Un grupo de hongos ha conseguido algo que, hasta hace poco, parecía exclusivo de ciertas bacterias: manipular el agua en la atmósfera para provocar la formación de hielo… y, en última instancia, lluvia. La diferencia es cómo lo han logrado: no lo desarrollaron por sí mismos, lo “copiaron”.
Durante años, la formación de lluvia se explicó como un proceso puramente físico. Polvo, sal marina, partículas en suspensión que actúan como núcleos donde el agua se condensa. Pero hay algo más en juego.
El truco molecular que permite “fabricar” hielo
Algunas bacterias poseen proteínas capaces de forzar a las moléculas de agua a ordenarse en cristales de hielo incluso a temperaturas donde normalmente seguirían siendo líquidas. Son, en esencia, semillas de nubes.
Ahora, un estudio publicado en Science Advances muestra que ciertos hongos del suelo, de la familia Mortierellaceae, han adquirido esa misma capacidad. No por evolución paralela. Por transferencia directa de ADN. Han incorporado a su genoma un gen bacteriano (conocido como inaZ) que les permite fabricar esas proteínas especializadas. Es, literalmente, un “hackeo” biológico.
Una arquitectura diseñada para controlar el agua

La clave está en la forma de estas proteínas. Tienen una estructura llamada solenoide beta, que actúa como una plantilla física. Cuando el agua entra en contacto con ella, se ve obligada a alinearse como si ya fuera hielo.
Eso rompe una de las reglas básicas del sistema: permite que el agua se congele a temperaturas más altas de lo habitual. Y eso, en la atmósfera, cambia todo.
Del suelo al cielo: un ciclo que no veíamos
Lo más interesante no es solo el mecanismo, sino su escala. Estos hongos producen las proteínas y las liberan al ambiente. Son tan ligeras que pueden ascender y quedar suspendidas en la atmósfera como aerosoles biológicos.
Una vez allí, atraen humedad y facilitan la formación de cristales de hielo. Esos cristales crecen, se agrupan y acaban cayendo en forma de precipitación. Es decir, el hongo no solo responde al clima. Lo modifica. Genera un ciclo en el que invierte energía para forzar la lluvia que luego alimentará su propio entorno y facilitará la dispersión de sus esporas.
Un experimento que confirma que el “robo” funciona

Para comprobar que este mecanismo era real, los investigadores hicieron algo clave: aislaron el gen y lo introdujeron en otros organismos, como bacterias y levaduras. El resultado fue directo.
Las células modificadas empezaron a producir hielo de forma inmediata. Eso demuestra que el gen funciona fuera de su organismo original. Que es, en cierto modo, una pieza de “hardware biológico” que puede ejecutarse en distintos sistemas.
Cuando los microorganismos dejan de ser pasivos
Este hallazgo cambia la forma en que entendemos el papel de la vida en el clima. Los hongos no son simplemente organismos que dependen de la humedad. Son agentes activos que pueden influir en el ciclo del agua a gran escala. Desde el suelo, están enviando señales moleculares que terminan afectando procesos que ocurren a kilómetros de altura.
No es solo biología. Es física aplicada a través de la vida.
Lo que esto implica para el clima… y para la tecnología

Durante décadas, los modelos climáticos han considerado principalmente partículas inorgánicas como núcleos de condensación. Este descubrimiento introduce un nuevo actor: proteínas biológicas capaces de desempeñar ese mismo papel. Y eso obliga a replantear algunas cosas.
Por un lado, cómo se forman las nubes en determinadas regiones, especialmente en ecosistemas forestales. Por otro, cómo podría aprovecharse este mecanismo en biotecnología. La capacidad de controlar la formación de hielo con precisión tiene aplicaciones potenciales en campos como la criopreservación o el diseño de materiales.
Un recordatorio de cómo funciona realmente la naturaleza
La idea de que un hongo pueda “fabricar lluvia” suena exagerada. Pero lo que muestra este estudio es algo más profundo. La información biológica no está confinada. Se mueve, se intercambia, se reutiliza. Y en ese proceso, aparecen soluciones que ningún organismo habría desarrollado por sí solo.
Mientras nosotros intentamos controlar el clima con tecnología, hay organismos que llevan millones de años haciéndolo… a escala molecular. Y recién ahora empezamos a entender cómo.