todo.

Lo que vimos esta vez fue un instante irrepetible: una estrella colapsando bajo su propio peso… pero no como una esfera, sino como un fruto cósmico retorcido antes de desvanecerse para siempre.

Una forma que cambió —otra vez— cómo imaginamos la muerte de las estrellas.

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